martes, 20 de febrero de 2018

TRONO DE SANGRE (Kumonosu-jô, Akira Kurosawa, 1957)


TRONO DE SANGRE (Kumonosu-jô, Akira Kurosawa, 1957)


En medio de la niebla, cuando todo indica que el señor va a perder su territorio porque las noticias que recibe son las de la sucesiva caída de los castillos que le protegen, la fortuna unida al arrojo de dos hombres, consigue revertir la situación. Los capitanes Miki y Washizu consiguen derrotar a las tropas invasoras y mantener el poder de su Lord, quien , agradecido, les ascenderá y otorgará el dominio de mejores castillos, reclamando su presencia en la corte para homenajearles. La escena de apertura anticipa todo lo que va a suceder a continuación, anticipa la codicia de los hombres, su deslealtad, sus miedos y su interesada interpretación de lo sobrenatural. En el camino hacia la corte, en medio de una tormenta y las risas de los espectros del bosque de las telarañas, Washizu (Mifune) y Miki (Kubo), cabalgan disparando flechas al vacío y repartiendo mandobles en el aire, desesperados por no encontrar la salida y convencidos de estar siendo hechizados por los fantasmas, utilizando el único saber que atesoran, el de las armas unido a su valor y determinación. 

Para salir del bosque entre rayos, relámpagos y lluvia, han de hacer una parada intermedia, una cabaña desconocida aparece ante ellos, y en su interior varias mujeres que terminan pareciendo una y espectral lanza su profecía y siembra el temor en ambos. Si la profecía se cumple parece que el futuro será incierto y amenazante, además de violento, sólo quien actúe antes podrá conseguir su parte y evitar ser derrotado. La bruja anticipa que Washizu se convertirá en Lord y el hijo de Miki sucederá a Washizu, lo que implica matar al actual Lord a quien acaban de servir, para continuar en el trono, y también anuncia la posterior caída de Washizu. Lo que era amistad entre ambos comienza a teñirse de desconfianza.


“Mirad este lugar desolado, donde hubo un imponente castillo cuyo destino cayó en la red de la lujuria de poder, donde vivía un guerrero fuerte en la lucha pero débil ante su mujer que le empujó a llegar al trono con traición y derramamiento de sangre. El camino del mal es el camino de la perdición y su rumbo nunca cambia”. Así empieza la historia entre la niebla que rodea las ruinas de lo que fue un imponente castillo transformado en los restos semidestruidos de una estela que recuerda los males de la ambición desmedida, una historia que, en tiempos de corrección podrá ser tildada de misógina al dibujar dos exclusivos papeles femeninos pero negativos, el de las brujas que lanzan su sortilegio sabiendo que en el alma de los hombres anida la codicia y estos son débiles, y el de la esposa de Washizu, Lady Asaji (Yamada), cuya presencia recuerda sobre manera a la de un propio espectro, y cuyo único valor es el de incrementar los miedos y deseos de poder del hombre a fuerza de recordarle que, si no alcanza el trono sirviéndose de la violencia, otros le eliminarán por ser obstáculo para sus propias aspiraciones en cuanto conozcan el contenido de la profecía. 

El duelo de vanidades y envidias se centra en Washizu y Asaji como representaciones perfectas de los arquetipos humanos, eje central y casi exclusivo de la trama, Kurosawa huye de individualizarles para transformalos en categorías. Hombre y mujer dejan de ser ellos mismos como individuos para representar, por encima de todo, la ausencia de valores humanos, el egoismo absoluto por conseguir un status temporal de poder a base de mancharse las manos de sangre; la misma sangre que embadurna la lanza con la que Washizu elimina a su señor, la sangre que se pega  a las manos y que pasa de Washizu a su esposa ante la parálisis de aquél tras el magnicidio envuelto en el engaño de una traición que provoca una nueva guerra extendiendo los enemigos del reino a quienes, hasta entonces, también eran vasallos incondicionales.


Brujas, profecía, muerte, ascenso y caída de un matrimonio; efectivamente, Shakespeare trasladado a un espacio muy apartado de las humedad y frías altitudes de Inglaterra. Un Shakespeare que transmuta de «Macbeth» a «Washizu» y con ello toda la iconografía y escenografía que rodea una historia universal que admite, porque no deja de reflejar la naturaleza humana, cualquier ambientación, cualquier país, cualquier época. Y Kurosawa decide hacer esa trasposición espacial, pero, si algo debe nuestro imaginario occidental a la representación del mundo del samurai, el ciclo de cine feudal del propio Kurosawa (no olvidemos a Mizoguchi también) algo ha tenido que ver, sólo que en esta ocasión el director huye del relato dinámico, ágil, asimilable a la perfección por el espectador de otras culturas, para adentrarse, sin reparos, en la imaginería y en el calculado movimiento actoral del teatro clásico japonés encarnado en el teatro nô. 


El matrimonio, pero sobre todo Asaji, se transforma en una máscara ritual, a medio camino entre funeraria y teatral, un rostro blanco como la cal sobre el que se dibujan esos símbolos que sustituyen a las cejas reales y transforman el rostro en algo fantasmal, un fantasma que parece levitar en sus medidos y cortos movimientos, que se permite desaparecer en la tiniebla para reaparecer como portadora de muerte, mientras Washizu parece encarnar la imagen y pose del dios guardián budista que protege la entrada de las «torii» en los templos, una cara en permanente tensión y agresividad desde que las brujas desentrañan el futuro, una cara enloquecida por el miedo, por la rabia, por la ira y por el remordimiento. 


A esta economía de gestos Kurosawa le une una forma de moverse no solamente impuesta por la longitud de los ropajes y su ajustada colocación al cuerpo y que obliga a desplazarse de una forma poco natural, sino que hay un premeditado intento, y consecución, de que este Macbeth se desprenda de cualquier referencia visual británica y pase a ser un icono más de la cultura japonesa. Para ello el director se servirá también del espacio, un elemento cinematográfico  que domina a la perfección y que le une con los más grandes de la historia del cine, no sólo el espacio pequeño y reducido de las habitaciones que se miden en tatamis, sino la más deslumbrante apuesta por expandir el campo visual en los exteriores como también conseguía John Ford, transformando un castillo en una figura amenazante y nada protectora. 



La rampa de acceso al castillo del señor es la representación de la emboscada, del camino en el que, una vez se entra, las posibilidades de escapar ileso si eres una amenaza son escasas. El castillo cobra vida en las imágenes de Kurosawa, imponente presencia en la última capa del plano, en su fondo, con los jinetes en primer plano descartando adentrarse en su radio de acción, o envuelto entre la niebla a la espera de una batalla decisiva mientras los ocupantes sienten como su locura aumenta y pierden el autocontrol. Es el espacio como precursor de lo que, décadas después, supondra la perfección escénica, visual y colorista del Kagemusha y de Ran (otra obra de inspiración shakespeareana trasladada a Japón sin perder un ápice de calidad en el camino).


Movimiento, gestualidad, espacio, música que envuelve en ese halo de japonismo toda la historia y crueldad que desemboca en locura, crueldad que no mide sus consecuencias, que olvida fidelidades y juramentos, que sacrifica inocentes para alcanzar un vano deseo de aumentar un poder temporal. Un trono alcanzado mediante la sagre sólo puede esperar a perderse mediando el mismo elemento, para Lady Asaji se usará la metáfora, aquellas manos que hubo que limpiar precipitadamente para urdir el engaño en la muerte del señor, con el paso del tiempo y el aumento de la enajenación, empiezan a sudar sangre en la perturbada mente de la mujer, un comportamiento que termina de desvelar a los demás el origen de un crimen, como el fantasma de Miki al que ataca Washizu cuando la paranoia persecutoria estalla y la amenaza comienza a hacer insoportable el futuro, un futuro que ha de revelarse nuevamente porque en la vida de Washizu ya no cabe la incógnita de esperar, la profecía fue clara y sabe que no habrá heredero que le suceda. Como buena profecía, ser tomada al pie de la letra puede provocar errores, y la creencia de Washizu en su imbatibilidad adolece de ese defecto, creerse a pies juntillas que las brujas le han concedido la gloria de la victoria para siempre, obviando que frente a lo literal queda el ingenio humano para torcer el designio mal interpretado, y el bosque de las telarañas, sustituto del bosque de Birnam del «Macbeth» originario, avanzará hacia el castillo dando lugar a una de las escenas más icónicas y legendarias de la historia del cine, la del señor interpretado por Mifune asaeteado por sus propios hombres y cayendo postrado de rodillas en medio de una niebla que apenas levanta unos palmos del suelo, como si anduviéramos entre nubes en un mundo de espectros.


TRONO DE SANGRE. Título original: Kumonosu-jô. JAPÓN. 1957. Dirección: Akira Kurosawa. Reparto: Toshirô Mifune, Isuzu Yamada, Akira Kubo, Hiroshi Tachikawa, Takashi Shimura. Distribuidora: Toho Company . Productora: Toho Company. Música: Masaru Satô. Dirección: Akira Kurosawa. Director de fotografía: Asakazu Nakai. Diseño de vestuario: Yoshirô Muraki. Guión: Akira Kurosawa, Hideo Oguni, Ryuzo Kikushima, Shinobu Hashimoto. Montaje: Akira Kurosawa. Producción: Akira Kurosawa, Sojiro Motoki 

PRIMERA PARTE DE LA PELÍCULA SUBTITULADA EN INGLÉS

SEGUNDA PARTE DE LA PELÍCULA SUBTITULADA EN INGLÉS



No hay comentarios:

Publicar un comentario