viernes, 24 de noviembre de 2017

MILLA (Valérie Massadian, 2017)




MILLA (Valérie Massadian, 2017)


“Así que no es que no haya diálogo en Milla. Hay lo que se necesita, lo que para mí es esencial para la película” Valérie Massadian sobre su película en El espectador imaginario.


En un hogar que empieza a construirse desde cero, usurpando una casa abandonada en un lugar ignorado de la geografía francesa, esta pareja de jóvenes, Milla y Léo, recogen lo que los demás desprecian para asentar una especie de refugio confortable desde la absoluta nada hasta la más envidiable de las intimidades. Entre lo reutilizado aparece una abundante biblioteca que hay que seleccionar, a un lado los libros que se quedarán con ellos, y al fondo, tras lanzarlos con desprecio, aquellos que están condenados. Cuando Léo lee “La republique”, reacciona con mayor intensidad en su desprecio y arroja el libro sin miramiento alguno. Podemos entender que lo que ha encontrado es el libro de Platón, pero lo que Léo lanza es el ideal republicano de la “grandeur” que le obliga a malvivir, a buscar entre lo que los demás han clasificado como basura, a refugiarse en una casa en un lugar privilegiado pero de la que puede ser expulsado en cualquier momento, la lanzada con desprecio es Francia y no el pensamiento clásico. No estamos ante una película de denuncia social, pero sí estamos ante un gesto identificable de rechazo a una realidad que tiene a la juventud europea condenada a vivir en el umbral de la miseria.



Pese a la diferencia de metraje entre esta “Milla” y su precedente “Nana”, Massadian mantiene un estilo definido y de pureza formal que hace que ambas películas dialoguen de manera muy cercana y hagan del espectador un cómplice más de los días de crecimiento de, ahora, una mujer en la frontera entre la adolescencia y la madurez, y a la que el paso del tiempo va a situarle ante situaciones precipitadas que debería haber ido conociendo mucho más tarde. “Milla” habla del riesgo, de la aventura, de la alegría de vivir, de la ausencia, del miedo, del dolor, del esfuerzo, del crecimiento, de la maternidad, y todo ello sin subrayados, sin profusas explicaciones verbalizadas, con un genuino uso de la elipsis como genuino y suficiente es el uso de una sola imagen para contarnos todo lo que ha podido pasar entre una escena y la siguiente. Igual que la vida, los personajes pueden pasar de la alegría y la risa inexplicable a la más profunda de las introspecciones y melancolías. “Milla” puede concluir justo en el momento previo al comienzo de “Nana”, nada impediría que la joven protagonista, desesperada, buscara refugio en otro apartado lugar en el que su pequeño hijo, más pequeño que la Nana del título, se viera enfrentado a crecer y aprender en soledad los misterios de la vida y la muerte.



La película, de notable factura estética a partir de esa sencillez de espacios humildes que van creciendo poco a poco fruto de la propia evolución de los personajes, cuenta con dos partes bien definidas engarzadas mediante la metáfora de la muerte como imprescindible conclusión para que continúe la vida, utilizando el interludio musical para separar una parte de otra con una canción llena de rabia que suple el silencio de la protagonista, cuyo interior es puro destrozo y abismo ante la nueva realidad. La canción del grupo “Ghost Dance” es el grito desesperado ante un nuevo comienzo cuando el anterior apenas empezaba a consolidarse y a mostrar, también, sus primeros síntomas de agotamiento y frustración. Es un “impasse”, una especie de congelación del personaje cuya mente divaga hacia el pasado mientras su cuerpo permanece en los pasillos del impersonal hotel cuya composición estética no oculta la realidad de un vacío existencial en el interior de sus habitaciones similar al que siente la propia Milla. Por eso la imagen parece que surge del interior de la propia joven mientras empuja el carro como empleada del hotel, quedando inmóvil mirando hacia un vacío que se encuentra a su izquierda hacia el que la cámara se desplaza apareciendo el grupo para cantar lo que es la canción de Milla y Léo, es ese momento en el que el recuerdo de una ruptura, sea cual sea el motivo, es imposible de deslindar de la vida real y provoca el cortocircuito hasta que el pensamiento retorna, sin olvidar la tristeza, al tiempo y lugar del presente con otro movimiento, ahora de izquierda a derecha, para recomponer cuerpo y mente. A partir de ahí comienza un nuevo principio para Milla saliendo del mundo de unas sombras autoimpuestas en las que la luz apenas penetra en los espacios de su intimidad solitaria para iluminar su rostro ,hasta recuperar la sonrisa y las ganas de juego con su compañera de trabajo (la propia Massadian asume este papel de cómplice ayudando, involuntariamente, a la reconstrucción de la adolescente hecha mujer de repente).



Con esa reconstrucción paulatina y esa asunción de la nueva realidad, llega el momento de la maternidad en solitario, y aquí es donde el personaje dubitativo, que no pierde definitivamente ese poso de tristeza en el rostro cuando nos interroga mirando de frente a cámara, definitivamente alcanza su condición de adulto anticipado asumiendo desde el principio el rol de madre en exclusiva. El diálogo con “Nana” se vuelve mucho más intenso, ahora, pues como en aquélla, aunque de manera más perdurable y protector, madre e hijo ocupan continuamente el plano en su día a día. Si el elemento musical de ese paréntesis puede descolocar al espectador por su aparente falta de conexión con la literalidad de lo creíble, las apariciones breves, pacíficas, amorosas y protectoras del “espíritu-fantasma” colocan a la película en momentos muy puntuales en el ámbito del “fantastique”, aunque puede ser más el deseo de esa joven en volverse a sentir abrazada que la realidad de una presencia incorpórea a su lado, o la necesidad de una figura paterna para un hijo educado en exclusiva lo que la obligue a imaginar que el padre regresa para jugar con el pequeño, pero si no queremos ser racionales la inclusión de lo inexplicable aporta ese necesario punto de fuga onírico en una vida destinada al sacrificio personal y sin posibilidad de distracción salvo la que proporciona el niño con su espontaneidad. Porque Massadian, en su minucioso acompañamiento a la joven, no elude lo experimental, ni lo inexplicable, como esos planos fijos de ambos mirando de frente, en una película que, fundamentalmente se imagina en lateral, recitando poemas por separado o al unísono. El recuerdo jugando como un inevitable eslabón de una cadena que no se puede romper, el mechón de pelo, las cortinas rojas que dan a la estancia un tono íntimo pero también de amenaza y tensión, el mar que es el reencuentro con un espacio que tanto ha quitado pero con el que se ha de convivir, hace de “Milla” un sugerente encuentro con una mujer a medio formar con la que crecemos en su aprendizaje y en su lucha diaria a base de tiempo reposado, largas contemplaciones y espacios vedados a terceros en un momento de doble reconstrucción superpuesta. Massadian mantiene íntegro el interés por su obra con su segunda película, que empieza en medio de un enfoque empañado, como si la pareja estuviera en un congelador que ha impedido su movimiento mientras duermen, a la espera de la orden de seguir el camino, y concluye con un significativo fundido a negro que funciona como punto y seguido, porque la vida de Milla no ha hecho sino comenzar.


MILLA. Francia, Portugal. 2017. Duración: 128 min. Directora: Valérie Massadian. Producción: Sophie Erbs S. Guión: Valérie Massadian. Fotografía: Mel Massadian, Robin Fresson. Montaje : Valérie Massadian . Música: Ghost Dance. Sonido: Aline Huber. Reparto: Severine Jonckeere , Luc Chessel , Ethan Jonckeere. Productora: Gaijin, Cinema Defacto, Terratreme Filmes.

TRAILER 

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