jueves, 1 de marzo de 2018

MAÑANA VENDRÁ LA BALA (Gabriel Azorín, 2016)


MAÑANA VENDRÁ LA BALA (Gabriel Azorín, 2016)

9 de febrero de 2014. En un bar de barra rancia y de alicatado hasta el techo, una joven pareja de nombres desconocidos habla del suicidio, de la muerte, del amor no revelado. Se miran a los ojos y conversan con la trascendencia de quien se cree que todo está por descubrir y  será intenso y vital, aunque por dentro una luz de alarma hace tiempo que se ha encendido. El plano de ambos frente a frente se mantiene durante cuatro minutos de conversación, de coqueteo, de recuerdos de cuando no eran pero ya se sentían el uno con el otro. Veinteañeros apurando la noche sin rumbo fijo,  solos y en soledad. El cambio de plano demuestra que la pareja no está tan sola en el bar, que al fondo del local una joven toca la guitarra y un hombre canta flamenco glosando la juventud y la alegría de vivir. Corte, toca improvisar.

Si el estilo hace al hombre, el estilo también marca a un director. El estilo de Gabriel Azorín es reconocible desde los tiempos de Lacasinegra, y su primer largo que, al tiempo, se convirtió en testamento del grupo formado con Carlos Pardo, María Antón y Elena López, “Pas á Génève”, era modélica en esbozar la pérdida de rumbo de una generación que se enfrentaba al final de los estudios para ser empujada hacia la precariedad, la insuficiencia económica y los miedos a crecer. 3 años después poco, o nada, salvo a peor, ha podido cambiar para esta generación que ha superado los 30 años manteniendo las mismas incertidumbres, los mismos hartazgos, la misma falta de respuestas. La cámara de Azorín, igual que nuestra visión, no puede ver más que lo que nuestros ojos son capaces de apreciar en la oscuridad, ni nuestros oídos escuchar lo que se dice al oído de una persona en medio de un karaoke; si la cámara se desenfoca no hay por qué tratar de corregir lo que no es un error sino producto del momento, de la “improvisación” de esta pareja a lo largo de una noche en la que los ojos se cansan, se vuelven vidriosos y ya no son capaces de precisar la mirada ni de cerca.

Hay en “Mañana vendrá la bala”; título de resonancias shakesperianas si no fuera por la palabra bal;, diferentes partes muy diferenciadas, marcadas por una especie de desarraigo interior que, no aflorando hacia fuera, permanece constante en las imágenes. La aparente alegría de estos jóvenes, su amor sin pensar en el futuro, alargando la noche que no es sino alargando una juventud destinada a concluir, no oculta una desesperanza teñida de rebeldía que necesita mostrarse dinámica, activa, festiva, como se predica normalmente de las edades tempranas. Sin embargo, todo lo que rodea a la pareja es gris, húmedo, oscuro y, sobre todo, vacío. Un Madrid desangelado, alrededor de su plaza Mayor, abandonado por sus habitantes, sin noctámbulos dispuestos a molestar ni a expresar su alegría alcohólica. Para estos jóvenes deambular durante la noche, simulando una huída sin perseguidor, es rebelarse ante la obligación de mantenerse triste y agobiado ante la ausencia de futuro. “Estoy harto de sentirme obligado a estar triste”; como si intentar disfrutar cuando se puede fuera un pecado mitad social, mitad religioso, en el que cargáramos con la culpa original de no ser capaces de que toda la juventud disfrute y, por tanto, tener que ser comedidos en su expansión.

El refugio del karaoke no es sino una cápsula del tiempo para sentirse protegido, arropado en un espacio donde dar rienda suelta a los sentimientos y compartir los ajenos al ritmo de canciones nada casuales, de “La bámbola” al “Resistiré”, pasando por el “y qué más da, si son cosas de la edad”, para concluir con un desgarrado “give me your hand, you,re beatiful”, oscilando entre las dudas de ella y la isla del náufrago que la mujer supone para el hombre, en un eterno retorno a la idea del suicidio como respuesta a una parálisis vital que sólo puede soportarse en compañía, aunque lo que rodea sea un vacío completo, un mundo abducido por el miedo y la desconfianza, dominado por la respuesta desestructurada que mantiene inactivas las protestas cuando el miedo a perder la nada debería provocar lo contrario. Conversación, huída, refugio, huida, son los mecanismos con los que Azorín retrata a la nueva generación de la que él forma parte, o de la que acaba de ser excluído por las cosas de la edad.

El crudo grano nocturno ayuda a potenciar esa idea de extrañamiento que rodea la experiencia en la que la banda de sonido también colabora para ir generando una especie de mundo paralelo y de dimensiones desconocidas, en el que esta pareja fugitiva termina por no saber de lo que huir ni de lo que esconderse cuando todos sus miedos proceden de su interior. Llega un momento en que la mirada, frente a frente de nuevo, sumergidos en la oscuridad de la noche, sin referentes para agarrarse, no basta para sentirse reconfortado, donde parece que ya no queda nada que decir ante la llegada de un amanecer apenas vislumbrado, que va a dar paso a un día más en el que la luz va a impedir ocultar lo que no nos gusta ver. “¿Dónde estás?, “Aquí”, “No te veo, dame la mano”, “¿Dónde estamos?”, “¿Tienes miedo?”, “No, ya no”, preguntas de artificio para demostrar esa inseguridad vital que acerca a esta pareja a aquellos paseos sin rumbo de Delon y Vitti en “El eclipse” y que funcionan como preámbulo continuado por Miguel Ángel Pérez Blanco en su “Europa” (RESEÑA DE EUROPA) cuya visión complementaria a la perfección la experiencia que supone «Mañana vendrá la bala»; jóvenes que no necesitan de eclipses reales para sentir que su vida se mueve entre la oscuridad permanente y el anuncio de una alborada sobre la que se duda, y no sin razones, que pueda traer algo mejor.



MAÑANA VENDRÁ LA BALA. España. 2016. Director: Gabriel Azorín. Guión: Gabriel Azorín; Cristina Hergueta Garde. Intérpretes: Jimena Merino, Rafa Alberola Rubio. Edición: Perig Guinamant. Sonido: Alberto Carlassare; Lucas Vázquez de la Rubia. Producción: Gabriel Azorín; Perig Guinamant; Cristina Hergueta; Cristina Hergueta Garde; Jimena Merino; Lucas Vázquez de la Rubia. 27 minutos



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