domingo, 26 de agosto de 2018

LA ENFERMEDAD DEL DOMINGO (Ramón Salazar, 2018)


LA ENFERMEDAD DEL DOMINGO (Ramón Salazar, 2018)

Como en el mito de la caverna, en un momento dado de la historia, los dos personajes fundamentales de esta historia femenina, se asoman a una hoquedad de una roca. Sea consecuencia de un viaje lisérgico, un viaje programado hacia el interior de uno mismo para ser consciente de las razones de otros, o sea una casualidad circunstancial por la que Chiara (Bárbara Lennie) y Anabel (Susi Sánchez) se asoman a ese vacío, las preguntas que ambas mantienen después de no haberse visto en más de 30 años empiezan a responderse, y no siempre en el sentido que hubiera gustado, en la disyuntiva entre saber y no saber, ambas mujeres optan por superar el dolor residual mediante el conocimiento. Una entrada en la caverna que también puede identificarse como una pregunta sobre la femeneidad y la maternidad, pues no en vano, la forma de la abertura, a la que sólo se asoman mujeres, y sólo las mujeres parecen tener derecho a respuestas, parece una vagina esculpida en la roca. 


Cuarto largometraje del director, que va consolidando, con la intermitencia y de la manera que se puede esperar en un país como éste, una filmografía llena de estilo personal y reconocible por su sello autoral, en la que destaca sobremanera la desafortunadamente ignorada "10000 noches en ninguna parte", RESEÑA EN EL BLOG A 10000 NOCHES EN NINGUNA PARTE, una de las mejores películas estrenada a lo largo de 2014, al nivel creativo y visual de "Las altas presiones" de Ángel Santos RESEÑA EN EL BLOG A LAS ALTAS PRESIONES; con "La enfermedad del domingo" se mantiene fiel a sus premisas de historias concretas, interrogantes sin solución, imaginería visual compacta y sin estridencias pero remarcando siempre la necesidad de que el entorno de los personajes ayude a comprender y situarlos en el tiempo y en el espacio, estamos ante un cine donde lo fundamental es ir construyendo una receptividad entre imagen y espectador en la que nuestro trabajo consiste en saber apreciar el crecimiento de los mismos mediante sus inseguridades, certezas, errores, daños colaterales e inconsecuencias que, en definitiva, pueden terminar siendo reparados, si no de manera global, si en lo esencial.


La película utiliza el mcguffin que nunca se va a revelar como buena excusa argumental, con la intención evidente de que el espectador se mantenga en tensión sobre dos ejes, las razones por las que una madre puede abandonar el hogar familiar y a una hija de 8 años sin intentar nunca volver a comunicarse con ella, y las razones por las que esa hija, sin imponer condición alguna, sin exigir nada, aparece desde el pasado y pide a esa madre, que dejó de serlo, 10 días de su vida para compartirlos en una casa de montaña que, antaño, fue hogar familiar. El material para crear la historia es de alta sensibilidad y susceptible de terminar comportándose como un melodrama insistente, machacón, lacrimógeno y redundante. Para evitar este efecto demoledor para la película, Salazar puede incurrir en rupturas inapropiadas o escenas un tanto innecesarias en la trama de reencuentro de una madre y una hija condenadas a llamarse como tales en un momento muy concreto de la historia; pero si esas escenas, que en el fondo son más explicativas del personaje de la hija que de la madre, pueden resultar anticlimáticas, no pierden su importancia porque permiten al espectador un cierto relax ante el ambiente claustrofóbico en el que se desarrolla el encuentro madre-hija, en el interior de las paredes de esa casa donde no puede aparecer la espontaneidad entre quienes no se conocen, y arrastran el lastre de un pasado que sigue exigiendo una rendición de cuentas.

La enfermedad del domingo es la secuela residual que, de manera imborrable, ha marcado la existencia de Chiara, el recuerdo de tardes y tardes sentada en el alféizar de la ventana esperando, y deseando, el retorno de una madre que renunció a serlo. En el duelo de requerir pero no reclamar, el personaje de Chiara (la presencia en el cine español de una actriz como Bárbara Lennie es sinónimo de excelencia pese a sus evidentes problemas de dicción) se hace enorme frente al de una madre expectante que teme más el reproche, el chantaje, el rencor, que la posibilidad de aprovechar el encuentro para conocer a una hija en la que advierte una senda autodestructiva de la que, lo fácil, resulta autoculparse por su comportamiento del pasado. Y sin embargo, pese a que la historia parecería que no contiene un plan preconcebido por parte de la joven respecto a su madre, resulta que sí, que todo obedece a una idea que, mediada la película empieza a emerger de manera virulenta en las imágenes.

Es en este momento cuando Salazar opta por el esteticismo más manierista, cuando el desenlace corre hacia la única salida posible como monumento de redención entre dos personas unidas por vínculos invisibles pero reales, es ahora cuando aparecen planos cenitales, el viento moviendo las melenas morena y rubia de las actrices sin llegar a fundirse, el éxtasis anunciatorio de un deseo, el uso del agua, otra vez el agua en el cine de Salazar, como liberador y catártico elemento que hace que una madre vuelva a serlo, regresando al líquido amniótico y sumergiéndose en la realidad tangible de que lo perdido no puede regresar, pero el futuro puede permitir un reencuentro, una especie de bautizo inverso donde el tiempo correría hacia atrás para reparar, siquiera mínimamente, al abandonado, y dotar de coraje al que queda.


La película se compone desde la calma y desde el silencio, como esa larga presentación en la que madre e hija terminan encontrándose, mediando la provocación constante, en una fiesta de alta sociedad donde una es la anfitriona y la otra camarera, en la que sin llegar a reconocerse mutuamente, saben quién es una y la otra, o hasta esa larga, porque parece no terminar, no por innecesaria o insoportable, escena final llena de silencio y de sacrificio, con una mirada que se pierde hacia una ventana iluminada donde reside el eco de una ausencia mantenida oculta en un rincón de la memoria durante más de 30 años. La película se construye con el tiempo, el tiempo que no se tiene y el tiempo que se ha dejado desperdiciar y ya no puede recuperarse, el tiempo que construye a los personajes simplemente mirándolos, sabiendo que el éxito social y económico sólo son una situación en la escala clasista, pero que no sirven para colocar al individuo frente a sus responsabilidades; nada mejor, pues, que sacar a un individuo de su entorno para conocer verdaderamente sus capacidades afectivas y su voluntad de reparación. Con "La enfermedad del domingo", Salazar continúa confirmándose y, al tiempo, entrega una, sino la mejor, película española de 2018; absolutamente alejada del modelo dominante en nuestra exhibición, consciente de que las películas las construye el espectador en su imaginación gracias a los vacíos e interrogantes del relato, y en esos interrogantes, en esas imágenes envolventes y grises, como lo que ha de ser la antesala de la muerte, el director acierta de lleno.

LA ENFERMEDAD DEL DOMINGO. España, 2018.  Dirección y guión: Ramón Salazar. Productoras: ICEC, ICO, ICAA, On Cinema 2017, TV3,  TVE, Zeta Cinema. Fotografía: Ricardo de Gracia. Montaje: Teresa Font. Música: Nico Casal. Diseño de producción: Sylvia Steinbrecht. Dirección artística: Gina Bernado Muntane. Vestuario: Clara Bilbao. Reparto: Susi Sánchez, Bárbara Lennie, Richard Bohringer, Miguel Ángel Solá, Greta Fernández. Duración: 113 minutos

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