viernes, 3 de noviembre de 2017

VISAGES, VILLAGES (Agnés Varda-JR, 2017)



 
VISAGES, VILLAGES (Agnés Varda-JR, 2017)
En la mirada cansada y deteriorada de una anciana y en la vitalidad de un artista visual cuyos ojos no vemos en todo el metraje de la película, se encuentra la simbiosis perfecta para llevar a cabo uno de los ejercicios cinematográficos y cinéfilos más apasionantes y más emocionantes de todo el año. Unos ojos que desenfocan, cuyo objetivo no permanece quieto sino que oscila como consecuencia de la enfermedad, pero que son capaces de imaginar perfectamente el resultado final de ver y entender al paisano, sus soledades, sus afinidades, sus enterezas. Los personajes de la última película de Varda se agigantan, no sólo por el tamaño de las reproducciones fotográficas que se van dejando a lo largo de un viaje que suena a despedida, sino porque detrás de cada uno de ellos existe una historia que se inmortaliza aunque sólo sea como consecuencia de la anécdota casual del encuentro azaroso. ¿Qué sería de la nouvelle vague sin el azar?, ¿qué sería sin el encuentro casual, sin la calle, sin los peatones o los trabajadores que entran en el plano? Varda y JR se lanzan al viaje sin un objetivo preciso, provocado por un encuentro casual y propiciatorio en una panadería, buscar historias y buscar gentes, si es real o no, o un mero juego argumentativo para potenciar la sensación de libertad creativa, no lo sabremos, pero funciona de manera espectacular y especular, porque una historia provoca la siguiente, un viaje su continuación, un regreso la idea de recorrer viejos lugares de la memoria de Varda. Y en el objetivo, siempre, el cine, el cine de Varda y de Démy, pero también, y sobre todo, la figura proteica de Godard, película que rinde un homenaje constante a lo largo de la película al otro superviviente de la nouvelle vague y que provoca un final demoledor y muy duro para la vieja cineasta.





Convertir en héroes efímeros a quienes día a día conviven con normalidad con sus vecinos, sin darse cuenta de que pueden aspirar a servir de ejemplo, destacar la belleza de quien la mantiene oculta, la dignidad del resistente que no decae en su voluntad de permanecer anclado a una tradición y un mundo que ha desaparecido, reivindicar lo natural frente a lo artificial, conseguir la metáfora de una plantilla de trabajadores en permanente búsqueda de la unidad que, seguramente, nunca se habrían parado a pensar, lograr un mensaje feminista sin consignas, sin slogan, sin enfrentamiento, simplemente retratando y reivindicando a la mujer trabajadora. Hay ternura, hay sencillez, hay un aroma de nostalgia y melancolía permanente en el trabajo de Varda con JR (quien es cada quien en la obra y la importancia de cada uno no se puede desentrañar), hay una dulzura y tranquilidad propia de quien ya lo ha dado todo en la vida pero no se resiste a perderse en el olvido y a mezclarse en una masa informe, aunque sea tiñéndose el pelo de dos colores del mismo modo que el joven no se quita nunca el sombrero ni las gafas de sol. Sólo un episodio del camino desequilibra a la vieja cineasta, sólo el temor aparece antes del encuentro, su aparente seguridad se desvanece conforme se acerca la cita con su amigo Godard, la aureola mitificada y prepotente del suizo empequeñece a esta mujer que sufre ante la llegada de la hora señalada. Es su único momento de debilidad, ella, que se ha reído de sí misma, que se ha hecho burla con sus propias fotos, que ha bromeado con sus problemas de visión y de movilidad, se convierte en una mujer frágil, nerviosa, vulnerable, ante la inminencia de la visita.



El viaje como conocimiento, el viaje como trabajo, el viaje como fundamento de una nueva amistad, siempre con la ironía en la boca, o en la palabra, o en el gesto y fundamentalmente en la mirada, la imagen copa y atrae la atención de cualquier espectador, sobre cualquier elemento por intrascendente que sea, una cabra, un ojo, una mano, un bastón, un prado, una piedra sobre una playa, todo es susceptible de un recuerdo y de una creación artística. La película, llena de espíritu joven, rebelde, entrañable, goza de varios momentos culminantes, la vieja esposa de minero que se ve sorprendida con la fotografía de su cara que ocupa casi toda la fachada de la casa que no quiere abandonar, la reconstrucción de la famosa escena de Band á part con Agnes en silla de ruedas y JR corriendo con ella por la galería central del Louvre, el emotivo desenlace de la visita a Godard, el homenaje a tamaño gigantesco con grúas portuarias y contenedores marítimos que los directores hacen a las esposas de los estibadores portuarios, no por esposas, sino por trabajadoras igualmente. Hay tanto cariño en las imágenes de esta película, hay tanto cine, tanta mirada desde el rostro de Corinne Marchand en Cléo de 5 a 7, que la película pasa como un suspiro y uno desea más, mucho más pese a lo tanto que recibe con este deambular impreciso y sin rumbo que termina haciendo del camino la única realidad posible para encontrar verdades.




Están “Las espigadoras y los espigadores”, está “Murs”, está “Las playas de Agnés”, está el gato de Marker y el gato de Agnés, el cine de la nouvelle vague y la realidad de la desindustrialización y el abandono del campo, el homenaje a Godard y su carácter de sucia rata, el recuerdo de Démy y su Jacquot de Nantes, la fragilidad de una anciana y su determinación inquebrantable por crear y guardar para la memoria momentos esenciales del cine y de la vida. Enormes creaciones condenadas a desaparecer por el efecto de las condiciones climáticas, efímeros papeles pegados en paredes a los que la lluvia, el sol, el viento, irán haciendo perder los perfiles de un fugaz momento de reconocimiento y grandeza, cuando no condenados a desaparecer al instante fruto de la marea (impresionante la foto de Guy Bourdin recreada sobre una serie realizada por la propia Varda en los años 50). Cualquier fotograma de esta película, por sí solo, contiene más cine que una película entera de nuestra paupérrima cartelera comercial.



VISAGES, VILLAGES. Francia. 2017. Directores: Agnés Varda y JR. Maxime POZZI GARCIA – Montaje. Matthieu CHEDID – Música. Romain LE BONNIEC - Director de fotografía. Claire DUGUET - Directora de fotografía. Nicolas GUICHETEAU - Director de fotografía. Valentin VIGNET - Director de fotografía. Alan SAVARY – Sonido. David CHAULIER – Sonido. Pierre-Henri THIEBAUT – Sonido. TAMARIS- Productora. 89 minutos.



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