sábado, 30 de junio de 2018

MALDONE (Jean Gremillon, 1928)


MALDONE (Jean Grémillon, 1928)


Las primeras escenas de la película recuerdan, sin necesidad de extremar la imaginación, el ambiente campestre, fluvial, floral, natural, de los cuadros impresionistas, circunstancia a la que se une la música compuesta por reconocidos compositores del grupo de los 6, contemporáneos del propio Grémillon, y que ayudan a evocar ese escenario de aparente calma, de indudable seguridad en que un día sucede a otro sin cambios, en una dulce monotonía tranquilizadora y anestesiante. En ese ambiente de dulce transcurrir sin mayores satisfacciones que la de un trabajo en plena naturaleza, sin lujo alguno, con cama y comida aseguradas, Olivier Maldone se ha refugiado huyendo de su familia. Sería, aunque la fisonomía del personaje anuncia una edad más madura y alejada de la juventud, el paradigma del rebelde que abandona riqueza, estabilidad y posición social por una vida libre, como un simple carretero y guía de sirga en los canales de Briare, en el Loira, uno de los canales más antiguos de Francia; como antiguo es el modo de vida que ha escogido Maldone para diferenciarse, y huir, de un destino marcado desde el nacimiento.

Hay en Maldone una idea muy marcada del "fatum", del destino que dirige la vida de los hombres más allá de su voluntad. Para ello no es necesario ser un ferviente creyente religioso, o un supersticioso pendiente del designio de señales misteriosas. Para Olivier Maldone su destino viene marcado por una mirada, una simple mirada que le recuerda su mortalidad, su incontrolable deseo inalcanzable. Una mirada que nubla la vista y la razón, como bien recuerda el director utilizando ópticas que deforman y difuminan los bordes de la imagen al tiempo que modifican la normal configuración de los cuerpos. Cuando en el camino de Maldone (Charles Dullin) se cruza la caravana de gitanos en la que se encuentra Zita (Genica Athanasiou), el destino que queda por delante vendrá marcado por el dominio, visible e invisible, que la presencia, y la ausencia, de esa mujer, va a ejercer sobre la voluntad del hombre y sus años posteriores, destruyendo la tranquilidad construida a fuerza de renuncias. Cuando una de las gitanas anuncia a Maldone que "tu enemigo está en tí, el amigo y el enemigo es el mismo hombre, uno debe destruir a otro", Olivier entiende perfectamente lo que se le está diciendo. En el fondo lleva luchando contra sí mismo desde hace años, ha luchado contra ese origen dominante, contra un patrimonio y una vida dirigida a preservar esa herencia, hasta ese momento ha conseguido eliminar la obligación viviendo como un hombre libre, libre pero dispuesto a caer en otras prisiones con demasiada facilidad porque ése es su destino.
Lo que Maldone desconoce es que, en realidad, su vida sigue siendo paralela a la de su hermano menor, el que ha continuado en la propiedad familiar. La única diferencia entre ambos es que uno trabaja en la naturaleza y el otro disfruta de la misma. Cuando un accidente de equitación vuelve a colocar a Olivier en su lugar social, el drama interior del personaje se multiplica. Ya no es solo el recuerdo de esa mirada que le persigue y le atormenta, ahora es la lucha multiplicada entre lo que siempre ha tratado de evitar; una vida reglada, con horarios y costumbres prefijadas y repetidas a diario, una esposa acorde con su posición social; y el repentino rapto mental que le produce cualquier recuerdo o imagen que le retrotrae a la mirada de la zíngara. De ahí que, frente al naturalismo de las imágenes en exteriores, que han acercado las primeras escenas a un cine realista heredero de su origen documentalista; el regreso a la propiedad, y su vagar por los salones de la casa o de la alta sociedad con la que debe relacionarse, empequeñecen al protagonista, como a su esposa. Las dimensiones de las estancias de expanden para hacernos ver el enorme peso que sobre los seres humanos tienen los deseos inalcanzables, la frustración que produce hasta el punto de convertirnos en ridículos volúmenes en medio de paredes, o muebles, que parecen asfixiarnos con su mera presencia, haciéndonos insignificantes. 

En la cámara de Grémillon, consciente o inconscientemente, vemos los paisajes fluviales como nuestros ojos se han acostumbrado a verlos en los cuadros del grupo de Pont-Aven y tantos otros lugares de Francia en los que se fue congregando esa grey artística; pero en el retrato físico de los personajes también vemos los rostros de los lugareños pintados por Cézanne, los campesinos laboriosos y descansando de Millet, el pueblo llano de Renoir o la burguesía de salón de Degas y el frenesí festivo, y alcoholizado, de Lautrec. En la película de Grémillon hay tanta herencia pictórica como musical, pero también hay esa relación con el presente de un arte que empieza, están los mimbres que reconocemos también en Cocteau, en L,Herbier, en el primer Clair o Renoir, Epstein o Delluc, hay una sensación de arte que dialoga con sus contemporáneos explorando la manera de acercar a un nuevo público algo que otras artes ya han experimentado desde hace siglos. Viendo "Maldone" uno se siente cercano a "La caja de Pandora" de Pabst, un año posterior a la francesa, con ese poder de la mirada femenina sobre la ineficacia masculina, cambiando en este caso, el punto de vista, con un protagonista exclusivamente masculino enfrentado a su doble, a un doble mental que le transforma en Jekyll y Mr. Hyde, pero sólo para causarse mal a sí mismo, porque en esa locura momentánea que le asalta, siempre hay un momento de lucidez que le impide causar daño a otros para enfrentarse a su sino en solitario. 

Cuanto mayor es el desequilibrio mental del protagonista, mayor es el riesgo estilístico y formal que asume el director para acercar esa mente, en permanente lucha, a un espectador que debe sentir esa vorágine de sentimientos, angustias y desvaríos. Donde mejor se retrata esa consecuencia funesta sobre la mente de Maldone es en las dos escenas de baile que la película utiliza como ejemplo de la absoluta incapacidad del hombre para relacionarse con Zita, el absoluto dominio mental que ésta, sin quererlo, pero sabiéndolo, ejerce sobre él; dos escenas que suceden en dos momentos muy diferentes, una como hombre pobre y otra como hombre rico, pero en ambas hay ese estallido de violencia que nubla la mente de Maldone después del vértigo que sentimos ante el movimiento de los bailarines, entre cuyos cuerpos se introduce la cámara de Grémillon, o cuando los filma desde arriba, en una toma cenital que acerca, como en los encuadres esquinados y de una gran profundidad de campo, su cine, al del expresionismo alemán. 

Si la presencia de Zita altera la realidad, nubla los sentidos, deforma la naturaleza del ser humano, la familia, la fotografía del hermano muerto hace recuperar el sentido de cordura para que Maldone regrese a su lugar; aunque el paso del tiempo lo único que consigue es envenenar el interior de un hombre que ya no puede disfrutar con nada de lo que le rodea, autoengañado creyendo poder eliminar el recuerdo de Zita con otro tipo de vida, pero se que ve asfixiado por un entorno familiar y una mujer a la que va provocando el desconsuelo de la apatía, sin ocultar que los males que le afectan proceden del pasado, de ese pasado que se enorgullecía de haber dejado atrás pero que, en forma de aparición, se le vuelve a presentar en otro mundo, en otro ambiente, en una última ocasión que Maldone tiene de volver a ser libre, y que concluye con un lacerante y demoledor "encantada de cenar con el pasado, pero tengo mi vida". El imborrable recuerdo que se ha convertido en obsesión enfermiza provoca su enloquecimiento, su transformación en un ser mezquino, su casa en una irrespirable prisión de felicidad insoportable en la que nunca habremos visto dos camas en un dormitorio matrimonial más separadas.


A Maldone, sabiendo que su mal no tiene remedio, no le queda sino enfrentarse a aquello que la gitana le anunció, a la destrucción de un hombre por el otro. De manera magistral Grémillon idea la escena final como una lucha a muerte en la que sólo uno de los dos puede sobrevivir, pero no podemos olvidar que ambos son el mismo, el carretero y el millonario no pueden eliminarse sin disolver al otro en el olvido. Ese tortuoso presente al que se enfrenta Olivier Maldone se equipara a la subida por una estrecha escalera de caracol que le lleva al oculto rincón de su memoria donde guarda las posesiones de su anterior vida en libertad. Frente a frente, mirándose al espejo, Maldone asiste al desfile de sus dos personalidades, el cuerdo pero triste, y la del fanfarrón excitado pero libre. Cuando la imagen se quiebra en el espejo y su esposa lee la carta de renuncia escrita previamente, sabemos lo que Grémillon nos acaba de mostrar soberbiamente, la desaparición de un hombre incapaz de superar su pasado, sus limitaciones y sus obsesiones. La destrucción de un hombre insatisfecho alcanza así genio artístico de la mano de un director en armonía con el resto de las artes  cuando el cine aún no había aprendido a hablar.



MALDONE. Francia. 1928. DIRECTOR: Jean Grèmillon. GUIÓN: Alexandre Arnoux. PRODUCTOR: Charles Dullin. FOTOGRAFÍA: Christian Matras, Georges Pèrinal. EDICIÖN: Emmanuel Nicolas, Henriette Pinson. INTËRPRETES: Charles Dullin, Genica Athanasiou, Annabella. MÚSICA: Marcel Delannoy, Erik Satie, Paul Honneger, Darius Milhaud. 84 minutos.

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