jueves, 8 de febrero de 2018

EL MUSEO DE LAS MARAVILLAS (Wonderstruck, Todd Haynes, 2017)



EL MUSEO DE LAS MARAVILLAS (Wonderstruck, Todd Haynes, 2017)


En medio de la oscuridad un niño es acosado por una manada de lobos, el ataque es inminente, el desenlace parece inevitable. Salvo que, en realidad, se trata de una pesadilla que Ben tiene de manera recurrente, un episodio de terror nocturno acrecentado por la ausencia de un padre cuya identidad ha sido mantenida en secreto por su madre y la desaparición de ésta en un accidente de tráfico. Acogido por una tía y viviendo con sus primos, Ben siente la llamada de la gran ciudad, algo, y no sólo las canciones de David Bowie y su “Life on Mars”, le indica que la respuesta a sus interrogantes, a sus ausencias, se encuentra en la gran manzana y no en el espacio que le apasiona y en las estrellas que le magnetizan. Un viejo libro, una etiqueta de una librería, unos lobos, el museo de Historia Natural en el que terminará aterrizando de manera fortuita, todo le conduce al gabinete de las maravillas, todo le conduce a sus orígenes y a cerrar un círculo en el que dos historias, que comienzan con 50 años de diferencia, 1920 y 1970, están condenadas, desde un principio, a confluir. Es éste uno de los grandes alicientes y retos de escritura que afronta Haynes, mantener la expectativa y el interés pese a intuirse desde el primer momento, que esa historia del niño Ben de 1970 y la adolescente Rose en 1920 van a terminar coincidiendo y entregándonos el nexo que une ambas historias.



En Haynes el estilo y el preciosismo se presume, abandonando, casi, a sus frecuentes protagonistas femeninas adultas, utiliza una historia pensada como literatura juvenil (se trata del mismo novelista en el que Scorsese se basó para filmar “La invención de Hugo”, solo que aquí el resultado está mucho mejor conseguido que en el homenaje scorsesiano a Mélies) para crear una narración de adultos en la que los conceptos de raíces, familia y amistad se vuelven tan importantes como la amenaza de soledad que se cierne sobre los dos jóvenes, y algún otro personaje que se asoma al relato. En las imágenes hay resonancias de los héroes infantiles de Twain y de Dickens, el desamparo ante la adversidad de Griffith y Vidor, pero también la determinación de una férrea fuerza de voluntad a edades donde ésta suele estar ausente o en pleno periodo de formación, y hay un justificado y espléndido uso del color, la fotografía, el sonido, de la radiografía social para mostrarnos los cambios de una ciudad, y de un mundo, en apenas 50 años. 



La alternancia entre color y blanco y negro así como entre el sonoro y el silente no es un gratuito recurso estético vacío y sin sentido (recuérdese la banalidad de The artista) sino un homenaje implícito inicialmente, pero claramente explícito en la escena en la que Rose ve a su madre actuando en pantalla, al mundo del cine y a su transición del cine mudo al cine sonoro. De los albores de los felices 20, con toda la carga de pobreza añadida en quienes no disfrutaban de un entorno próspero, a la revolución sexual y étnica del Nueva York de los 70, del charlestón al soul y al funky, de la gomina y la levita al peinado afro y los pantalones de campana, dos mundos muy diferenciados perfectamente dibujados por la fotografía de Ed Lachman y la música de Carter Burwell, dos de los más grandes profesionales del momento, de esos que saben integrar su especialidad en el seno del relato sin que se note en demasía su presencia, sin hacer de su foto o de su música un elemento desintegrador de la narración y de la imagen, sino un elemento armonioso más del conjunto, hasta tal punto que, nuestra memoria del cine de los 70 nos identifica plenamente con el vagar de Ben por las calles de una ciudad salida de “Malas calles”, “Taxi driver”, de Lumet o de Friedkin, del Fosse de “All that jazz” al hortera callejero de Badham y su “Fiebre del sábado noche”, nada nos desentona en ese Nueva York de Haynes ambientado en los 70 y que recordamos de cuando lo vimos en su momento retratado cuando estaba ocurriendo de esa manera.



La niña rica que huye a la ciudad en busca de una madre como esperanza de un futuro de cariño y amor y el niño huérfano que huye a la ciudad en busca de un padre desconocido con una sola pista en su mochila. Dos llegadas a la gran urbe muy diferentes, una alegre y otra con miedo, una directamente al mundo del espectáculo y otra a una sucia estación de la que tus pistas te obligan a ir a los degradados alrededores de Brooklyn y el Bronx. No hay intención alguna de hacer sufrir innecesariamente a los protagonistas con episodios violentos o amenazantes, la ciudad y su deshumanización son suficientes para inquietar y generar desconfianza, será el azar, una vez que ambos menores queden rápidamente desamparados, el que vaya proporcionando salidas a su decisión de búsqueda de respuestas, a su determinación de salir de un entorno hostil por desafecto o por la multitud de enigmas ante tanta pregunta pendiente. Y el catalizador de las respuestas y génesis de resolución de las dudas, que llega un momento que resultan demasiado evidentes para el espectador, lo que no quita que el empleo de la tensión emocional se mantenga, se encuentra en el neoclásico edificio del museo de ciencias naturales de la ciudad.





Es cierto que, así como sus primeros 45 minutos se pasan volando y el dinamismo del relato apenas permite un asomo de agotamiento, la parte central en el museo, y no olvidemos que existe una doble historia que se va alternando, se hace algo monótona y reiterativa, alargando sin necesidad, la llegada de la resolución donde la historia vuelve a remontar. El clásico discurso aristotélico flaquea en su “nudo” frente a la maestría de la “presentación” y el “desenlace”, justo en esa caja de sorpresas maravillosas que guarda el museo es donde una cierta monotonía impregna el paso de los minutos y, no he de negarlo, me provoca cierto tedio mitigado por algo que, en Haynes, ya se convierte en obligación, manejar el uso de la imagen con un sentido estético como pocos de los directores actuales. Y es justo cuando abandonamos el museo cuando todo remonta, la emoción se desborda, la ciudad se rinde a nuestros pies, y nunca mejor dicho, porque contemplamos una Nueva York en maqueta y una recreación en muñecos de lo que fue el origen y desarrollo de cada personaje, la razón de ser de un sueño, el porqué de un abandono, lo duro que es ser sordo en un mundo pensado para quienes no tienen ninguna discapacidad sensorial, una mirada hacia abajo para obtener respuestas y una mirada hacia arriba, hacia el infinito, para sentirse en paz por primera vez y apreciar que, a cualquier edad, es posible que un giro del destino te proporcione una razón para ser optimista. Las estrellas que apasionan a Ben dejan de ser un imposible y se transforman en el recuerdo perfecto para una noche increíble, el gran apagón que sufre la ciudad mientras Ben descubre su pasado, e imagina su futuro, pasará inadvertido para el niño; mientras a su alrededor empiezan los desórdenes, la violencia, las sirenas de la policía, ese niño y sus acompañantes podrán mirar al cielo por primera vez sin desesperanza; realidad y deseo se han confundido por primera vez en el mismo momento, aunque a su alrededor todo parece colapsar.

EL MUSEO DE LAS MARAVILLAS. Estados Unidos. 2017. Título original: «Wonderstruck». Director: Todd Haynes. Guion: Brian Selznick, a partir de su novela. Productores: Brian Bell, Frank Murray, Pamela Koffler, Sandy Powell, John Sloss, Christine Vachon. Compañías productoras: Amazon Studios / Killer Films. Montaje: Affonso Gonçalves. Dirección artística: Ryan Heck, Kim Jennings. Dirección de fotografía: Edward Lachman. Operador de cámara: Craig Haagensen. Música: Carter Burwell. Reparto: Oakes Fegley, Julianne Moore, Michelle Williams, Amy Hargreaves, Cory Michael Smith, Marko Caka, James Urbaniak, Hays Wellford, Morgan Turner, Jaden Michael, Ekaterina Samsonov, Raul Torres, Millicent Simmonds, John P. McGinty, Mark A. Keeton. Duración: 120 minutos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario