jueves, 25 de enero de 2018

LOS AMANTES DE MONTPARNASSE (Jacques Becker, 1958)




LOS AMANTES DE MONTPARNASSE (Jacques Becker, 1958)



En 1948 Robert Doisneau, desde el interior de la Galeria Romi retrató las reacciones de los paseantes cuando, asomados a la vitrina del establecimiento, contemplaban el desnudo de una mujer colgado en una de las paredes laterales. Cuando Becker rueda la escena de una exposición de Amedeo Modigliani utiliza el mismo efecto, en el escaparate de la galería donde se lleva a cabo la inauguración, en una más de las situaciones en que “Modi” aspira a salir de la pobreza y obtener el reconocimiento de su arte, el escaparate recoge su “Desnudo acostado”, pintado en 1917. Exactamente no sabemos la fecha del hecho, porque la película, en sus títulos iniciales deja claras dos cosas, su homenaje directo a Max Ophuls, y que no intenta ser una recreación real de la vida y sucesos del pintor italiano, pero en las reacciones de los visitantes y de los paseantes ante la imagen de ese bello cuerpo dibujado con la mirada de Modigliani se concentran todas y cada una de la serie de fotografías que, diez años antes del rodaje, Doisneau capturó en una situación similar. El encuadre, la disposición de los objetos, incluso el fondo de la fotografía y el de la película se superponen, la fotografía inspira un hecho que incide en la crudeza de la situación, el fracaso, el nuevo revés para el artista que no consigue el éxito de crítica ni de ventas que desea se magnifica y crece por la suma de la hipocresía moral de una sociedad tolerante en las costumbres de los demás pero que no deja de juzgar por encima del hombro a la bohemia, al mundo artístico, y que prohíbe la exhibición del vello púbico a la vista de los transeúntes.



“Montparnasse 19” se aferra a los personajes y a las ideas y huye de la narración cronológica de unos hechos que afectan a personas que existieron pero de otra manera. La idealización del amor y la idealización romántica de la vida bohemia no excluyen el aspecto realista de las situaciones, que se sublime la pasión amorosa en medio de la miseria no le resta un ápice de sentido a todo lo que se cuenta y a cómo se cuenta. Se respira el frío, se siente la punzada del estómago vacío, la náusea provocada por el consumo suicida de alcohol, la sombra de la muerte pegada, como un buitre, al andar vacilante y enfermizo del pintor, la pesada carga de indiferencia a soportar mendigando una venta para sobrevivir y, sobre todo, para que Jeanne Hebuterne (Anouk Aimée) no tenga que soportar los padecimientos que, incluso voluntariamente, acepta el pintor como una carga necesaria para asumir la posteridad. Se equivoca quien piense que la historia recogida en la película se corresponde con la realidad de lo sucedido, pero nadie dijo que el cine fuera reflejo de nada más que lo que se quiere representar con sus imágenes, siempre dispuestas a perturbar, modificar, hasta manipular, para bien o para mal, la realidad. Picasso decía que Modigliani siempre se las apañaba para coger las cogorzas más clamorosas en el cruce de Montparnasse con el bulevar de Raspail, entre la Coupole, La Rotonde y el Dôme para exhibir su desdicha ante el mundo, excluido de los oropeles de la fama material, se empeñó en acrecentar el mito a base de la autodestrucción y fomentar la idea de la pureza del artista; a falta de rendimiento permitirse renunciar a lo material procedente de su obra, regalarla o destruirla si era necesario, fue su reacción, pero Becker (con una fotografía que, sin duda, homenajea espléndidamente al referente ophulsiano) no quiere romper el mito romántico de la historia, necesita hacer de la pareja algo aún más consistente que lo que fue en realidad, dilata el tiempo de la convivencia retrasando el verdadero momento del comienzo de la misma, que no fue en Niza, exacerba la reacción contraria paterna, obvia la maternidad y la enfermedad de Jeanne para sublimar la entrega de ésta a un hombre desamparado, nihilista hacia su futuro, indefenso frente al mundo real e incapaz de saborear lo que le rodea si no es en atención a su propia propagación de la desesperanza.





Un gran acierto para la película es la introducción del “malo”, el personaje extremadamente negativo, la sombra de Morel (Lino Ventura), el galerista convencido del arte excepcional que encierra la pintura de Modigliani pero empeñado en hacerse con su obra cuando el pintor haya fallecido a sabiendas de que terminará costando una fortuna. Morel representa la mercantilización del arte y simboliza una anécdota real ocurrida pocos años después de la muerte de Modigliani, cuando un marchante vió en el escaparate de una galería una obra que pudo comprar en su momento por 300 francos y, pensando que costaría ya diez veces más, se interesó por su compra para descubrir que el precio de venta era de 350000. Morel sigue a Modigliani entre la bruma de las calles de París cercanas al Sena, con su bastón al hombro acecha un momento que se acerca, la tuberculosis y el alcoholismo han destrozado un organismo que sólo busca el fín, un toque en el hombro y un saludo no ayudan a Modigliani a reconocer la carroña que le persigue, el desvanecimiento, el último del artista preludia el fatal desenlace. Lo que parece ser un último interés humano del marchante, su particular arrepentimiento, ocupándose de buscar a la viuda para comunicarle el fallecimiento no es sino la constatación de la más abyecta miseria humana, aprovechándose de la situación para negociar la compra de todos los cuadros con Jeanne, ignorante ésta del destino de Modigliani, aquel pintor que, a su llegada a París pintaba en las calles de Montmartre con un cartel que decía, "Soy Modigliani, judío, cinco francos", y que rechazaba cualquier pago por cantidad superior, anécdota que utiliza el guión para demostrar cómo ese personaje, diez años después, ha de volver a intentar vender su obra de la misma manera porque, en ese tiempo, no ha sido posible establecerse en el mundo del arte.






La película aumenta el malditismo del artista parisino, Modigliani o cualquier otro, expone la amistad incondicional de su incansable agente, el poeta polaco Zboroswki, no oculta la atracción que Modigliani generaba en las mujeres, presentando todo un catálogo, no exhaustivo, de sus amantes, aunque peque de conservador una vez que se consolida la relación con Jeanne como amor único y exclusivo (de otra manera la idea de la película se resentiría), incluso esas mujeres del pasado no dudan en aparecer nuevamente o en ayudar al artista pese a la separación y la distancia, Beatrice (Lily palmer) la periodista y crítica de arte, Rosalie (Lea Padovani, la cantinera), las prostitutas que se dejaban pintar…….mujeres rendidas de antemano, aun conservando su libertad, al atractivo de un hombre incapaz de pensar en algo más que en él mismo y en su ruina personal; también se aprovecha para lanzar dardos hacia el coleccionismo de arte, utilizando un recuerdo doloroso para Modigliani como es un cuadro de su admirado Cézanne, pintor ya de prestigio y cotizado en el momento en que se sitúa la acción, algo que nunca consiguió Modigliani en vida. La belleza de la película reside en la fragilidad de sus personajes, en la fuerza de sus convicciones pese a lo imposible de las condiciones en que han de desarrollarlas, en la impecable fotografía llena de claroscuros, de interiores plomizos, de clases sociales muy diferentes incluso entre la pobreza y la miseria con apenas momentos en que se pisa la alfombra del dinero o del poder, seres “espirituales”, entregados a la creación artística como manera de descubrir la verdad de los hombres, mujeres sin ojos que representan el ensimismamiento, la concentración absoluta hacia el mundo interior. Que lo que el guión de Ophuls y la realización de Becker no sea la estricta verdad no merma en nada la grandeza de la historia inventada ni el sentido último de la misma, ese rostro iluminado de Anouk Aimée cuando cree que su marido, por fín, ha sido reconocido como artista con cotización y que su obra es valorada por quien la utiliza como mercancía, representa la sublimación de un amor que nosotros sabemos que ya ha acabado, por eso esas escenas finales son tan arrebatadamente sublimes y emocionantes.




LOS AMANTES DE MONTPARNASSE. Francia. 1958. Título original: Les amants de Montparnasse (Montparnasse 19). Dirección: Jacques Becker (Max Ophüls). Duración: 108 min. Reparto: Gérard Philipe, Lilli Palmer, Lea Padovani, Gérard Séty, Lino Ventura, Anouk Aimée, Lila Kedrova, Arlette Poirier, Pâquerette, Marianne Oswald, Judith Magre, Denise Vernac, Robert Ripa, Jean Lanier, Chantal de Rieux, Jany Clair, Antoine Tudal, Bruno Balp, Jacques Ferrière. Distribuidora: Les Acacias. Productora: Franco London Films, Astra Cinematografica, Pallavicini. Departamento artístico: Jacques Gut, Paul Moreau, Robert Christidès. Departamento musical: Jacques Métehen. Diseño de producción: Jean d'Eaubonne. Fotografía: Christian Matras. Guión: Henri Jeanson, Jacques Becker. Guión inspirado en la novela Les Montparnos: Michel Georges Michel. Montaje: Marguerite Renoir. Música: Paul Misraki. Producción: Sandro Pallavicini. Sonido: Pierre-Louis Calvet.

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