sábado, 7 de octubre de 2017

LA NOCHE POLAR (Florencia Romano, 2016)

LA NOCHE POLAR (Florencia Romano, 2016)

Cuanto más miramos, más escudriñamos, más investigamos, más perdidos nos encontramos. A falta de respuestas, su búsqueda en aquellos de los que podemos aprender pueden sumirnos en una desesperación nihilista aún más decepcionante. Como a Julián, el protagonista de esta fábula astronómica en la que, un eclipse completo sume al planeta en una noche sin fín a la espera del paso del meteorito que se interpone entre el sol y la tierra, con la duda siempre permanente de si todo será pasajero, como se ha anunciado, o no es sino el preludio de una desaparición lenta y agónica de la vida, o, incluso, el avance de un cataclismo que termine con todo en el breve espacio de un impacto. En el itinerario de Julián (Martin Shanly, el director de la igualmente recomendable Juana a los 12) su recorrido va acortándose al tiempo que su disgregación interior le hace volverse huidizo, casi evanescente, abandonar sus cortos y limitados contactos sociales obsesionado, a la par, por la falta de luz natural y el significado de ese hecho sin precedentes, desorientado por cómo la mayoría de sus conocidos pueden asumir como un juego lo que no deja de ser una debacle.
Julián asiste a cómo su entorno intenta mantener la normalidad ante un suceso inaudito, apenas si se trata de un paréntesis a lo largo de una vida que no tiene porqué trastocar los esquemas y prejuicios determinados de antemano, de ahí que la confianza predomine sobre la suspicacia. Pero para Julián el paso de los días, la ausencia de respuestas, el encuentro de raras anotaciones, diagramas y cálculos en libros de astronomía que accidentalmente caen en sus manos debido a su trabajo como bibliotecario, van mermando una resistencia apenas incipiente que le conduce hacia el abandono. Como si de un tarot revelador se tratara, las cartas marcan el destino de esta nueva reencarnación de la vardiana Cléo, colocándole cabeza abajo ante lo novedoso. Espiando a sus vecinos cambia los planetas por los microcosmos personales que mantienen su actividad diaria mientras él, como las plantas que carecen de luz solar, va perdiendo fuerza y brillo. Empeñado en restaurar lo que quede de su mano como un mínimo de lucha vital por mantener lo anterior, la definitiva pérdida de las plantas, incapaces de ser engañadas con el cambio del sol por una lámpara, convence a Julián de lo definitivo de la situación.
Huir y abandonar es una opción, mantenerse expectante y anhelante hacia el anuncio de la recuperación de los rayos solares en el horizonte es otra. La vida de Julián parece convertirse en la vida de un espectro que desaparece, como el sol, de la órbita de influencia de sus amistades, hermana, madre. Julián entra en eclipse a la espera de una respuesta, pero ¿y si esa respuesta no llega nunca?, ¿si tarda tanto en llegar que por el camino nos desintegramos en infinitésimas partes de lo que éramos?. No es lo mismo observar el despertar de una vecina en plena noche perpetua, acudir a una playa donde a la noche no seguirá el día, ver bailar a parejas de sexagenarios que, celebrando un cumpleaños, parecen celebrar una despedida inminente con metafórico intercambio de parejas, nada puede significar lo mismo cuando el significante ha mutado de esa manera. La noche polar traspasa nuestras capas de resistencia y nos hiela el interior, nos deja vacíos e impotentes ante la llegada de algo para lo que no estamos preparados, y Julián se esfuma hasta el momento definitivo donde Romano pone un punto y seguido porque no es tan importante obtener respuestas como dejarnos llevar por las sensaciones, asumir como propias las angustias que se van cerniendo sobre el joven que opta por eludir el contacto, sumido en un bloqueo existencial en el que nada es esencial  mientras el suceso astronómico no se despeje.
Buenos Aires y sus alrededores se convierten en un escenario fantasmagórico, resultado del excelente trabajo fotográfico y de sonido que va impregnando la película de irrealidad, como si a la vuelta de cada esquina, tras cada estantería de esa biblioteca, fuera a aparecer la explicación irracional a algo que se nos escapa, como si en ese piso abandonado a la carrera pudiera aparecer un cadáver en un armario; en el fondo pareceria que estamos asistiendo al preámbulo de una historia de ciencia ficción misteriosa a punto de derivar en un círculo de muerte y destrucción ideada por alguna mente perversa o alguna inteligencia extraterrestre. Nada más lejos de la realidad y nada más cercano al intrincado mundo de las reacciones humanas ante lo inasible y lo inexplicable. La noche polar es un fenómeno conocido, pero cuando ese fenómeno astronómico se sitúa en una latitud del planeta donde nunca se ha dado, la confusión, el desasosiego, la pérdida del autocontrol es comprensible. Como esos animales que prevén una catástrofe natural y optan por una huida desesperada sin un rumbo definido, impelidos a correr por un instinto absolutamente irracional, Julián se ve desbordado y su metafórica huida culmina en un rodeo de círculos concéntricos cuyo escape se sitúa en una mirada perdida en el horizonte a la espera de un fulgor tenue que anuncie el restablecimiento de una normalidad que oculte las insatisfacciones vitales que quedan a la vista cuando todo parece derrumbarse de manera inapelable.

LA NOCHE POLAR. Argentina. 2016. Dirección: Florencia Romano. Guión: Florencia Romano. Fotografía: Fidel González Armatta. Sonido: Nahuel López.Direccion artística: Denise Margules. Nontaje: Juan Mora, Florencia Romano. Productora: Belén Bianco, Universidad del Cine Buenos Aires. Intérpretes: Martín Shanly, Inés Urdinez, Sol Busnelli, Gael Policano Rossi, Gonzalo Pastrana. 62 minutos.

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