viernes, 18 de mayo de 2018

FARPÔES, BALDÍOS (Marta Mateus, 2017)


FARPÔES, BALDÍOS (Marta Mateus, 2017)


Entre alcornoques y olivos, con ese polvo en suspensión que se hace más presente cuando el calor más aplasta los cuerpos y obliga a resguardarse bajo la sombra naciente de cualquier elemento del paisaje; los hombres y mujeres que atraviesan la pantalla basculan entre la esperanza del futuro encarnado por las nuevas generaciones y la resignación de quienes tienen el rostro y las manos surcados de profundas arrugas, como si fueran terrenos resecos en los que la superficie se resquebraja por falta de humedad. Ancianos, adultos y niños hablan, pero parecen no escucharse, como si generaciones y generaciones hablaran de lo suyo sin que las experiencias se pudieran transmitir más que a los que las vivieron para terminar cayendo en la desesperanza de tantos sueños perdidos y hasta olvidados. 100 pasos adelante y 100 pasos atrás, la historia de los humildes se llena de enormes ansias de progreso y bienestar, tan grandes como las enormes frustraciones provocadas por las promesas incumplidas. La revolución de los claveles ofreció una posibilidad real de un reparto equitativo de la propiedad agraria en el Alentejo (no sólo, pero éste es el espacio físico de la obra) y, sin embargo, el relato que permanece es el del intento baldío, como el campo del título, por el que tras la ocupación de las fincas, nada cambió en realidad, salvo, por lo menos, mantener en la memoria un momento de efímera satisfacción.


Mateus usa la metáfora como argumento dialéctico, en este caso revestida de forma visual y en la que la palabra apenas resulta relevante más que para situar el contexto y el espacio de la derrota. La estructura visual de la película emparentaría ésta con “All the cities of the north”; lugares de territorios perdidos y abandonados, poblaciones resistentes a las inclemencias y acostumbradas a convivir con las necesidades básicas apenas cubiertas. El relato oral desgrana los recuerdos de los malos tiempos, pero también del momento en que los campesinos decidieron, envueltos en la ola de la revolución de 1974, ocupar las tierras de aquellos que, hasta ese momento, habían sojuzgado a sus vecinos gracias al poder del dinero y de la fuerza. Breve, y pírrica, victoria, pero que, en la memoria de los narradores, perdura como ese momento en el que, por una vez, el débil pareció doblar el espinazo al poderoso. El relato juega con el tiempo y lo duplica; uno es el pasado, palpitante y múltiple, porque refiere diversas realidades y recuerdos que no tienen porqué coincidir en el mismo espacio-tiempo, incluso quienes hablan no tienen porqué seguir vivos, sino que pueden estar hablándonos desde otra dimensión llena de vacíos, casas deshabitadas, muros abandonados. El otro es el presente, el tiempo de los jóvenes y de los niños, de los que juegan y son capaces de lanzar, o ser amenazados con aperos de labranza sin alcanzar a comprender el significado oculto de un gesto que parece inocuo, pero que para los mayores es sinónimo de desprecio intrínseco a su pasado, desprenderse de la herramienta de trabajo ahora que apenas sirve para nada.

El tiempo parece detenerse ante las imágenes, hombres que salen del interior de galpones oscurecidos, mujeres que trajinan en los hogares a la espera de reunir a varias generaciones alrededor de una labor común, un niño que se entretiene con un grano de maíz o una niña que deja pasar la tarde recostada sobre la paja en una tarde de verano. Niños llamados a voces por sus madres pero que parecen interpelar a otros diferentes de aquellos a los que se encuentran tan cerca que, oyendo las voces, no se sienten llamados, como si esas madres buscaran a hijos de otros tiempos perdidos por el campo, mientras esos niños caminan sin rumbo o hacia atrás, porque en el campo del Alentejo, quien pierde una cosa, tiene que caminar hacia atrás hasta que la encuentre, u olvidarla para siempre. Resulta dificil transmitir el poder de unas imágenes deliberadamente enfáticas pero absolutamente envolventes, amplios campos agrícolas, pasajes de bosque mediterráneo, dehesas donde el solitario cuerpo de un niño, un grupo de niños diseminados, una mujer, un par de campesinos, unos niños huyendo mientras uno se detiene y mira a la cámara, contienen tanta fuerza, que atrapan la mirada con mayor fuerza que cualquier otra atadura (no me parece muy errónea equiparar esa fuerza telúrica de las imágenes campestres con las acuáticas de «Limbo» la portentosa película de Konstantina Kotzamani).

Un arado separa a las generaciones más jóvenes de las más viejas en el mismo plano, como si, al tiempo que existe una herencia que se transmite por el territorio, hubiera una frontera que terminará por eliminar el recuerdo del campo, la ocupación, la protesta, el sacrificio, el dolor, la muerte, un olvido donde triunfa el abandono que se incrementa con el paso de las generaciones. El campo, la naturaleza, el entorno, pervivirá, con mayor o menor cuidado; lo que se demolerá con el simple paso del tiempo serán las infraestructuras que acogían a esas personas que sufrían por el mísero rendimiento de una cosecha de secano. Como anticipa el plano final de la película, el destino de todas las generaciones es tomar un autobús y abandonar la raíz que nos alimentó, mal que bien, durante siglos. Los campos amenazan un futuro más baldío que nunca, una vez que las luchas han perdido su objeto ante tanta derrota.Luchas que, como dice una de las mujeres, son tan viejas como sus arrugas.




FARPÔES, BALDIOS. Portugal. 2017. DIRECCIÓN: Marta Mateus. PRODUCCIÓN: C.R.I.M. GUIÓN: Marta Mateus. FOTOGRAFÍA: Hugo Azevedo. EDICIÓN: Marta Mateus. SONIDO: Olivier Blanc, Hugo Leitao. REPARTO: Francisco Barbeiro, Gonçalo Prudencio, José Codices, Maria Catarina Sapat. 25 minutos


No hay comentarios:

Publicar un comentario