miércoles, 29 de agosto de 2018

COMO EN UN ESPEJO (Ingmar Bergman, 1961)



COMO EN UN ESPEJO (Ingmar Bergman, 1961)

Pues ahora vemos de un modo oscuro, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco sólo de modo fragmentario; pero luego conoceré así como soy conocido. Primera carta de Pablo a los corintios.

Cuatro personas obligadas a convivir durante unos días en un lugar de aparente reposo y tranquilidad, una casa de veraneo a orillas del mar y a quienes el contacto directo termina produciéndoles una incomunicación absoluta, incapaces de expresar lo que les falta, y actuar para conseguirlo; atrincherados en sus miedos, en sus dudas, en sus enfermedades, en sus ausencias, aplastados por la asunción de su insignificancia y lo irrelevante de sus vidas sin destino. Cuatro personajes que se desarrollan a través de lo femenino, tanto la presente, Karin, como la ausente madre también llamada Karin. Alrededor de ambas Karin el comportamiento de todos ellos se desplaza desde la incomprensión hasta la desesperación, desde el deseo hasta la impotencia, desde la perturbación del cambio adolescente a la necesidad de esconderse del contacto ajeno. Karin, Martin, David y Minus son personas dolientes y sufrientes, y cada uno, a su manera, intenta encontrar un remanso a sus tormentas interiores, desde lo religioso, desde lo creativo, desde lo racional, y desde el desconcierto del personaje más joven, el que se encuentra en medio de la carencia de todo tipo de afecto y ha sustituido a la madre muerta por una hermana enferma en quien se confunde el papel de madre y el de atenuado sentimiento de incesto creciente.


Las paredes hablan a Karin, y en esas paredes que se transforman en espejos cree encontrar la realidad de la existencia divina, único amparo ante una realidad que la atormenta desde lo físico y desde lo emocional. Cree escuchar la voz de un dios como prueba de amor, aunque quizá sea el mismo amor lo que es dios, pero cuanto más escucha menos respuestas obtiene y más terrores se acrecientan, el espejo, en definitiva, no devuelve el reflejo real de lo que vemos, sino la imagen deformada de lo que necesitamos hasta que su cercanía se transforma en otro miedo diferente. La falta de deseo sexual de Karin crea un muro infranqueable entre ella y su marido. Los intentos de acercamiento, los roces de piel en la cama, las miradas interrogantes son esquivadas, ella pide un tiempo tras su salida del sanatorio para poder amar aunque sabe que el problema es Martin, y éste es incapaz de proporcionar respuestas. Al final, el refugio de un dios que escucha se transforma en una amenaza que ataca y quiere penetrarla en forma de araña, ese amparo termina transformándose en otro ataque, en otra evidencia más de que ese mundo no está hecho para ella, no es habitable, y decide, por todos los demás, inactivos e incapaces de solucionar los problemas, regresar al sanatorio mental como única manera de vivir en una paz de tranquilizantes, ver a dios ha significado encontrar el horror, el vacío, otro miedo diferente e inhabilitante, la pared se abrió y por ella no surgió el amor, sino el ataque.


Karin ha perdido el amor de un padre, no puede recuperar el amor de su pareja, receloso éste de la recaída en la enfermedad en cualquier momento, y mantiene una relación equívoca con un hermano que tampoco es capaz de transmitir sus sentimientos y que se siente perturbado ante la proximidad de su hermana tanto o más que por el desapego de su padre, refugiado en la creación literaria como excusa para abandonar a sus hijos y olvidar, o tratarlo, que deseó la muerte de su esposa como herramienta de liberación de un tormento permanente sin solución. Bergman sitúa la palabra de dios en el centro de la esquizofrenia que siente Karin, mientras el marido se declara no creyente, a la mujer sólo le queda refugiarse en lo indemostrable para sentir amor en su vida. “Oyendo voces” desde la pared, Bergman lanza su mensaje bidireccional, se puede ser creyente, pero no hay porqué ser religioso, se pueden lanzar preguntas a un hipotético creador como ser supremo pero sólo la enfermedad mental parece capaz de transmitir respuestas al que anhela escucharlas.

La desesperación de Martin se manifiesta en su impotencia como amante; la de David en la escena de la cena familiar tras la entrega de los regalos, abandonando precipitadamente la mesa para refugiarse en la habitación central de la casa y lanzar un grito desgarrado en la noche que deja salir al exterior su dolor interno, su remordimiento, su frustración sabiendo que su comportamiento es mezquino e injustificado; la de Karin en medio de la tormenta, abandonándose a una catatonia semimística preludio de la duda entre la lujuria y el descreimiento del miedo, la de Minus escondiéndose a la carrera, rechazando la cercanía de la hermana tras sosegarla y cuidarla en medio de la tempestad, anhelante de una simple palabra que revele que su existencia le importa a su padre. La racionalidad de los adultos masculinos y la irracionalidad de una fe puesta en imágenes a través de la mujer enferma mental no elimina el sufrimiento en la vida de los hombres como especie. Fe o no, creyente o no, el ser humano se desmadeja ante el vacío que se le representa en una vida sin contenido, un mero pasar los días donde lo efímero de una situación placentera viene a derrumbarse ante la constancia inmediata de la insignificancia de nuestra propia existencia.

“Como en un espejo es un intento casi desesperado de presentar un concepto de vida: Dios es el amor y el amor es Dios. El que está rodeado del Amor también está rodeado de Dios. A esto es a lo que, con la ayuda de Vilgot Sjöman, llamo «certeza conquistada»”, del libro “Imágenes, de Ingmar Bergman”. El director intenta encontrar, a lo largo de toda la película, una explicación divina a nuestra existencia, una confirmación de que lo que hacemos responde a un elevado concepto moral de las relaciones personales; el diálogo final de David con Martin, y el postergado durante todo el metraje con su hijo Minus, hacen equivaler la existencia de dios a la realización de actos de amor para los demás, la casualidad que le impidió suicidarse, o la constatación de que el amor existe en el mundo como afirmación de la existencia de esa presencia, porque así puede apoyar su vacío en un pensamiento. Bergman traslada a la película sus propias disquisiciones personales de lo que entendía por divino en los 60, es la época de la trilogía formada por ésta, “Los comulgantes” y “El silencio”, un amor que no se relaciona con lo físico y que tampoco es exclusivo de lo espiritual, un amor que, en definitiva, no elimina el tormento de la existencia.


“El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”, si en el fondo la película elimina a dios sustituyéndolo por el amor, ese amor humano Bergman no lo puede entender solamente desde el logro del hombre para desprenderse de las ataduras indemostrables, porque el amor es la prueba definitiva de la existencia de un ente que no se manifiesta de ninguna otra manera ni admite rebajarse a dar respuestas a sus criaturas. Si el amor existe, y los cuatro personajes dan fe de que es así, por muy erróneos que sean sus intentos y sus formas de demostrarlo, sólo puede ser gracias a una procedencia superior a la de los propios hombres. Es algo indemostrable, es algo propio de la fe, algo a lo que agarrarse para pensar que la vida es trascendente. Alrededor de la forma de la película se proyecta esta misma idea, el calculado juego de luces y sombras en el interior de la casa, espacio opaco y al tiempo traslúcido, que muestra y oculta, al igual que esas mentes que enseñan pero en su interior mantienen capas profundas de desconsuelo escondidas a los demás y que, solamente en soledad, se permiten salir a la superficie en forma de rostros congestionados por el dolor y la desesperación

COMO EN UN ESPEJO. Suecia. 1961. Saasom i en spegel. Dirección y Guión: Ingmar Bergman. Fotografía: Sven Nykvist. Música: Johann Sebastian Bach. Producido por Svensk Filmindustri. Intérpretes: Harriet Andersson (Karin), Gunnar Björnstrand (David), Max von Sydow (Martin), Lars Passgard (Minus). 86 minutos.

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