viernes, 23 de marzo de 2018

EL TERMÓMETRO DE GALILEO (Teresa Villaverde, 2018)



EL TERMÓMETRO DE GALILEO (Teresa Villaverde, 2018)


El termómetro de Galileo es este cilindro transparente rellenado de un líquido en el que flotan bolas de cristal de diferentes colores que tienen indicada una cifra que significa la temperatura, la diferente densidad del líquido respecto del que se encuentra en el interior de las burbujas provoca que floten o se hundan, quedando más o menos estable en el medio del cilindro la que más se acerca a la temperatura real del ambiente. Villaverde decide ser la burbuja estable que se encarga de calibrar la temperatura ambiente de los protagonistas de una historia que se acerca muy poco a un relato biográfico y juega, tanto en forma como en fondo con la experimentación visual como mecanismo de entrada en contacto con la forma de ser de la pareja que funciona como hilo conductor.

En una serie de planos parciales y en penumbra, la cámara filma en un salón anónimo mientras se intuye la presencia de dos ancianos, hombre y mujer, que miran un televisor donde el noticiero va soltando sus consignas. Al poco, el hombre pone en marcha el video y comienza una emisión grabada muchos años antes, una vieja “Electra” que irá alcanzando mayor significado cuando la película avance. Hasta ahora lo desconocemos todo, incluso la relación de ese anciano con la obra grabada para una emisión de la RAI del Piamonte. La voz de Clitemnestra va apagándose al superponerse el ruido de la tormenta que aparece en el exterior, y sobre esa tormenta, ambos ancianos empiezan a recordar su pasado y el de sus abuelos, sobre todo los maternos, los que les han ayudado a descubrir el mundo y se convirtieron en presencias insustituibles hasta que, como todos, llega la hora de descubrir que estamos condenados a enfrentarnos en solitario al presente, a un “sólo aquí, sólo contigo, una historia contigo” y con los recuerdos, pero sin las personas. El relato oral continúa como si fuera una novela, o una larga carta recitada en la que los personajes de Villaverde, en este caso la mujer, habla de sus padres, de su vida en los alrededores de Turín, de ese paisaje montañoso que rodea la gran ciudad y cubre de nubes sus cumbres, un lugar apacible sometido a la climatología que provoca la cercanía alpina y puede ocasionar repentinos, y bruscos, cambios atmosféricos que quedan reflejados en el termómetro de Galileo.

Esta pareja no es ficción, es una pura realidad que la directora portuguesa utiliza como material de ensayo fílmico; un recorrido por una vida que no se presenta como un itinerario (auto)biográfico, sino como un conjunto de recuerdos amalgamados por el acto de imaginar artísticamente, de relacionarse con el entorno natural, de dar forma a la necesidad primaria de crear algo que no existe en el mundo. Así se nos muestran los rostros después de percibir el cuerpo y la palabra de ambos. Son Tonino de Bernardi y Mariella, retratados por Villaverde en su aparente apacible existencia alejada de la rutina laboral, consagrados a hacer lo que apetece en el momento presente, siguiendo su itinerario sin caer en la consabida recopilación de imágenes de archivo, crónicas o repaso anecdótico de sus películas, que igualmente terminan saliendo, pero sin forzamiento alguno, de manera natural, enlazados con su vida diaria y los acontecimientos ordinarios, sin una búsqueda incesante del dato, sin necesidad de ser prolijo en la información, fluyendo como las estaciones que rigen la vida sosegada de ambos, entre Turín y su localidad natal de Chivasso. De la ciudad al campo, del estudio a la conversación con la campesina, del pasado de unos padres al futuro de unos nietos, de las primeras filmaciones “underground” y netamente personales a sus obras más recientes, donde, sin cambiar el pensamiento que las inspira, se cambia radicalmente la forma de plantear la creación.


El diálogo entre directora y personas no se establece como un cuestionario extensivo y exhaustivo sobre el cómo, el quién, el cuándo. Las palabras surgen con espontaneidad en medio del contacto amistoso, es más la presencia de un invitado cercano en el domicilio familiar, que la invasión interrogadora de quien cree estar descubriendo los secretos del cineasta y la lingüista. “Electra” es importante, no como metáfora de lo que se nos cuenta ni con lo que ocurre, su importancia radica en funcionar como centro motor del relato, prácticamente es el inicio y la conclusión del círculo veraniego en el que la cámara, de manera poco agresiva, entra en una intimidad que se presta a ello. Comenzamos viendo cómo se emitió la obra y terminamos apreciando cómo se hizo, de qué manera artesanal se rodó, cómo se llevó al máximo a mediados de los 80, una estética y filosofía alternativa que ha presidido la forma de crear del director italiano, desde la escenografía hasta el amateurismo de los actores escogidos, algo que el propio director reconoce que sigue inspirando su forma de enfrentarse al momento de iniciar un nuevo reto, pero alejado ya de los rigores formales de ese “underground” superado por el tiempo. Si Villaverde podía haber culminado aquí su relato, decide rematarlo con una dosis de ingenio, de creatividad personal y declaración de principios. Su última escena es un plano fijo tomado desde la videocámara colocada encima de un mueble y que enfoca al matrimonio y a la propia directora, es la primera vez que Bernardi expresa su incomodidad, pese a las semanas pasadas dejándose filmar. Siente que la cámara le impide ser libre, hablar con confianza y naturalidad. Pide a la directora que apague la cámara, pero la respuesta de ella será que Bernardi decida, que se convierta en el censor de su propia historia, que si algo de lo que quiere hablar no le apetece que sea divulgado, apriete el botón de “off”.

Villaverde, como ya consigue en “Colo” o en “Transe”, se sirve de una visión poética para hablar de la vida cotidiana, de la más armónica y de la más desequilibrada, se servirá de la voz de Pasolini, recitando “Súplica a mi madre”, o de la de Ginsberg recitando “Howl”, utilizará la didáctica de Terencio para que una abuela explique, y un nieto comprenda, el sentido de una enseñanza, se recordará a Plauto o a Sófocles, se hurgará en el dolor de un suicidio para el que el relato parece detener el tiempo y adormecer a Mariella mientras Tonino nos cuenta su intimidad en un arranque de sinceridad personal, pero sobre todo se rozará la emoción sublime cuando el propio Tonino lea, en ese último plano previo a que todo concluya, la “Carta a Pasolini” de Franco Arminio, en ese momento el filmador sigue siendo filmado y la filmadora es filmada por primera vez, “la Italia de hoy ha perdido la capacidad de ver”, y puede ser cierta la afirmación, pero quedan muchos ojos dispuestos a creer, a contar, a filmar, a explicar lo que somos.

CARTA A PASOLINI de FRANCO ARMINIO

TRAILER DE LA PELÍCULA

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