miércoles, 28 de marzo de 2018

LOS DECENTES (Lukas Valenta Rinner, 2016)


LOS DECENTES (Lukas Valenta Rinner, 2016)


“Mantengan la puerta cerrada, puede escapar la magia”. En el cine de Valenta está en permanente punto de mira la diferencia de clases, sea como crítica o como mera constatación de la realidad, así ocurría en “Parabellum”, y así puede verse en esta “Los decentes”, en la que hasta el propio título juega al equívoco, dejando al espectador que decida si son más decentes los habitantes del “country club” selecto en el que trabaja Belén como empleada de hogar, o los vecinos de la comuna naturista, apenas separados de lo “exclusivo” por la vegetación y una valla electrificada que separa a dos mundos irreconciliables, uno envuelto en su capa de suficiencia económica, con personas a su servicio, y otro entregado al placer carnal y espiritual, sin nada que esconder, ni entre ellos ni a los demás. El conflicto está servido desde que Belén llega a ese nuevo puesto de trabajo tras una entrevista que mezcla lo condescendiente con lo humillante. No en balde esa primera humillación de clase resulta esclarecedora de cuál va a ser su papel en ese mundo, trabajando para una madre adinerada, que mima y consiente a un hijo que se acerca a la treintena manteniendo su sueño de convertirse en una estrella del tenis profesional, y que no acepta el más mínimo revés sin expresar impúdicamente su frustración.

El ambiente aséptico, silencioso, de intimidad preservada a ultranza, donde lo supuestamente obsceno o inconfesable se reserva para el interior de los chalets unifamiliares, aislados en su parcela exclusiva, tiene su contrapunto incompatible al otro lado de la valla. La simple existencia de una valla de alto voltaje demuestra qué concepto tienen los socios del club de los habitantes del otro lado, “animales salvajes” a los que hay que impedir cualquier posibilidad de acercarse e introducirse en el hábitat exclusivo. Para Belén, el ambiente festivo que se oye del otro lado, la constatación de que existe otro tipo de vida diferente tras la valla, funciona como un imán que atrae su curiosidad. El bloqueo mental que le provoca comprobar tanto cuerpo desnudo amándose, durmiendo, reposando, jugando, descansando, va cediendo poco a poco ante la evidencia de una vida natural y sana en contraposición a la “correcta y ordenada” donde toca trabajar. No resulta extraño, entonces, que Belén, progresivamente, vaya haciendo más frecuentes sus incursiones en la comunidad naturista, que poco a poco vaya venciendo sus pudores burgueses, sus prejuicios inculcados tras muchas generaciones de tabúes y castigos alrededor del cuerpo y el sexo. Su liberación llegará el día en que venza esa timidez y silencio propios, y elimine sus ropas para sentir el sol, el agua y la luz sobre su piel. Es un paso previo para dejarse tocar y dejarse amar sin vínculo afectivo necesario como exigencia necesaria, pero en ese llegar a sentir y sentirse, ha de pasar por pruebas que le hacen retroceder al pasado, no será tan fácil entregarse al sexo cuando se ha vivido en continua represión. El director no oculta su inspiración boticelliana para presentar el primer desnudo de Belén, de hecho el cartel publicitario de la película juega a esa idea; la virginal presencia de la mujer que, sin imaginarlo, se convierte en centro de atención, por la novedad de su aparición y su belleza, oculta debajo de unas ropas pensadas para eliminar cualquier tentación, recuerda a la Venus renacentista, con el mismo pudor en su mirada y con el mismo reparo a mostrarse desnuda ante una comunidad acostumbrada a dejarse ver de esa manera.


“Los decentes” retrata la evolución de una mujer tras conocer un mundo absolutamente inimaginable para ella. Para ello Valenta utiliza planos muy horizontales y expandidos en los que la profundidad de campo se acrecienta, como si fueran planos estáticos ante los que los personajes apenas si se mueven y se colocan en diferentes planos de distancia. Frente a los espacios cerrados de la urbanización, la nula comunicación entre sus moradores, entre éstos y sus empleados e, incluso, entre los empleados mismos, incapaces de conectar porque no existe nada en común que compartir; el mundo del otro lado es el mundo de lo luminoso; una especie de Arcadia feliz de parejas liberadas, de solteros y solteras abiertos a nuevas experiencias, una opción donde la libertad se respeta al máximo, y donde también su ejercicio se maximiza. Hay un mundo donde unas personas están para servir y facilitar la felicidad de quien paga, mientras otro, tan cercano como pegado a la valla de delimitación, que ofrece todo lo contrario, una igualdad absoluta para que el placer que alcance a todos por igual, un reclamo imposible de evitar para quien nunca antes asistió a tanta armonía junta sin exigir nada a cambio. Nada pone más nervioso al poder que la libertad, y el poder del vecino burgués reside en su dinero, por lo que su opción es la de hacer desaparecer ese club nudista y de amor libre de las inmediaciones, aunque su existencia fuera anterior a la de la propia urbanización selecta. La incomodidad inicial del desnudo va trasladándose a la comunidad textil, a la incomodidad de disfrazarse para seguir con una vida «ordenada» .



En el estado de naturaleza que esta comunidad quiere disfrutar no hay necesidad de defenderse ni de mostrarse agresivo. Basta el respeto mutuo, los naturistas no quieren imponer su modo de vida, sólo quieren que se les respete como tales. Para la mentalidad burguesa, el simple hecho del desnudo ya es, de por si, inaceptable, mucho más si se practica el amor libre, aunque ellos no lo puedan ver porque los naturistas no hacen ostentación de su opción fuera de los límites de su propiedad; pero en ocasiones basta la simple imaginación para que la representación de lo imaginado ya se convierta en algo de todo punto inasumible. Por eso cuando la comunidad sufre el zarpazo de la violencia, del intento de cierre, en definitiva, de la antesala del exterminio como si se tratara de una plaga , el grupo reacciona con la autodefensa. Es posible que ese cierre de la película estropee, por su falta de realismo, la propuesta previa, pero también es cierto que en su exageración un tanto «hanekiana» obtenga mayor fuerza la propuesta «política» de la obra, la metáfora de que el necesitado, el débil, nunca va a conseguir nada del poderoso si no es mediante el empleo de la fuerza. No dudo de la opción, ni de la intención, pero el correcto desarrollo de la historia se desequilibra en ese último cuarto de hora en el que las armas, tras la orgía zoomorfa, toman el lugar que parecía vedado en una comunidad de aparente pacifismo. Vencer, o morir, en medio de la perfecta y verde superficie de la calle de un hoyo de golf.


Título internacional: A Decent Woman. Título original: Los decentes. Argentina, Alemania, Corea del Sur. 2016. 100 minutos. Dirección: Lukas Valenta Rinner. Guión: Lukas Valenta Rinner, Ana Godoy, Martin Shanly, Ariel Gurevich. Fotografía: Roman Kasseroller. Montaje: Ana Godoy. Vestuario: Pilar Gonzalez. Música: Jimin Kim, Jongho You. Productor ejecutivo: Nicolás Payueta. Producción: Nabis Filmgroup S.R.L, Jeonju Cinema Project. Elenco: Iride Mockert, Martin Shanly, Andrea Strenitz, Mariano Sayavedra.



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