lunes, 5 de marzo de 2018

THE BREADWINNER (Nora Towmey, 2017)


THE BREADWINNER (Nora Twomey, 2017)



Rechazar una película por “ser de género” o pertenecer a un “género”, me parece mal punto de partida para el amante del cine. Las obras maestras, y las pésimas, se reparten entre todo tipo de géneros y temáticas, nadie está exento de equivocarse desde el más sublime de los guiones, ni de alcanzar la excelencia partiendo de un supuesto alejado de la realidad o de aparente escaso interés argumental. El dibujo animado se relaciona con la infancia de manera reduccionista y gratuita, pero nadie se atreve a criticar las pinturas de Chagall por esa mezcla naïf y surrealista que las define, ¿por qué en el cine el etiquetado ha de ser la primera norma básica para hablar de una película?, ¿por qué palabras como documental, animación, cortometraje, provocan un mohín de rechazo desde que se mencionan como si no fueran cine? Ya quisieran muchos directores y creadores artísticos presumir de un currículum en el que aparezcan películas como “El secreto del libro de los Kells”, “La canción del mar” o esta “The breadwinner”, la primera y última como directora, la segunda como responsable del equipo de arte y asistente del director. Cine espléndido que ha decidido contar historias unidas a la tradición folclórica de Irlanda y Afganistán sin perder su relación con la realidad, cine con mayúsculas.


El estilo, ahora en solitario, de Twomey, recuerda el del códice miniado, el de las siluetas de personas sin profundidad, personajes en dos dimensiones cuya relación con el espacio parece prensada en una hoja de papel llena de color. La acción se desarrolla en Kabul y sus alrededores, en una inmersión en una nueva cultura que no impide que el mensaje se transmita con claridad. Ninguno de los discursos, proclamas, películas, manifestaciones o movimientos necesarios que reivindican la igualdad de la mujer respecto al hombre, y concretamente en el mundo del cine, consigue ser tan claro, tan contundente, tan visceralmente combativo como esta «The breadwinner», en la que unn proyecto de mujer tiene que renunciar a su identidad sexual para poder salir a la calle y alimentar al resto de la familia. Si en «Osama» de Siddik Barmak, una niña se disfrazaba de niño para poder seguir estudiando, en «Breadwinner» una niña tiene que vestirse como un niño para poder subsistir y comprar en las tiendas de alimentación, ocultando su condición femenina. Se podrá decir que el dibujo occidentaliza la estética femenina afgana como los «orientalistas» del XIX retrataron una belleza exótica pero cercana a los cánones de la Europa del momento. Las mujeres de «The breadwinner» son de belleza extrema, de ojos almendrados y verdes, esbeltas y elegantes, es cierto, pero su historia no es sino el reflejo fiel de un mundo anclado en la destrucción de cualquier tipo de libertad.

En plena ebullición talibán, la directora hace un repaso a manera de prólogo y epílogo también, del origen del país, de su continua ocupación por todas las potencias del momento al encontrarse en una región geográfica propicia para el paso de un continente a otro, de cómo un país de gente noble, culta y civilizada, termina cayendo bajo el poder del integrismo religioso y la más absoluta negación de la condición de personas a las mujeres. Un régimen inculto que persigue a sus élites intelectuales por el mero hecho de saber leer provoca un creciente analfabetismo y empobrecimiento general del discurso, entre ellos el político y el religioso. Unos pocos, mediante el terror y la tiranía, son capaces de sojuzgar a una mayoría incapaz de enfrentarse porque sabe que el destino es el presidio y la ejecución. Cuando el padre de Parvana, un  mutilado de una de las tantas guerras que han devastado el país, no es capaz de contener su pensamiento ante un joven talibán, la desgracia, no sólo económica, que  ya es constante, se abalanza sobre toda la familia una vez que el hombre es enviado a prisión. La esposa, la hija adulta y la hija pequeña, Parvana, quedan anuladas para la vida extramuros al no poder salir de su casa sin acompañamiento del esposo, padre o hermano adulto; actos tan básicos como recoger agua o comprar comida se vuelven imposibles, y la muerte por inanición se representa como un futuro más que cierto.

El ingenio, y el cuento, son utilizados por Parvana, siguiendo la tradición oral de su cultura, para sobrevivir. Transformarse en niño de la noche a la mañana es el remedio más inmediato, y el más hábil para seguir alimentándose de arroz y pasas; ir contando la historia del joven Suleyman, que salió de su poblado para recuperar del poder del rey elefante el caldero de semillas que fue robado por los jaguares para matar de hambre a su pueblo, una manera de trasladar «Las 1001 noches» a las frías, inhóspitas y despobladas calles de Kabul, sobre todo despobladas de mujeres. Un mundo hecho por y para los hombres, un mundo triste, áspero, estéril. Un mundo anclado en el pasado más oscurantista. Así el cuento, la fábula, se va mezclando con el relato aventurero de esta niña que actúa con el sentido común del adulto, tanto para sobrevivir, como para intentar obtener noticias de su padre, en un mundo donde el soborno puede suponer la línea finísima entre la supervivencia o la ejecución. Esa calculada mezcla de realidad y fantasía no sólo ayuda a la niña y su familia a ir pasando de noche en noche la larga espera del hambre, del padre ausente, de la amenaza de ser casadas a la fuerza con el primer muyaidín al que se le antoje, sino que ayuda al espectador a liberar la tensión insoportable que provoca tanta tiranía, tanta injusticia, tanta incultura.

En el camino de Parvana-Aatish (fuego, nombre tras el que se oculta la verdadera identidad de la niña) se cruzará con más mujeres que han optado por engañar la estulticia masculina con el mismo señuelo de vestirse como hombres, salir a la calle se convertirá en todo un reto y un peligro constante, pero puede proporcionar la ocasión de encontrar algún ser con un resto de humanidad que sea consciente de la barbarie desatada y esté dispuesto a echar una mano. La barbarie a ras de tierra va mezclándose con la amenaza proveniente del aire; no relaciona la historia los hechos con un momento concreto, pero si que uno puede suponer que nos encontramos en el Afganistán inmediatamente posterior al 11S, un mundo en el que el sobrevuelo de las patrullas aéreas extranjeras va incrementándose, va haciéndose más presente el rugido de los reactores sobre calles y plazas que parecen sacadas del siglo XV, hasta hacer coincidir el estallido bélico con la resolución del cuento en la cumbre del volcán y el descontrol en el interior de una cárcel donde todo preso es automáticamente catalogado de infiel y ejecutado.  Twomey no puede engañarse, por más que busque un final feliz para la historia jamás podrá borrar la realidad de un mundo detenido en el pasado más oscuro y ante el que la comunidad occidental no ha sabido responder más que con la muerte y el horror suplementario. El rescate de esta familia no puede ser sino efímero, como el efecto de un cuento sobre un niño que se duerme a mitad de la narración pero que, a la mañana siguiente, amanecerá otra vez envuelto en la pesadilla. Una vez contado, ¿alguien puede achacar a la película estar dibujada?

The Breadwinner. Irlanda. 2017. 93 min. Dirección: Nora Twomey. Guion: Anita Doron, Deborah Ellis. Música: Jeff Danna, Mychael Danna.  Productora: Cartoon Saloon / Aircraft Pictures / Gaia Entertainment.



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