viernes, 1 de diciembre de 2017

25 CINES/SEG (Luis Macías, 2017)





25 CINES/SEG. (Luis Macías, 2017)

Las artes que se anquilosan están condenadas a desaparecer por agotamiento de la fórmula. Durante decenios el mundo del cine se ha mantenido en la seguridad de un territorio que parecía inatacable, el de las salas, las multinacionales decidiendo gustos e imponiéndolos y los creadores sojuzgados a la tiranía del productor. Desde hace un par de décadas pudo empezar a advertirse que el hábito del consumidor cambiaba, que empezaba a dar la espalda a la sala como templo social para consumir cine. Podrá justificarse desde el sector que la piratería marcó un antes y un después en el sector oficial del cine y en su forma de consumo, pero eso no es óbice para destacar cómo sus estructuras han sido incapaces de acomodarse a otros nuevos hábitos, al abanico imparable abierto con el acceso vía internet a cines que antes quedaban mucho más ocultos en cenáculos muy minoritarios y que, ahora, permiten ver obras que antes resultaban de imposible acceso si no era a través de filmotecas o cineclubs. El mundo oficial del cine se sentó a ver pasar su propio cadáver por delante mientras podían ir resurgiendo nuevas propuestas resistentes alejadas del multiestreno y el ranking de taquilla. Frente al cine “oficial”, el moribundo lenguaje cinematográfico destinado a las mayorías se instala en la comodidad de las grandes ciudades y progresivamente empieza a desistir de los pequeños mercados. Los primeros en sentir la caída del consumo mediante el pago de la entrada en taquilla, después de los creadores e intérpretes, son los exhibidores, y Luis Macías, jugando con la idea del “frame”, de la velocidad por segundo de las imágenes que se proyectan acomodadas a la capacidad del ojo humano, establece una metáfora demoledora sobre la muerte de los espacios físicos de proyección unida a la muerte de la obra creativa en manos de los productores.

En paralelo a la historia de uno de tantos cines que irán apareciendo en pantalla, abandonados, cerrados, desvencijados patios de butaca en pueblos y capitales que darán paso a centros comerciales, sucursales bancarias, edificios de apartamentos o franquicias que hacen de todos los cascos urbanos occidentales una copia simétrica ajena a la diferenciación por países o culturas, el director, nunca en pantalla, asiste, mudo, a las continuas exigencias de una productora a la que la obra en sí importa muy poco, porque lo que necesita es una ayuda pública con independencia de que sea éste, u otro, el proyecto que finalmente se llegue a culminar. El cine Olimpia de Barruelo de Santullán es uno de esos 25 cines por segundo ofrecidos al sacrificio de una industria que va trampeando poco a poco, eliminando el cine como acto social para quedar reducido a un placer onanista y acomodaticio en el ámbito doméstico. Al ritmo de 25 cines por segundo van desapareciendo los viejos espacios llenos de recuerdos, de personas, de trabajadores, de viejas butacas donde se contempló con ojos absortos y fijos, la vida de personajes a los que se deseaba emular, suplantar, olvidarse de los problemas acuciantes durante dos horas y soñar despierto. La idea plasmada por Luis Macías no es original, ¿qué será realmente original y nuevo en el mundo del arte actual?, pero si es más radical o experimental que, por ejemplo, “Historia antigua del cine España”, que juega sobre el mismo concepto. Moviéndose en los espacios que, de manera sobresaliente, Paul Schrader utilizó en su fallida “Grand Canyon” como preámbulo, Macías deconstruye la imagen en territorios de oscuridad, opacidad, destrucción, olvido y desmemoria.


Polvorientas latas de celuloide entre cascotes y proyectores abandonados destinados a chatarra, recortes de fotogramas, recogidos y enrollados, como testimonio de un pasado que no va a volver más que para el nostálgico coleccionista o el purista cinéfilo con capacidad de organizar proyecciones en 35 mm. La demolición del edificio del cine es la demolición que sufre el creador cuando se le leen las claúsulas del condicionado contractual por el que pierde cualquier capacidad de decisión sobre su obra y su montaje final, dejando de ser dueño de su propia película, que queda así, abandonada en las del mercado sin ninguna ambición artística. “No te lo tomes como una amenaza” suena precisamente a eso, a una amenaza real en un mundo de creación que ha abierto las posibilidades de hacer cine con muy poco dinero, pero a sabiendas de perder cualquier posibilidad de distribución, y en el juego metacinematográfico el director crea un oximorón visual, pues cuando la empleada de la productora lanza el último mensaje al rebelde creador, que no quiere firmar el contrato de moderna esclavitud, diciendo “como no has firmado el contrato que te propusimos no vas a ser el director de esta película”, resulta que estamos viendo la película que no debería existir por orden de quien la financiaba, una película cuya existencia se ha negado al tiempo que se derriban los últimos muros de ese cine antiguo donde se proyectaron los sueños de muchas generaciones, hasta que ha llegado el momento de un desprecio cultural que atraviesa, de arriba abajo, toda nuestra sociedad y va alejando el hecho cultural libre de una gran parte del territorio nacional. Macías ilustra la demolición con las sucesivas fases de ese desencuentro con una productora anónima pero muy real; a cada paso que la productora da hacia el control de la obra, y, por lo tanto, hacia la negación de la libertad del propio creador, la vieja sala de cine va perdiendo su fisonomía a golpe de amputaciones irreversibles. La velocidad de la imagen queda, así, directamente relacionada con la velocidad de su destrucción.

 TRAILER


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