lunes, 16 de octubre de 2017

LOS VERSOS DEL OLVIDO (Alireza Khatami, 2017)

LOS VERSOS DEL OLVIDO (Alireza Khatami, 2017)


1001 historias, cuenta y cuenta, 1001 historias de gente que muere y cuyo rastro resulta imposible de seguir al quedar aislados de su pasado. Ajenos, olvidados, meros cuerpos sin dueño y sin duelo. Un enterrador y un encargado de depósito se encargan de recordar las historias de esos cuerpos que no tienen quien los vele, quien los siga en su último viaje, quien apacigüe su recuerdo con lo mejor que hicieron. En el mundo del cementerio apenas hay lugar para alegrías en un lugar indeterminado que puede ser cualquiera de este mundo en el que a la muerte se le une la desaparición, el olvido forzado. Inventar historias, recrear identidades, otorgar un relato a quien se le ha negado para reparar una injusticia. Khatami utiliza el onirismo visual para repasar un pasado muy reciente en Sudamérica, pero que sigue presente y persistente en muchos lugares del mundo. Mezclando acentos del castellano, entre el neutro de los actores españoles y la musicalidad del tono chileno, el director consigue universalizar su propuesta crítica no exenta de lirismo en medio de tanta barbarie.



 No hay nombres que permitan identificar a los personajes, el viejo encargado de la morgue en la que los militares olvidan un cadáver que había que desaparecer (Juan Margallo), el sepulturero poeta (Tomás del Estal), el chófer de la funeraria (Manuel Morón), el chófer que rescata de la muerte al viejo (Luis Gnecco), la madre que perdió a su marido en la represión y no encuentra su cadáver, que se presta a dar una identidad a la joven ajusticiada desconocida (Itziar Aizpuru) , la funcionaria que pretende hacer negocio inmobiliario con la sepultura propiedad del viejo en el mejor sector del cementerio central (Amparo Noguera) representan a todas las personas cuyo presente se ve zaherido por fuerzas represoras que se exceden en el ejercicio de la fuerza para mantener un orden ilegítimo. Katami utiliza el extrañamiento, usar escenarios de un tiempo que no parece corresponderse con el real, burocracias sacadas del siglo XIX; viejas oficinas y escritorios en los que Bartleby se sentiría mucho más cómodo que en su relato, laberínticos archivos donde jugar al mito del Minotauro haciendo perderse y morir a aquellos que no se satisfacen con matar sino que quieren borrar toda huella de su paso por lugares que no deberían haber franqueado. En medio de tanto horror, Khatami aprovecha recursos del realismo mágico para sorprendernos con imágenes tan poderosas como una ballena voladora o que llueva dentro de los muros de una construcción. Cuando se pierde el norte de la racionalidad y la empatía humana cualquier cosa es posible.


Hay un lirismo que da amparo a la resistencia poética de este viejo celador que no es sino ejemplo de un luchador contra el olvido, y en cuya resistencia puede provocar su propia perdición. Hay un cadáver sin nombre y sin esperanza de ser sepultado tomado como referente de todas aquellas situaciones en las que, sin un acto de rebeldía, el recuerdo no es posible. Enterrar al anónimo o desenterrar al que no se quiso dar nombre entran así a formar parte de una justicia poética alejada de la norma escrita y de la inflexibilidad del poder. Contadas todas las historias de los muertos comienza el momento de contar las historias de todos los vivos, de dar un giro a una existencia que transita entre el miedo y el rechazo al semejante para permitirse un momento de relajo, de sonrisas, de anécdotas divertidas donde los 1001 muertos den paso a las 1001 historias de novios, pero no por ello las ballenas van a dejar de morir, los recuerdos de intentar ser borrados ni las madres van a dejar de sufrir por su hijos no encontrados, el viejo hombre es el hombre que todo lo recuerda, salvo los nombres de quienes pasaron por sus manos, una forma de protegerse y de permitirse restaurar el orden pervertido por el poder, una manera de dar pasado a quien se le niega.




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