domingo, 18 de febrero de 2018

TEMPO COMÚM (Susana Nobre, 2018)


TEMPO COMUM (Susana Nobre, 2018)

La facilidad con la que el cine portugués filma la vida común de sus ciudadanos, sin olvidar que, además de lo individual y personal, hay un enfoque social, será digno de análisis por quien esté capacitado para ello en comparación con otras cinematografías más ricas en presupuesto pero no en ideas. A esto hay que añadirle la pujanza de la dirección y guión femeninos en el país vecino y así alcanzamos unas cotas de excelencia con historias muy pequeñas que provocan envidia a quienes nunca hemos mirado por encima del hombro a quien ha sido considerado más pobre, como si el P.I.B. lo fuera todo en este mundo mercantilizado. Susana Nobre, la productora Terretreme y la familia Castanheira-Lança se bastan y se sobran para, en poco menos de una hora, reflejar con precisión documental, los efectos, miedos, angustias, catarsis, fatiga y abandono de si mismos que supone la llegada a casa del primer hijo, la pequeña Clara. Del plano de esa embarazada recostada y practicando los ejercicios de respiración preparto, una mujer insegura sobre lo que se le viene encima, aplastada por su propio peso al suelo que la sujeta, al regreso al hogar cargando con un capazo, pasan apenas unos segundos, los mismos que le sirven a la directora para enseñarnos el futuro más próximo, llegar al ático sin ascensor subiendo las empinadas escaleras es el sinónimo de lo que va a ocurrir, un largo camino empinado y cuesta arriba donde la pareja deja de existir, de repente, para transformarse en dos seres pendientes de un tercero que no atiende a horarios, obligaciones, trabajo o descanso. Ya lo dice el título, «el tiempo común» al que se enfrentan innumerables personas a lo largo de su vida, un paréntesis de crianza y de entrega confiados en que el esfuerzo sirva de recompensa.



Ficción documental o documental ficcionado, todo respira verdad en la película. La recuperación de la mujer, el rápido regreso al trabajo del hombre, esa dedicación más cercana de dificil cambio que parece dejar en manos de la mujer, incluso jóvenes, la máxima atención sobre los hijos, las visitas llenas de consejos, los recuerdos de otras madres sobre el parto, o las cesáreas, o las enfermedades, o los miedos, las heridas, los hospitales, las noches en vela, las tiranías aprendidas por los más pequeños para sacar ventaja de los problemas de sus padres. Progenitores y directora establecen un diálogo con el espectador a partir de una connivencia de siglos, la normal evolución del ser humano y su impulso por reproducirse, algo que es inmune a miserias pasadas, crisis presentes, guerras, enfermedades mortales; porque Nobre sabe muy bien ir introduciendo historia en su narración, de manera fluída, espontánea, ya sea a través de una anciana en un pueblo del Portugal más desfavorecido, o de un familiar que visitó Angola en medio de la guerra. Poco a poco, la pareja ha de ir rehaciendo la normalidad alterada por un nuevo ser que termina ocupando todos los espacios de una casa exigua y que puede terminar de asfixiar una relación íntima si no hay paciencia.

Madres muy jóvenes, otras no tanto, abuelas que fueron madres, unas cuando eran jóvenes y otras cuando habían perdido la esperanza de serlo hacía tiempo y se vieron ante un terremoto vital cuando ya se pensaba en afrontar una madurez en soledad. Nobre intenta no olvidar al personaje paterno, al menos en el interior de la vivienda, porque en el día a día, el peso del relato recae sobre la mujer y las mujeres que aparecen y desaparecen compartiendo sus experiencias. Quizás por eso su ritmo es como una canción de cuna, sin aspavientos ni alteraciones, dejando que los latidos del corazón tranquilicen, no sólo al bebé, sino a quien se deja mecer por un relato tan natural como apasionante, la aventura de criar para después enseñar. Esto no significa que se borren esos miedos naturales a pensar que se ha perdido la individualidad y, con ella, la libertad, sin eliminar esa sensación de que, quizás, ese pequeño ser sólo herede lo peor de sus progenitores y ninguna de sus virtudes; miedos lógicos, miedos humanos y comprensibles. Todo aquello que escapa de nuestro control se transforma en inseguridad, como el primer viaje, o la primera vez que se deja al recién nacido en compañía de terceros por obligaciones ineludibles. Tener hijos en Europa occidental se ha convertido en un lujo dificil de afrontar en solitario; sueldos escasos y gastos continuos, pero de puertas para afuera, la vida cotidiana sigue adelante, y entre todos esos miles de lisboetas que pasean, muchos se encontrarán, o habrán pasado, por situaciones parecidas a las de la pareja, y han seguido adelante porque estos días no dejan de ser un tiempo común. Tan natural y reposado que no deja de ser el reflejo luminoso de un día a día durante unos pocos meses, tan atractivo como aleccionador resulta escuchar los titubeantes acordes de un violín en manos de una niña que, en el futuro, podrá tocar con maestría «Les ballets du roi» de Lully, y porqué no ha de ser la pequeña Clara que dormita, tranquila, cuando nos despedimos de ella.


TEMPO COMUM. PORTUGAL. 2018. INTÉRPRETES: Marta Lança, Clara Castanheira, Pedro Castanheira. DIRECCIÓN Y GUIÓN: Susana Nobre. DIRECTOR DE PRODUCCIÓN: Joana Bravo. DIRECTOR DE FOTOGRAFIA: Paulo Menezes. DIRECCIÓN DE ARTE: Cypress Cook, Susana Moura, Susana Nobre. SONIDO: Ricardo Leal. MONTAJE: João Rosas. COORDINACIÓN DE PRODUCCIÓN: Celeste Alves, João Gusmão. 64´

TRAILER


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