martes, 30 de enero de 2018

LA NOCHE AMERICANA (François Truffaut, 1973)

LA NOCHE AMERICANA (François Truffaut, 1973)

Un director de cine tiene un sueño recurrente que le agita y se va transformando en nuestra imaginación en una pesadilla, mientras el rodaje de “Je vous presente, Pamela” se complica y los caprichos van haciéndose cada vez más irresolubles en el comportamiento de los actores, al llegar la noche, Ferrand (el propio Truffaut) no descansa, lo que pensamos que son los problemas diarios que el subconsciente magnifica durante la vigilia, va transformándose, en una escena que se repite pero que va avanzando cada vez un poco más, en el origen de la pasión del cineasta por su trabajo, y, en consecuencia, en el origen de cualquier pasión, como la del cinéfilo. Un niño, vestido con traje y corbata, con un paraguas a modo de bastón que recuerda, en su estampa y soledad, a un Charlot en miniatura, avanza en la noche con paso decidido. Su corta edad transmite la sospecha de un peligro, de una amenaza que justificaría la inquietud del director mientras duerme, el recuerdo de un suceso desagradable. Al final todo se vuelve más prosaico y al tiempo más poético, mucho más evocador, el mango del paraguas hará de asa que atraiga hacia el pequeño la mampara con ruedas donde un cine expone los fotogramas de la película que se está proyectando al otro lado de la verja que protege el local. Lo que el niño quiere, y consigue, es apoderarse de esos “afiches” de Ciudadano Kane, comienza así el atesoramiento de una afición, el carácter mitómano del amante del cine, el deslumbramiento por la obra de arte imperecedera. Ferrand se convierte en Truffaut a través del recuerdo de un  niño que fue Antoine Doinel contemplando, y atesorando, los mismos recuerdos de actores, actrices, fotografías, carteles vistos por las calles de París en “Los 400 golpes”, un Antoine Doinel que ha crecido y ahora se llama Alphonse (Jean Pierre Léaud), uno de los principales actores de la película, que en su juventud tuvo muchos problemas dicen en la película, como los tuvo el personaje de Doinel y, como dice la leyenda, que también tuvo el propio Truffaut. La autorreferencia personal enlazando dos obrasmuy dispares, que obedecen a momentos muy distantes y a corrientes estéticas nada semejantes, consiguiendo conectar  a personas y personajes de manera consciente mediante el recuerdo de la propia obra cinematográfica, es uno de los enfoques extraordinarios de una película singular pero que trata de algo muy común en la historia del cine, una película dentro del cine, mostrar un rodaje que, a la postre, se transforma en sí mismo, en película.




Porque Truffaut experimenta con su cine eso que la vida administra con cuentagotas y especial racanería, la emoción, el momento sublime, la pasión continua por un trabajo, una persona, un deseo; transfigura la realidad y la convierte en arte sublimando lo inalcanzable hasta hacerlo cotidiano. "Yo sé que existe la vida privada, pero la vida privada tiene altibajos para todos. Las películas son más armoniosas que la vida, Alphonse. En ellas no hay atascos, ni tiempos muertos. Las películas avanzan como trenes ¿comprendes?, como trenes en la noche", le dice Ferrand-Truffaut a Alphonse-Doinel-Leaud, lo personal no puede atravesarse en el cine porque el cine no para, el cine no admite interferencias, el cine para Truffaut es un fín en si mismo que permite modificar la realidad al gusto y antojo del creador, ese director a quien todo el mundo pregunta constantemente pero que carece de respuestas la mayoría de las veces. Para Ferrand la película que se rueda es la idealización constante y sin interrupciones de un mundo pasional, el cine camufla algo que existe en la realidad, pero cuando ocurre entre los actores y miembros del equipo fuera del set de rodaje parece que se diluye en ritmos diferentes y de menor fortaleza, aunque realmente todo pueda ser tan profundo o traumático como lo que se desarrolla en la ficción, o más, porque no deja de ser la realidad.



El rodaje de la película no es sino la excusa para mostrar el trabajo ciclópeo del director, “el autor” que es lo básico en la concepción nouvellevaguiana del cine, se muestra como demiurgo superlativo de todo lo que se desarrolla ante nuestros ojos, y sólo cuando finaliza la jornada es cuando cada uno recupera su individualidad. Disminuir el grado de inclinación de un rostro, colocar dos manos en primer plano, decidir cuándo y cómo el especialista habrá de simular una muerte, indicar a una extra que camine más deprisa, provocar mayor dinamismo en una plaza, sofocar los temores de la vieja estrella a punto desfallecer en su autoestima eclipsada por la nueva; el cine se transforma en realidad, pero en una realidad que el director quiere de manera diferente. Entre el “acción” y el “corten”, el mundo se detiene, la ficción se convierte en lo veraz, y lo falso es lo que queda fuera del objetivo de la cámara, el cine es capaz de transformar un decorado en una verdadera plaza aunque los edificios no sean más que fachadas, o un balcón en un tercer piso solamente sea un andamiaje con un trozo de muro simulado, nuestro ojo creerá que aquello es una dependencia de un château de provincias y los actores ayudarán a que lo creamos, poco nos importará si en ese momento del rodaje el actor joven está a punto de desertar en mitad de la noche o si la belleza de Jacqueline Bisset, la Julie que interpreta a Pamela, encierra en su interior el drama de la enfermedad psiquiátrica y el peligro de una infidelidad que parece más un acto de sacrificio para salvar la película que un verdadero deseo.







El hilo argumental es el rodaje, la película versará sobre un joven matrimonio (Leaud y Bisset) que acude a la casa de los padres de él (Jean Piérre Aumont y Valentina Cortese) para presentar, por primera vez, a la esposa, cuya existencia, incluído el matrimonio, era desconocido por los padres. En esa aparición se produce el flechazo entre suegro y nuera y el drama se extiende hasta la culminación de la idea freudiana de “matar al padre”. Hay un fluir tranquilo, reposado, en cada una de las circunstancias de esta película, un ritmo sosegado que da un vuelco cuando entra en acción la música de la gran coral de Georges Delerue, obra de resonancias barrocas y que hace, como dice el director, que “el cine reine”, porque en ese momento el genio creativo se desborda, Truffaut desnuda todas las entretelas de un rodaje, los engaños ópticos, las milimétricas escenas cronometradas, el movimiento de personas, objetos, vehículos, la cantidad de gente del equipo que rodea a los actores en las escenas íntimas, cómo desaparecer del cuadro antes de  que la cámara capture presencias incómodas, y todo ello con la naturalidad de un documental que, sin embargo, es una ficción completa. La música se transforma en motor de la energía creativa y le proporciona un soporte complementario hasta convertir en armonioso, solemne y emocionante el simple movimiento de una grúa que levanta a la cámara y a los dos operadores desde el suelo hasta situarse frente a nosotros en un equilibrado vuelo elíptico, como si hasta el espectador fuera atrapado para formar parte del espectáculo. Muchas son las diferencias, sobre todo de estilo, alejado de la grandilocuencia y pomposidad de Godard, entre la película de Truffaut y “Le mèpris” de Godard, pero aunque sea desde puntos de vista más humanistas en el cine de Truffaut, la estrella, el productor, el rodaje, la sombra de la traición, la muerte, unen una y otra obra con diez años de diferencia entre sí, dos películas donde la labor del músico incrementa sobre manera el efecto de la imagen. Las luces rojas indican al equipo que el rodaje está en marcha y nadie puede interferir, nosotros no lo sabemos, nosotros asistimos a la historia, al cine, a la magia de lo inventado para evadirnos y soñar, incluso para aceptar que una noche en el cine puede estar rodada a plena luz del día, eso es lo que consigue el cine de Truffaut.





LA NOCHE AMERICANA. Título original: La nuit américaine. Francia. 1973. Dirección: François Truffaut. Guión: François Truffaut, Jean-Louis Richard, Suzanne Schiffman. Reparto: Jacqueline Bisset, Valentina Cortese, Dani, Alexandra Stewart, Jean-Pierre Aumont, Jean Champion, Jean-Pierre Léaud, François Truffaut, Nike Arrighi, Nathalie Baye, Maurice Seveno, David Markham, Bernard Menez, Gaston Joly, Zénaïde Rossi, Xavier Saint-Macary, Walter Bal, Jean-François Stévenin, Pierre Zucca, Marc Boyle. Productora: Les Films du Carrosse, PECF, Produzione Intercontinentale Cinematografica (PIC). Dirección artística: Damien Lanfranchi. Diseño de producción: Damien Lanfranchi. Fotografía: Pierre-William Glenn. Montaje: Martine Barraqué, Yann Dedet. Música: Georges Delerue. Producción: Marcel Berbert. Sonido: Antoine Bonfanti, Harrik Maury, René Levert. 115 minutos.



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