miércoles, 29 de noviembre de 2017

NEGAH (Farnoosh Samadi, 2017)



 
NEGAH (Farnoosh Samadi, 2017)
 

Larga noche camino a casa. Supongamos que estamos en Teherán, acaba el trabajo y la oscuridad domina la ciudad. Del trabajo a casa, de casa al trabajo, un día de soledad laboral al que sigue la soledad del trayecto de retorno para llegar a un domicilio donde te espera más trabajo con una hija menor y sin apoyo masculino. Un día de trabajo que se compone de 24 horas menos las que dedicas a descansar, donde necesitas solidaridad femenina para que alguien se ocupe de la menor durante las horas en las que hay que trabajar para sobrevivir. Si los pasillos y vestuario del centro de trabajo son de por sí opresivos como si se tratara de un espacio que se cierra sobre las mujeres que trabajan en él, bien un hospital, una residencia, salir a la calle no proporciona ninguna liberación, el aire que falta entre cuatro paredes no lo sustituye un espacio abierto en el que la noche impide una libertad de deambulación sospechosa para una mujer solitaria en Irán.


El espacio público tampoco es lugar de encuentro, dentro de un autobús hay separación entre hombres y mujeres, pero la mirada no se puede detener en murallas sociales inmateriales, el ojo ve aunque no quiera, y el personaje femenino asiste a la comisión de un pequeño delito sin que el autor vacile por el hecho de ser observado. Siendo mujer la testigo, y no reaccionando ésta de manera inmediata, el ladrón siente su superioridad violenta y social por el hecho de ser hombre y considerarse impune. Cuando la mujer hace imponer su conciencia cívica sobre el miedo razonable abre la puerta al verdadero temor e inseguridad. Las preocupaciones de la vida diaria, de su ir y venir pendiente de una hija cuidada por las vecinas, ceden ante una nueva sensación, la de que el sorprendido ladrón, expulsado del autobús sin avisar a la policía, no va a dejar las cosas así y va a querer vengarse de la delatora iniciándose un acoso a distancia haciendo saber a la mujer que está pendiente de ese trayecto en autobús.

Samadi, como ya hiciera con “Silence”, en colaboración de escritura con Ali Asgari, prescinde de un diálogo que no es necesario, se sitúa en el campo de la mirada como reflejo perfecto del pensamiento no verbalizado. El silencio no es incomunicación en el cine de Samadi, como no era el duelo hospitalario de “Silencio”, la imposibilidad de hablar de la mujer de “Negah” es la metáfora del desequilibrio hombre-mujer en una sociedad donde el único espacio de libertad real para ésta sólo puede existir en la intimidad del domicilio. La noche es amenazante por sí misma, pero es más amenazante cuando una mujer siente el acoso de la persecución y cuando está imposibilitada de pedir ayuda. Si consigues cerrar la puerta tras de ti es imposible no sentir el alivio de recuperar la tranquilidad, aunque siempre va a quedar ese amago de ahogo interior que te haga preguntar por qué es diferente la vida para un hombre o para una mujer solamente por el lugar del planeta en que tocó nacer. La directora crea un perfecto estado de desasosiego creciente sin que ladrón y acusadora vuelvan a mirarse directamente tras bajar la mujer del autobús, la mujer pasa a sentirse como una pieza de caza que emprende una huida hacia el único refugio que conoce. En la oscuridad de la noche una mujer quiere gritar pero el silencio de su libertad disminuida ahoga su voz.
 
NEGAH (Gaze, La mirada). Irán. 2017. Director: Farnoosh Samadi. Guión: Ali Asgari, Farnoosh Samadi. Productora: Three Gardens Film, Taat Films. Producción: Pouria Heidary Oureh. Intérpretes: Marzieh Vafamehr, Amirreza Ranjbaran, Pedram Ansari, Safoura Kazempour, Gholamreza Rahimi, Mehrdad Mohammadi, Kiana Asadi, Mehran Elhamifar. Fotografía: Ashkan Ashkani. Montaje: Yalda Jebeli.  Música: Navid Fashâmi. Duración: 14'

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