miércoles, 1 de noviembre de 2017

POROROCA (Constantin Popescu, 2017)

POROROCA (Constantin Popescu, 2017)

La vida idílica se rueda en planos abiertos, con la cámara fija, girando suavemente el objetivo mientras observamos el día a día convencional y tranquilo de Tudor y Cristina y sus hijos Ilie y María. Esa apacible forma de rodar acompaña a la estabilidad de una pareja bien avenida cuyas corrientes subterráneas aparecen en forma de llamadas de teléfono. No todo es tan idílico como el exterior muestra, pero nada es tan perturbador ni amenazante como para que el escenario se trastoque de tal manera que permita suponer que todo cambie de la luz a la tiniebla, de la estabilidad a la fractura, de la seguridad a la desesperación. La desaparición de la hija de cinco años a plena luz del día, en un parque público, mientras está jugando con amigas en presencia de Tudor y de las madres del resto de niñas produce el giro y la fractura de esa aparente familia modelo. La cámara abandona su neutralidad en el momento en que la niña, que ha estado entrando y saliendo del campo visual mientras la imagen se queda fija en Tudor, deja de aparecer, cuando el movimiento de Tudor se vuelve inesperado y desesperado, cuando el miedo y la ansiedad aparecen de repente en el entorno de esa vida tranquila, la cámara abandona también su estabilidad y decide seguir permanentemente a Tudor, si su cuerpo queda rígido y estático, la cámara se quedará anclada al suelo, si corre o se mueve sin rumbo definido por el parque, la cámara lo va a seguir hasta donde llegue, y donde llegue va a ser a lo más profundo y telúrico de la naturaleza humana como anuncia esa carrera cuesta abajo hacia el lago situado en la parte inferior del parque. A partir de esa salida destinada a seguir mostrándonos la relación de complicidad y amor entre padre e hijos, el relato desmonta toda la aparente seguridad de una vida cómoda en una escalada de angustias sin respuestas.

Popescu para el tiempo a sus personajes, la espera se eterniza y la falta de respuestas desespera. La cercanía y afecto en el matrimonio de las primeras escenas se transforma en silencio, separación, incomodidad, a partir del secuestro de la hija. Si ambos se abrazaban, reían, se miraban, la imagen se transforma en un amplio muro que separa a la pareja por la mitad aunque ambos se sienten en el mismo sofá, con la mujer mirando siempre al lado opuesto al que se encuentra el hombre, sin nada que decirse, sin nada que parezca unirles más que la necesidad de encontrar a María. Mientras Cristina queda paralizada por la situación, pero también es consciente de la existencia de otro hijo al que hay intentar reconducir a una especie de normalidad para la que la distancia puede ser buen sustitutivo de la progresiva atmósfera destructiva que se respira en el hogar, Tudor intenta suplantar la labor de una policía que él considera ineficaz y sin intención de presionar al que él considera sospechoso. La alienación del personaje, su avance en el deterioro mental, su desaseo, su obsesión enfermiza por controlar a un individuo en concreto a partir de una búsqueda en fotografías del día de la desaparición sacadas por una de las madres, que emparenta «Pororoca» con «Blow up», reseña de Blow Up anuncia una conclusión ni agradable ni positiva, al tiempo que peligrosa. Para Tudor los días se convierten en una obsesión sin salida, su casa, una vez que se queda solo y abandona desde el primer momento su trabajo, va pareciendo una guarida de animal salvaje, sus movimientos son más los de un animal acechando a su presa que va perdiendo progresivamente su condición de humano.

Repetir patrones en la idea de que el raptor también repetirá sus actos o desvelará su personalidad, repetir hasta la paranoia obsesiva que transforma al padre de familia amantísimo y equilibrado en un ser distinto e imprevisible, tan enfermo o más que el raptor. Nada puede suplir la ausencia de la niña, nada consigue transmitir afecto al personaje, las llamadas con su mujer se transforman en desilusionantes constataciones de que nada podrá volver a ser como antes si María no es encontrada con vida, como si todo lo que había se hubiera esfumado dejando al descubierto la ausencia de sentimientos compartidos. En el momento justo de decidir si el personaje retoma el control o lo pierde definitivamente, Popescu opta por seguir la senda definida de la nueva ola rumana, de «Aurora, un asesino muy común» de Puiu, de «Politits, adjectiv» de Poromboiu, de «Los exámenes» de Mungiu, porque cuando el hombre normal se sale de la senda del contrato social sus reacciones pierden racionalidad y resulta imposible parar en la escalada de autodestrucción. Tudor se esconde de la luz del sol, se aisla, tapa los cristales de sus ventanas, una simple bicicleta que era símbolo de juego y diversión, ahora, en medio de una terraza donde se hacían reuniones de amigos, se convierte en el equivalente a muerte, desesperación, dolor y deseo de venganza. Popescu no oculta sus intenciones cuando el personaje del padre se afeita al cero la cabeza y la barba después de meses de obsesiva búsqueda, Tudor se convierte en el Travis de «Taxi driver» y se nos advierte de que, al final, no hay ley ni castigo que pueda convencer a un padre que ha perdido todo interés en su vida y para el que el resto de personas que pueden encontrarse a su alrededor se han volatilizado. Un espeluznante plano secuencia pone fín a la deshumanización absoluta de un hombre que, durante el primer cuarto de hora de película era todo lo contrario, en el intervalo, un acontecimiento y la ausencia de entramado social que le sostenga y le contenga, crean una auténtica bomba de relojería.



POROROCA. Rumanía, Francia. 2017. Director: Constantin Popescu. Guión: Constantin Popescu. Fotografía: Liviu Marghidan. Intérpretes: Bogdan Dumitrache,  Iulia Lumânare,  Constantin Dogioiu,  Stefan Raus, Adela Marghidan. Productoras: Coproducción Rumanía-Francia; Scharf Advertising / Irreverence Films. 152 minutos.

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