jueves, 12 de octubre de 2017

LA CORDILLERA (Santiago Mitre, 2017)

LA CORDILLERA (Santiago Mitre, 2017)

Las democracias modernas se asientan sobre la falacia de que el voto ciudadano decide el futuro de los países, que el poder reside en el pueblo, y que los gobernantes están sometidos a las mismas reglas del juego que el común de los mortales. El tandem Mitre-Llinás (por fín alguien se acuerda de Mariano Llinás en este país y el próximo festival de Orense se acercará a su figura cinematográfica exhibiendo la primera parte de su última película «La flor») tienen muy claro que la democracia es una cosa y lo que vivimos otra muy diferente, que el discurso del político suele estar tan vacío como su interés en igualar las condiciones de vida de todos los que, al final, terminan siendo súbditos más que ciudadanos. Tras colaborar en la escritura de «Paulina-La Patota», película aquélla mucho más sutil y metafórica, ahora se introducen en el mundo de las altas esferas del poder político para, desde dentro, mostrar al espectador la verdadera cara oculta del gobernante que se publicita como el «hombre común», que surgiendo de la nada alcanza la presidencia, en este caso de un país como la Argentina. Mitre, guionista de sus propias películas, pero también de otros recientes ejemplos de cine político-social argentino como «Carancho» y «Leonera» domina perfectamente el modo en que quiere conducir al espectador para que éste se de cuenta del inmenso estercolero sobre el que se sustenta todo régimen político, basura en la que nadie quiere escarbar y en la que nadie puede escarbar sin consecuencias, basura que va asentándose sobre la codicia de riqueza corrupta que gangrena todo aquello con lo que se comunica.


La cordillera es el accidente geográfico que separa Argentina y Chile, pero también es el lugar de las alturas, el dominio de quien más alto puede volar, el espacio por encima del cuál nadie más puede hacerte sombra. Todo es relativo claro está, porque hay otras cordilleras inaccesibles e invisibles que pueden terminar aplastándote procedentes de otros sistemas montañosos. El rey de Sudamérica sabe que un estornudo desde la cordillera de las Rocosas puede desestabilizar cualquier proyecto que no guste en el Norte, los cálculos de rédito personal pueden exigir vender a tu país, comprometer tu imagen de hombre común y transformar al presidente Blanco en un ser oscuro y lleno de interrogantes, hay que ser flexible como el junco para seguir pareciendo el hombre del pueblo. El problema de «La cordillera» surge cuando el thriller político tiene que ensamblarse con la historia personal que se dirige a descubrirnos la realidad de ese presidente anónimo. Hay, al menos, dos películas en el seno de «La cordillera», y su ensamblaje funciona a medias. Tras una adecuada presentación y evolución del personaje presidencial, que nos va acercando a ese cine político de la década de los 70 norteamericano, el desarrollo de la cumbre de presidentes en ese refugio de esquí andino cae en la monotonía, en el lugar común, el estereotipo del presidente pusilánime, del presidente comprado, del presidente arrogante........llenando de minutos innecesarios y anticlimáticos (qué decir de la presencia de la actriz española Elena Anaya, sobreactuada e irreconocible, como periodista española incisiva, concesión supuestamente inevitable en el marco de una coproducción) un doble relato que funcionaría perfectamente con menor exposición visual de ese espacio de reuniones un tanto absurdo.

En ese doble relato entra, con una fuerza absorbente y magnífica, el elemento hitchconiano por antonomasia, el drama psiquiátrico donde los referentes de «Vértigo», de «Marnie», de «Recuerda», reconfortan al espectador porque, actualizados, no pierden vigencia y dotan de sentido a la estructura interna de una película que termina por no interesar en cuanto al macguffin político, pero funciona perfectamente para desentrañar, sin mostrar, sin contar, solamente insinuando y mediante la gestualidad y la mirada, con la incorporación de un personaje catalizador como es el de la hija del presidente interpretado por Dolores Fonzi, la verdadera personalidad del Dr. Blanco, magníficamente representado por el actor Ricardo Darín, muy por encima siempre de las películas que rueda. Entre los personajes de padre e hija la película se transforma en un relato de hondura familiar de raíces shakespearanas abrumador, demoledor y autosuficiente, que ve cortada su intensidad por la necesidad autoimpuesta de mantener al espectador  intrigado con el resultado de esa cumbre política que se lleva por delante gran cantidad de la energía de la película. El eje entre Hernán Blanco, el padre, Marina Blanco, la hija, y el psiquiatra García (interpretado por el siempre eficaz, cuando no inquietante, Alfredo Castro) constituyen el mejor ejemplo de lo que la película es capaz de ofrecer sin mostrar, de ahí que la contraposición con la historia paralela llena de subrayados, explicaciones y literalidades de complot político, pierde interés y provoca el desajuste interno del conjunto.


Hay mucho y buen cine en «La cordillera», pero también hay la sensación de que podría haber sido mucho mejor de haber conseguido pulir el relato convencional para que no lastrara el paralelo encaminado a descubrir el pasado y la verdadera naturaleza del presidente Blanco. En el camino queda, sin embargo, la sensación de desesperanza, de absoluta imposibildad de revertir una realidad que asola al planeta, la de que cuanto más años pasan peor es la calidad de nuestros sistemas de libertades, que en la época de la información (o manipulación) instantánea la creación de un político y su llegada al poder responde mucho más a la mercadotecnia que a su limpieza personal. Siempre fue así pero nunca tan obsceno que el poder tenga a «sus periodistas», nunca un atardecer en la cordillera reveló tan a las claras la absoluta oscuridad que empaña la figura de un político respetado sin saberse muy bien las razones del porqué. El poder es capaz de machacar todo lo que se le opone, incluída a su propia familia con tal de mantenerse a flote. No hay que fiarse del poderoso que parece inactivo, manejado por sus asesores, paralizado ante la toma de decisiones. Cuando ha llegado a la cumbre de la cordillera es porque debajo de sus alfombras esconde muchos cadáveres, virtuales o reales, y uno más no le va a hacer temblar el pulso cuando llegue el verdadero momento de ocultar su mirada tras unas gafas de sol o de sacar del interior de su estómago un «no me hagás esto» que suena como un disparo en la sien.



LA CORDILLERA. Argentina, Francia, España. 2017. Dirección: Santiago Mitre Guion: Mariano Llinás, Santiago Mitre. Duración: 114 minutos. Fotografía: Javier Juliá. Música: Alberto Iglesias. Productora: Kramer, Sigman Films. Edición: Nicolás Goldbart. Diseño de vestuario: Sonia Grande. Diseño de producción: Sebastián Orgambide. Intérpretes: Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Erica Rivas, Christian Slater, Elena Anaya, Paulina García, Daniel Giménez Cacho, Gerardo Romano, Alfredo Castro, Rafael Alfaro.

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