domingo, 21 de enero de 2018

MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO (Gustavo Salmerón, 2017)

MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO (Gustavo Salmerón, 2017)


Llega un momento en que, con mucho peso, o con poco peso, la autonomía personal empieza a disminuir, cada vez puedes desplazarte menos, unas escaleras se convierten en un Tourmalet inescalable y cualquier movimiento anticipa la fatiga que llega a continuación. Para Julita el sobrepeso es el recuerdo de todo lo que ha perdido en la vida, el recuerdo de cómo su cabeza está encarcelada en un cuerpo que se mueve con dificultad, pero comer es un acto de rebeldía y de enfrentamiento directo con la muerte, la salud puede resentirse, pero, ¿a los 80 años pretendemos estar sanos?. Todos sabemos quien va a ganar la partida entre Julita y la muerte pero, por lo menos, que nadie diga que se rindió por algo tan poco importante como estar obesa a los 80 años, si apenas quedan placeres en la vida a esa edad, que la comida no deje de ser uno de ellos. Comer es vivir, comer es atesorar, no desprenderse ni de un gramo de si mismo y, si es posible, seguir aumentando los recuerdos y las posesiones aunque sea en forma de grasa, ocupar más espacio para seguir diciendo que uno sigue por aquí y dando guerra. No hay que desprenderse de nada de lo que uno ha ido atesorando, por pequeño o ridículo que sea, porque todo forma parte de la propia vida, y para la madre del director cualquier objeto puede llegar a ser reutilizable, aunque esté roto, y tirar o desprenderse de alguno de los innumerables recuerdos familiares almacenados, con mayor o menor rigor en cada uno de los inmuebles de la familia, es como una pequeña muerte anticipada. La vida y la muerte se encuentran presentes de manera constante en el diálogo que se establece entre la imagen y el espectador a través de esta matriarca alrededor de la que gira, no se si la vida cotidiana de toda la familia, sino al menos el desarrollo de esta película que sin nacercon voluntad de serlo, se fue transformando reuniendo imágenes a lo largo de más de una década, usando el archivo familiar como excusa para pretender contar una historia muy limitada  y que, convenientemente, silencia lo que para mí hubiera sido más atractivo.


Julita (así quiere que se la llame) tenía tres deseos en su juventud, uno muy sencillo, sólo bastaba tener capacidad física para ello, tener muchos hijos, y lo consiguió rápidamente, otro tener un mono, algo bastante excéntrico, como el propio personaje, y también pudo disfrutar de una experiencia que terminó siendo bastante poco agradable, y el tercero tener un castillo, algo perteneciente al mundo de los sueños y que, sin entrar en profundidades del origen del dinero, los Salmerón consiguen fruto de una herencia. Tres deseos sobre los que la protagonista absoluta crea un hipotético feudo nobiliario que, en un determinado momento se viene abajo, otro aspecto sobre el que el documental no quiere centrarse, mezcla de pudor familiar o deliberado silencio, la ruina familiar parece no importar porque hay un personaje que fagocita todo el escenario montado a su alrededor incluso por ella misma y es má importante mostrar el absurdo del momento del desalojo que el origen de la catástrofe. Una Julita a la que uno no cree cuando repite de manera insistente sus deseos de morir, o su pesar por su estado físico, porque se notan demasiadas ganas de vivir, aunque sea a través de recuerdos materializados en miles de objetos almacenados en sus inmuebles, objetos inservibles, objetos que jamás volverán a utilizarse, objetos que solo sirven de referente temporal inalcanzable, como si deshacerse de ellos fuera renunciar a uno mismo. Pero llega el momento de deshacer la casa en vida, antes de que sean los hijos quienes tengan que tomar las decisiones postergadas una y otra vez por la madre, y lo que hubiera sido un drama y una carga imposible para cualquiera, desalojar un castillo (literal) recargado hasta más no poder, es asumido por esta familia como un juego y una manera de mantener el respeto indiscutible hacia una madre y sus decisiones, un acto que une en vez de disgregar, quizás porque ese respeto tiene una contrapartida, volver a ser acogidos en el seno familiar pasados los 50.


La película avanza con agrado, cuenta con una figura estelar que, además lo sabe, y se vale de un «macguffin» desaprovechado para mi gusto, como es la historia familiar de esas vértebras de la abuela de Julia, recuperadas tiempo después de ser asesinada por los «comunistas» en la guerra civil, y digo desaprovechada porque, desnudándose como se desnuda el entorno familiar, y sobre todo la madre del clan ante la cámara, sea cierto, o no, que no supiera o sospechara que todo terminaría en película que vería el público; mi escaso interés en conocer vidas ajenas echa en falta una explicación, un  motivo (siempre insuficiente, injusto  injustificado) por el que en la guerra civil dos mujeres fueran asesinadas de esa manera, mal enterradas al lado del cauce de un río y después, recuperados los cadáveres, alguien decidiera guardar parte de sus huesos como reliquias, un hecho como tantos otros que pudieron pasar en esos años pero del que no puede olvidarse la conexión con ese omitido patrimonio familiar que hace, de una familia «normal», una familia multimillonaria que se permite comprar un castillo e invertir en el negocio de la construcción, anticipo de su ruina con el estallido de la burbuja inmobiliaria. El leit-motiv de esos huesos guardados, cuya búsqueda se vuelve como la de una aguja en un pajar ante tanta acumulación de objetos, funciona como el tema musical de una pieza de cámara, recurrente y necesario para que la anécdota, mínima, que justifica la película, no encalle. Estamos ante una película que se sostiene, de manera exclusiva, por el hallazgo del personaje y no por su concepto cinematográfico y casi ni por lo que cuenta, más bien inexistente, y como prueba está que la mezcla de imágenes de distintas etapas pueden llevar a una conclusión equivocada sobre la manera de vivir ordinaria de este matrimonio que, pasados los 80, vuelve a recoger en su casa a todos sus hijos, maridos y esposas incluídos, nietas y nietos (tampoco hay voluntad de explicar este hecho), una «mater amatísima» que quiere pasar por desprendida y poco cariñosa y que, sin embargo, encierra una inflexible condición de amparo maternal para mantener a su progenie a su alrededor, llena de excentricidades que hacen amena la vida cotidiana y entretienen al espectador, porque, ante la pérdida de facultades, solo el humor y las ganas de reir, o de reirse de uno mismo, permiten sacar fuerzas para volver a desayunar a la mañana siguiente. Subjetivamente no me parece el mejor documental español del año, subjetivamente entiendo el éxito relativo que está teniendo y su permanencia en cartelera, lo paso bien, me sale la carcajada en varios momentos, la sonrisa casi no se borra de la boca durante hora y media. Quizás mi nivel de exigencia y de reto ante una película sea demasiado elevado, pero no alcanzo a comprender determinadas valoraciones en exceso positivas en un producto que, como cine, y búsqueda de preguntas y respuestas, queda muy cojo, pero ojalá esta «Carmina» ilustrada y formada intelectualmente permitiera que el territorio del documental alcanzara más difusión de la que tiene en este país. 


MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO. España, 2017. Director: Gustavo Salmerón. Guion: Gustavo Salmerón, Raúl de Torres, Beatriz Montáñez. Duración: 90 minutos. Fotografía: Gustavo Salmerón. Música: Nacho Mastretta. Productora: Gustavo Salmerón

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