lunes, 22 de enero de 2018

ELDORADO XXI (Salomé Lamas, 2016)


ELDORADO XXI (Salomé Lamas, 2016)

El Dorado es el lugar del mito, pero también de la miseria, ambos no son incompatibles, y, de hecho, se convierten en la sucesión de la misma realidad. La leyenda que recorrió Sudamérica en boca de los españoles, que llegaron para adherir por la fuerza el continente a una corona incapaz de aprovechar la riqueza del mismo, da una nueva vuelta de tuerca en los Dorados de la sociedad industrial, la fiebre del oro californiana del XIX, tan cinematográfica ella, oculta nuevos desplazamientos en busca de la veta, la piedra, el filón desaprovechado que permita a cualquiera, con el simple esfuerzo del trabajo físico, pasar de la pobreza extrema al desahogo económico. Si alguien lo consigue, o lo consiguió, no serán los mineros y mineras que retrata con empatía, pero con distancia, la directora portuguesa Salomé Lamas en un estudio geográfico, etnográfico y social que comienza con el plano amenazante, inhóspito, incompatible con una vida cómoda, del paisaje que rodea y donde se asientan las comunidades de La Rinconada y Cerro Lunar, comunidades indígenas en su inmensa mayoría, habitando a una altura cercana a los 5000 metros en el altiplano peruano, cerca de Puno, cerca del Lago Titicaca, lo más cerca del cielo que el ser humano puede aspirar a vivir, pero también lo más cerca del infierno convertido en frío, barro, nieve, sudor, suciedad y pobreza.


"Eldorado XXI" da voz a los habitantes de la zona, no sistemáticamente, no como mera denuncia, sino como documento antropológico y etnográfico que tiende a dejar constancia de una realidad migratoria por la que el hombre se desplaza, dejándose engañar por cantos de sirena ficticios, para terminar viendo desfilar su vida a lo largo de una empinada cuesta que les lleva de la casa a la mina y de la mina a casa, parando en la cantina donde dejarse gran parte del sueldo, terminar el día emborrachado para soportar la decepción de extraer un oro que nunca terminará en sus manos y soñar con la posibilidad de que, en la rebusca que llevan a cabo sus compañeras, aparezca, entre el mineral desechado, algo más que una brizna dorada, una pepita en medio de una piedra no escrutada en la mina y de la que se puedan sacar unos cientos de dólares. El Dorado peruano no es sino el reflejo de un entramado corporativo e industrial que controla la región de manera feudal, una zona donde la vida apenas cuenta y donde cualquiera que se levanta mínimamente contra el poder político o empresarial puede terminar apareciendo muerto en medio de un nevero o ser enterrado vivo en las profundas simas de una mina abandonada.

Lamas no disimula que su película se plantea en dos partes muy diferenciadas, la primera, tras ese plano general paisajístico, consiste en un largo plano fijo de cerca de una hora, un plano que a muchos les supondrá un reto insalvable, una losa imposible de levantar, un sacrificio visual en medio de la penumbra, apenas iluminado por el paso de las lámparas de los mineros que, como hormigas, en hileras que no se entrecruzan, ascienden y descienden de, o hacia, la mina. Ese esfuerzo en el que hombres y mujeres desfilan agotados delante de la cámara, sin detenerse ni disminuir su avance, sabedores de que parar para respirar es prolongar el tiempo que se va a tardar en empezar a trabajar o en empezar a descansar, se transmite al espectador por la prolongación de la observación, y por la palabra que suple el tono monocorde de la imagen, la palabra que va desgranando historias de parejas desplazadas a la mina porque su trabajo de maestros no da para vivir, de venganzas familiares, de desapariciones teñidas de superstición, de viejos dioses y espíritus de la mina a los que hay que calmar, de veladas acusaciones de explotación, cuñas radiofónicas al servicio del poder presente o por venir, campañas para las elecciones municipales donde el votante es tratado como un ser retrasado, inculto y del que poder aprovecharse. La Rinconada se transforma así en tierra de nadie, un lugar olvidado, un lugar que se rige por sus propias normas, mezcla de lo atávico y lo discreccional, un lugar en el que parece milagro que sea posible no vivir, sino la supervivencia, y nosotros lo vamos sintiendo como un peso sobre los hombros que termina resultando imposible de transportar.

La ruptura que propone la directora es total transcurrida esa primera hora, el riesgo formal desaparece, la aventura sensorial se traslada a la dureza de las imágenes que acompañan la vida diaria de estas mujeres que hacen de madres, esposas, trabajadoras y sindicalistas. 4, 5, 6 mujeres trabajan en la pendiente inestable sobre la que se acumula el mineral desechado, removiendo, golpeando, desmenuzando en busca de un mínimo resto de oro. El viento, la ventisca, la nieve, el frío, las manos incapaces de asir y sentir, un esfuerzo que sólo masticar coca permite tolerar mínimamente, "pallanquear" y después "pichar" (rebuscar y masticar coca), sin olvidar el mínimo respeto a la Pachamama para que ésta no se cobre después la vida de alguno de sus familiares más cercanos en el interior de la mina, o para que nadie se ofenda y decida tomar una justicia sanguinaria y cruel por su mano, al espíritu de la mina hay que ofrecerle sacrificios, pueden ser cuerpos fallecidos que se sacan de la tumba y se queman en el interior de la mina o directamente recién nacidos o personas que viven solas y pueden ser fácilmente secuestradas porque nadie los va a reclamar más adelante. Todo termina resultando irreal, onírico, tanto pensar en la eficacia de un sindicato para un trabajo que no requiere contrato como que pueden evitarse accidentes laborales (la imagen del camión cargado de mineros desplazándose por una ruta al borde del precipicio mientras se baila dentro de la caja el "despacito" anticipa un desastre), como lo identitario con la ceremonia a la madre tierra a la que, sin solución alguna, le sigue una liturgia católica donde hay mucho de paganismo. La película concluye donde comenzó, en las cumbres nevadas y heladas de una orografía indomable, en el silencio de un día pacífico o en el duro transcurrir de una noche azotada por el temporal, Perú hace unos años, hoy en día, mañana quizás, un Perú por el que pasan los políticos y la corrupción permanece instalada sin pudor alguno, como dice una de las pallanqueras, "gane quien gane (Ollanta o Keiko Fujimori) ¿qué gobierno ha venido aquí?"


ELDORADO XXI. Portugal, Francia. 2016. Dirección: Salomé Lamas. Dirección de fotografía: Luis Armando Arteaga. Sonido: Bruno Moreira. Montaje: Telmo Churro. Postproducción de sonido: Miguel Martins, Fred Bielle. Música: João Lobo, Norberto Lobo. Dirección de producción: Raquel da Silva. Producido por: O som e a Fúria, Shellac Sud. Productores: Luis Urbano, Sandro Aguilar. 125 minutos

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