miércoles, 8 de noviembre de 2017

TORMENTERO (Rubén Imaz, 2017)



TORMENTERO (Rubén Imaz, 2017)

 Nadie puede sostener que el único cine válido sea el de “planteamiento, nudo, desenlace”, no sólo es válido el cine cuya historia es entendible de principio a fín, incluso no es demérito que sea imposible desentrañar el total significado de una obra, es más, si la obra de arte admite diversas interpretaciones probablemente de lugar a una mayor reflexión sobre lo que se nos quiere mostrar que cuando la historia resulta lineal y verosímil. El cine de Imaz, con o sin Yulene Olaizola, como el de ésta con o sin aquél, pertenece a esa categoría que exige al espectador concentración e interés en sacar resultados de sus imágenes, siempre estéticamente cuidadas y pensadas, un cine poco complaciente en el resultado inmediato, pero que abre al interlocutor con la obra un sinfín de posibilidades a la hora de encontrar sentido a lo visto. Imaz, Pereda, Lipkes, Olaizola, Chavarría, Escoto, González Rubio, Huezo, son parte del ejemplo de una nueva generación de realizadores mexicanos a los que el límite de una narración convencional les da lo mismo. Gracias a ello, y a ell@s, podemos disfrutar nuevas maneras de hacer cine, o si no nuevas, porque siempre ha habido resistentes y experimentadores, si diferentes.

La pared que supura es la marca de la enfermedad, esa mancha oleosa que aparece y desaparece en las habitaciones de Don Rome es el nexo entre el mundo natural y el mundo industrial a través de una persona que, habiendo encontrado una fuente de riqueza casi inagotable al descubrir accidentalmente el mayor yacimiento petrolífero de México, sufrió las consecuencias del destrozo del medio ambiente marino, la desaparición de la pesca en su región, el desprecio de sus vecinos, el acoso y también el boicot social. Nadie salió enriquecido del hallazgo, salvo los de siempre, mientras que los habitantes de Campeche y Cantarell ven reducidas sus posibilidades de subsistencia, trasladando sus quejas de modo simbólico al pescador que trajo su ruina. Este es el sustrato de la historia, pero no es lo único que las imágenes muestran, la excusa argumental de la historia no es el epicentro de la misma, ni lo que sucede tras el preámbulo conforma una narración aprehensible, porque a partir de esos enigmáticos 13 días de navegación y la aparición  de una mancha oscura flotando en el mar sobre las 2 de la tarde, el poder visual y la alucinación del personaje principal crean una historia compleja y fantasmal, como las calles del pueblo por las que transita un envejecido y apestado Don Rome, o como los pasillos y dependencias de una casa en la que habitan más fantasmas del recuerdo que personas de carne y hueso.


Roto el nexo narrativo con esa breve introducción del descubrimiento, todo es posible a partir de las imágenes, tanto da si estamos ante las visiones alucinadas de un hombre alcoholizado y abandonado, como ante la realidad de un resto de núcleo familiar en el que el viejo convive con dos hijos que puede que sólo sea uno, o ninguno, dudando ante el funcionario del censo si en la casa viven tres o cuatro personas. Lo mismo es cierto que va a visitar a un anciano moribundo para acostarse con su mujer como está asistiendo a su propia muerte anticipada que no deja de ser la muerte de todo lo que le rodea desde que tuvo el fatal encontronazo con esa mancha de aceite que, desde entonces, le persigue hasta en sus sueños alucinógenos. Hay algo telúrico, primigenio en muchas de las apariciones, la mujer desnuda que sale del agua, la pareja que se ama entre la vegetación y en la arena, los seres semisumergidos cuyos rostros nos miran e interrogan, a Rome y a nosotros, un Rome que desea que llegue la tormenta, anuncio que no termina de concretarse, un agua y un aparato eléctrico que arrase con la inmundicia que le rodea y le arrastre hasta el lugar de su sueño, esa choza sobre el mar que se introduce a través de una pasarela de madera para abrirse al infinito del mar, de un azul límpido y transparente, el mismo mar, la misma luz que, sin embargo, ha traído oscuridad, humedad, abandono a su propia casa.
 


Hay un espíritu de abandono y derrota en lo que rodea a Don Rome, un agua que supura suciedad e inmundicia aunque se desea la renovación del agua del cielo que limpie y regenere, que mantenga activos los ciclos naturales que la mano del hombre ha devastado en la costa por su ambición. Luces que parpadean, escasa potencia inestable que no sirve ni para mantener un sueño que repare, radios de otras épocas cuya sintonía se pierde en medio de un aparato eléctrico que amenaza pero no llega, Don Rome puede ser Ariel envejecido, o Chacho alcoholizado, los sumergidos los indígenas que cuidaron de la zona del Yucatán hasta que llegó el llamado progreso y el desequilibrio se instaló en nuestras vidas. Nada queda claro en la película de Imaz, que termina tan enigmática como empieza, pero gracias a ello podemos pensar en muchas más cosas que si, simplemente, nos relatara la caída en desgracia de una persona que existió en la realidad, que pasó de pescador a apestado social, de héroe por un día a blanco de todos los males de una región cuya riqueza aparece tan mal repartida que hasta resulta inconcebible que la tormenta que se espera no sea la que caiga del cielo, sino la de la gente hacia el poderoso.

TORMENTERO. México. 2017. Director: Rubén Imaz.  Guionista(s): Rubén Imaz, Fernando del Razo. Montaje: Israel Cárdenas. Sonido: Jose Miguel Enríquez. Fotografía: Gerardo Barroso Alcalá. Reparto: José Carlos Ruíz, Gabino Rodríguez, Mónica Jiménez y Waldo Facco. Productores: Julio Bárcenas Sanchez – Rubén Imaz – Oscar Ruiz Navia – Gerylee Polanco Uribe –  Laura Amelia Guzmán – Israél Cárdenas. Productores asociados: Yulene Olaizola – Matías Meyer. En coproducción con: Axolote Cine (México) & Aurora Dominicana (República Dominicana).Duración:80`


No hay comentarios:

Publicar un comentario