martes, 13 de febrero de 2018

LOS SIETE SAMURAIS (Shichinin no samurai, Akira Kurosawa, 1954)


LOS SIETE SAMURAIS (Shichinin no samurai, Akira Kurosawa, 1954)


Honor y muerte frente a codicia y cobardía. La pobreza del hidalgo castellano trasladada al Japón feudal del siglo XVI. Muertes gratuitas y pequeñas guerras de aniquilación entre señores hasta que llegara el apogeo del shogunato Tokugawa. Pequeñas ciudades estado que, cuando perdían con el vecino, provocaban la desbandada de aquellos samurais supervivientes que quedaban sin señor al que servir, los ronin, los samurais sin patrón, orgullosos y elitistas, una élite militar de un mundo de castas con carta blanca para el uso de la katana y demás armas de guerra de una cultura que el cine se ha encargado de preservar y mitificar. El argumento es de lo más simple, una pequeña aldea es amenazada por una banda criminal anunciando que una vez que se recoja la cosecha de arroz, volverán para llevársela. Siendo muchos más que los bandidos no cabe imaginarse a esos campesinos organizando una defensa. Pensando que el anciano de la aldea recomendará que negocien su supervivencia con los asaltantes, la sorpresa es mayúscula cuando recomienda contratar a unos samurais que les defiendan y salven la cosecha. A este preámbulo le siguen tres partes bien diferenciadas, el reclutamiento de los samurais, que Kurosawa aprovecha para definir con pulcritud y eficacia la personalidad de cada uno, el camino hasta la aldea y la preparación de la defensa, lo que evidencia cómo el grupo de samurais es incapaz de relacionarse de manera real con sus arrendadores, considerándose superiores a ellos, y sólo el personaje del falso samurai, el histriónicoToshiro Mifune, hace de nexo de conexión real entre la plebe y la élite, aparte de la relación amorosa entre el aprendiz de samurai y una joven de la aldea, y por último, la parte definitiva de la batalla, y de una derrota que se extiende no sólo a los vencidos en la lucha.



Kurosawa, consciente o inconscientemente, rueda un western japonés, todas y cada una de las claves del género americano aparecen en una película que, pese a sus casi tres horas y media, fluye con tal ritmo e intensidad, que nunca decae, nunca se atranca, nunca desilusiona. Película de aventuras, película pendenciera, película de miradas, película de órdenes, película sutil y también salvaje, los samurais emprenden la tarea de «educar» a la masa inculta y atemorizada, miedosa de todo, de los bandidos, de los propios samurais, del tiempo que pasa, del poder, del egoismo ajeno, del hambre, de la pobreza. Kurosawa es inclemente en su retrato del campesinado, se les dibuja como egoistas, mezquinos, avaros, déspotas, irreflexivos, ingratos. El choque entre la civilización y el analfabetismo necesita de un contrapunto, Kikuchiyo, nombre con que el resto de samurais bautizan al personaje de nombre desconocido interpretado por Toshiro Mifune. Este samurai, que no lo es, encarna todo aquello que un samurai de verdad no puede ser, es maleducado, grosero, expansivo, borracho, indolente, pero en su pasado un episodio marcó su existencia, hijo él mismo de campesinos masacrados por otra banda de ladrones, entendió que la única manera de seguir adelante era usando las armas. Ni su técnica es depurada, ni su entrega es altruista, su pose se aleja de la estampa clásica del samurai, sin ocultar su extrema pobreza vestido apenas con un taparrabos. 



Los códigos éticos y de costumbres de un samurai le son desconocidos, pero si que entiende el comportamiento avaro y taimado de los campesinos, han sido ellos, los samurais y señores del pasado los que han transformado al campesino en un ser egoista y suspicaz, capaz de engañar y timar por una miseria. Por eso cuando, sabiendo como sabe cómo es el alma del campesino, consigue que estos saquen todas las armas que tienen escondidas, la reacción de Kikuchiyo es de alegría y de orgullo porque ahora podrán defenderse mejor, mientras que para el resto de samurais el descubrimiento implica aceptar que están defendiendo a un grupo de personas que no han dudado en ir despojando a otros samurais muertos en combate de sus pertenencias, han deshonrado a los muertos, han demostrado que no son capaces de valorar el sacrificio ajeno, pero, a pesar de ello, hay una palabra dada que mantener, la tristeza y el abatimiento marca la escena junto al enfado de Mifune, el honor hace tiempo que ha desaparecido.


Nuestros samurais irán disminuyendo como consecuencia de los combates donde la estrategia demuestra que la inteligencia es mejor que el número, sobre un lienzo, el líder del grupo, Kambei Shimada (el conocido actor Takashi Shimura) va tachando los 40 círculos que representan al enemigo. Esos compañeros muertos gozarán del reconocimiento en la muerte que apenas tuvieron en vida; para demostrar esa diferencia de clase, el cementerio del pueblo se verá coronado por las sucesivas tumbas de los caídos, en su cima, los túmulos de los samurais, con su espada clavada en la tierra, dominarán la ladera llena de tumbas de generaciones de campesinos, su lugar sólo cabe en la cima, aunque sean tan pobres como sus defendidos. «Han ganado los campesinos, nosotros hemos vuelto a perder», sentenciará Shimada cuando todo termina, ellos y los campesinos son menos, pero estos han perdido el miedo hasta que vuelva a aparecer un nuevo grupo de malhechores; no hay agradecimiento, no hay recompensa, no hay despedida. Ha llegado la época de volver a plantar el arroz y es el momento de que los forasteros se vayan; quien estaba triste y derrotado ahora se siente poderoso, piensa que han sido ellos con la pequeña ayuda del grupo de soldados los que han conseguido el éxito, y ninguna duda cabe de que servirse de los campesinos fue parte de la victoria, pero acabado el combate, a los supervivientes samurais no les queda sino echarse al camino en la búsqueda de nuevos retos, nuevos señores, o para encontrar una muerte nada heroica en un cruce de caminos por una mala mirada o por el uso de un fusil contra el que la espada nada puede.

La planificación de Kurosawa, como en todo su cine, es exquisita y perfeccionista. Sólo a un maestro se le ocurre rodar la batalla final bajo la lluvia, el barro, los charcos, con los cascos de los caballos salpicando, la cámara lenta apenas se nota, quizás sólo poetiza la imagen en medio de la barbarie. El combate siempre es rápido, coreográfico y repetitivo, de un lado a otro del poblado, a la carrera, tronco recto y movimiento ineficaz, pero el bandido incurre una y otra vez en todas las trampas que diseñan los profesionales de la guerra, como los animales de caza adultos, diseñan la estrategia, colaboran en seleccionar la presa, abren el camino, pero el momento de la venganza lo suelen reservar para los cachorros, esos campesinos hambrientos de sangre que, ante la debilidad del enemigo aislado se abalanzan sobre él para masacrarlo. Están defendiendo lo suyo, pero también están demostrando que, como grupo, poco les separa de sus oponentes, es una lucha a muerte en la que el ser humano saca lo peor de sí, salvo, quizás, los samurais, cuyo comportamiento bélico se ciñe al código del bushido aunque sus oponentes sean de todo, menos honorables. La mujer en la película es siempre víctima, víctima de los padres, de los maridos, de los bandidos, ya sea raptada o travestida en hombre, la mujer no puede ser ella misma a riesgo de desaparecer o ser ultrajada. A las mujeres no se las respeta, salvo cuando se trata de tomar venganza, aquí la voluntad de los samurais cede ante el deseo de una anciana que quiere resarcirse de una muerte dolorosa, el enemigo vencido y humillado no es respetado y el código guerrero cede ante el deseo de una madre, la jauría vuelve a vencer y a derrotar a los samurais. La diferencia de clases también marca las relaciones hombre-mujer, cuando los campesinos ocultan a sus mujeres e hijas saben que están tratando de evitar un adulterio o un amor imposible porque el propio samurai, por enamorado que pueda sentirse, terminará renunciando a esa mujer que perdió su melena por la cobardía del padre ante la indestructible barrera de la casta, afrontando que su único camino es la carretera y seguir aprendiendo el arte de la guerra.

No oculta su empeño estético el director, la banda sonora de Fumio Hayasaka con esa suite que acompaña a los combatientes, el uso del espacio natural tanto como lugar de batalla modificado por el hombre para mejorar la defensa como de goce estético, demostrando que la vida continua pese a las pequeñas disputas de los humanos, un paisaje donde las flores siguen brotando, los pájaros cantando, los árboles proporcionando sombra, el agua fluyendo para refrescar los sudorosos cuerpos de los hombres. Una naturaleza que tanto acoge el amor a primera vista de una joven pareja, como sirve de escondite perfecto para emboscar a los primeros bandidos que acuden a exigir la preparación de la cosecha. El paisaje se convierte en personaje en el cine de época de Kurosawa, la masa actúa como un único cuerpo sangriento y vengador, sólo los samurais mantienen su identidad hasta el final, cada uno con su personalidad, su sabiduría, su astucia, su preparación. Bajo la lluvia y el barro, los perfiles se desdibujan y todo parece igual, pero la pose y el semblante hierático, armonioso, equilibrado del guerrero, destaca sobre la informe marabunta sólo deseosa de matar de cualquier forma. El samurai sabe que, para matar, y para morir, también hay que respetar una estética.

LOS SIETE SAMURAIS. Título original: Shichinin no samurai. Japón. 1954. Dirección: Akira Kurosawa. Duración: 205 min. Reparto: Takashi Shimura, Toshirô Mifune, Yoshio Inaba, Seiji Miyaguchi, Minoru Chiaki, Daisuke Katô, Isao Kimura, Keiko Tsushima, Yukiko Shimazaki, Kamatari Fujiwara, Yoshio Kosugi, Bokuzen Hidari, Yoshio Tsuchiya, Kokuten Kodo, Jiro Kumagai, Eijirô Tono, Haruko Toyama, Tsuneo Katagiri, Kichijiro Ueda, Jun Tatara, Yasuhisa Tsutsumi, Atsushi Watanabe, Toranosuke Ogawa, Yu Akitsu, Isao Yamagata, Sojin, Gen Shimizu, Keiji Sakakida, Shinpei Takagi, Shin Otomo, Toshio Takahara, Hiroshi Sugi, Miki Hayashi, Sachio Sakai, Akira Tani, Sokichi Maki, Haruo Nakajima, Ichirô Chiba, Noriko Sengoku, Fumiko Honma, Masanobu Ôkubo, Etsuro Nishijo, Etsuryo Saijo, Minoru Ito, Hideo Shibuya, Kiyoshi Kamoda, Senkichi Omura, Takashi Narita, Shoichi Hirose, Koji Uno. Guión: Hideo Oguni, Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto. Productora: Toho Company. Departamento artístico: Kôhei Ezaki, Koichi Hamamura, Yoshirô Muraki.Departamento editorial: Hiroshi Nezu. Departamento musical: Masaru Satô. Diseño de producción: So Matsuyama. Fotografía: Asakazu Nakai. Guión: Akira Kurosawa, Hideo Oguni, Shinobu Hashimoto. Maquillaje: Junjiro Yamada, Midori Nakajo. Montaje: Akira Kurosawa. Música: Fumio Hayasaka. Producción: Sojiro Motoki. Sonido: Fumio Yanoguchi, Ichirô Minawa, Masanao Uehara. Vestuario: Kôhei Ezaki, Mieko Yamaguchi. 

PELÍCULA COMPLETA EN CASTELLANO

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