domingo, 3 de septiembre de 2017

VEDETE SONO UNO DI VOI (Ermanno Olmi, 2017)

VEDETE, SONO UNO DI VOI (Ermanno Olmi, 2017)


Ni la edad ni la enfermedad han retirado a Ermanno Olmi, su ritmo creativo nunca fue frenético, pero mantiene esa cita realizando tres o cuatro películas por década. Incluso es un director que ha conseguido mantener una regularidad en la cartelera española. Su estilo ascético, su ausencia de adorno escenográfico gratuito, su limpieza de material que despiste de la idea narrativa a exponer, puede acercar más su experiencia fílmica a un ejercicio espiritual que a un deleite sensorial. La palabra asume un valor suplementario acompañada de la figura humana, como si lo demás fuera accesorio. Un decorado despojado de abigarramiento consigue de, por ejemplo, «La leyenda del santo bebedor», tanta intensidad como la que desprende la pequeña novela de Roth, o en «Il mestiere dell,armi» se puede hablar de la guerra en el medievo italiano sin necesidad de recrear grandes batallas, acercando a los combatientes a una especie de guerreros místicos que dialogan con su dios pese a estar pendientes de matar y no morir. De Olmi agradezco su sinceridad y compromiso, su no ocultación de un propósito cristiano y católico en su obra, sin olvidar ese humanismo proyectado desde el neorrealismo italiano, su cine indaga en la naturaleza humana y sus conexiones religiosas con dudas o certezas indemostrables, se muestra abiertamente religioso y en esa sinceridad su cine resulta incuestionable, se acepte o no su discurso y sus conclusiones. 



Por eso el cine de Olmi puede ser discutido en lo intelectual, en su pretendida reivindicación de una iglesia que ha desaparecido, en esa cercanía al evangelio purificado despojado de oropeles, inciensos, riqueza y demostración de poder. Olmi asume su última obra, escrita en común con el periodista Marco Garzonio, como un panegírico acrítico de la figura del arzobispo de Milán Carlo María Martini. Osadía enorme la de plantear una obra artística en nuestra sociedad contemporánea para reivindicar la figura de un sacerdote, desde su infancia en el Piamonte natal hasta su fallecimiento en Milán, incluso podría decirse que más allá de su muerte, porque lo que Olmi pretende es hacernos creer en la importancia de su comportamiento y su mantenimiento presente una vez fallecido el personaje. Es acrítico por cuanto el director plantea su falso documental sobre el acertadísimo recurso de hacernos creer que el narrador es el propio Martini hablando de su vida, y en tanto que testimonio personal, la autocrítica no existe salvo para referirse al papel de la institución que representa y su lejanía del pueblo al que debe servir. El documental utiliza material propio y material ajeno, mucho material ajeno, reportajes de la Italia fascista, de la Italia bélica, de la posterior a la segunda guerra mundial, imágenes televisivas del religioso moviéndose por el mundo y predicando, poniendo en voz alta el contenido de reflexiones dificilmente no compartibles sobre la corrupción, el crimen, la connivencia política, las brigadas rojas, la plaga de la heroína, la pobreza de las clases populares. Y también usando imágenes propias pero ajenas en su realización al propósito de este documental, insertando en medio del relato cronológico escenas de sus propias películas que, salvo porque las hemos visto previamente, o la calidad y composición de la imagen nos previenen, podrían pasar por reflejo fiel y verdadero de la imagen de la Italia a la que se refieren.


Olmi reivindica la figura del religioso como hombre bueno, como hombre entregado y sufriente por el dolor de los demás, superado y angustiado por la realidad de una ciudad como Milán cuando asume su dirección espiritual en los años 80, la capital del capital que es una ciudad asolada por tres plagas, la soledad, la corrupción y la violencia, y en ese escenario aparece un cura recibido como una estrella del deporte, acompañado por decenas de miles de milaneses en su primera aparición pública, quizás deseosos de oir una palabra de ánimo o de esperanza en una ciudad donde el asesinato político golpeaba a cualquier sector de la población. Olmi hace especial hincapié en este periodo de la vida de Martini, desde el horror del encuentro con la muerte hasta sus intentos de comprender y procurar la reinserción de los terroristas. Obviamente nadie discute ni cuestiona la labor, es la palabra de un supuesto Martini la que nos acompaña con las imágenes, desconocemos si esa labor fue criticada o afeada en la Italia golpeada por el fanatismo de los totalitarismos de uno y otra signo (sabemos lo que hubiera ocurrido aquí con algo similar), si sus comentarios contra la partitocracia y el progreso industrial no fueron objeto de burla o desprecio, pero 30 años después nos suenan tan cercanos, y tan obscena su permanencia como cuando Martini alerta de que los partidos están acabando con las instituciones, están ahogando y usurpando la democracia, destrozando el futuro de las nuevas generaciones. Olmi, a través de la voz de Martini, habla del sueño europeo, de Cavour, de Manzoni, de valores y principios ínsitos en el nacimiento de Italia y que la corrupción ha hecho saltar por los aires. Especialmente lograda es la escena en la que lo que parece una anécdota del periodo del religioso en Milán, rodado en los espacios del Tribunal de Milán y que habla de la corrupción generalizada en los estamentos del tribunal termina siendo parte de un relato de Gogol que, sin embargo, asumimos sin dudas como reflejo de la realidad de aquel momento, la Tangentópolis que tanto se ha extendido. El milanés de adopción obsesionado por su ciudad deseada, Jerusalén, su vocación social sin olvidarse de su vocación religiosa y su especialización en estudios bíblicos a través de textos originales que conectan 2000 años de historia de la humanidad. Lo tangible y lo espiritual concentrados en una misma persona de la que sólo asumimos como real el espacio físico de sus dependencias, vacías, abandonadas, austeras, iluminadas por la luz del sol que entra en los momentos del alba y el atardecer, un espacio que recuerda a Scola, a Bellocchio, a Moretti, cuando acometen sus retratos familiares en las casas paternas tras la desaparición de la generación que nos precede. Para Olmi, Martini se transforma en una especie de padre de todos los milaneses, y así se encarga de mostrar sus apariciones públicas, incluído su funeral.


Asume las palabras del obispo Cámara cuando éste afirma que «si me ocupo de los pobres me llaman santo, si pregunto por qué son pobres, soy comunista», porque en el Milán del rico Norte, las desigualdades provocan inmensas bolsas de pobreza, como ésas de las que proviene el propio director tras el final de la guerra, el progreso por el progreso no termina trayendo bienestar ni mejora general de las condiciones de vida, sino una carrera enloquecida por la riqueza y su amasamiento en manos de muy pocos, bolsas de pobreza en las que el religioso actúa, o lo intenta, no sólo como remedio, sino buscando algún tipo de solución. De ahí que Martini, sin rehuir ese combate ideológico contra lo material, necesite reposo, retiro, encontrarse a sí mismo escuchando, como él dice, «el silencio de la palabra», un silencio que le habla en el mejor de los espacios, en medio del bosque o en la inmensidad de la montaña, un espacio en el que Martini augura la desaparición de la iglesia en 200 años, una iglesia cerrada, cansada, vieja, con una cultura estancada, las casas religiosas vacías, las iglesias grandes y los espacios sin ocupar, una iglesia que ha de empezar por reconocer sus propios errores, la idolatría del dinero, el escándalo de la pedofilia, la injusticia social que limita la paz, la democracia, la convivencia, un arzobispo que reconoce haber perdido el sueño de la Iglesia que le hizo entrar en el seminario acabando con los sueños paternos de continuar con la saga de ingenieros y contando con el silencio cómplice de una madre que tambíen esperaba otro futuro para su hijo preferido. El documento es bello y nos acerca a la muerte, la natural y la violenta, que en el fondo es uno de los fenómenos más propios del hombre pero que menos se acepta. Cuestión distinta es si cabe, en este momento, reivindicar acríticamente a cualquier persona o institución, pero estamos hablando de cine, y como cine, la película me funciona, incluso con esa patética bendición última donde el arzobispo es utilizado por la propia Iglesia en la que él ha perdido su capacidad de soñar.



VEDETE, SONO UNO DI VOI. Italia. 2017. Dirección: Ermanno Olmi. 75'. Fecha de estreno: 23/03/2017. Guión: Ermanno Olmi, Marco Garzonio. Fotografía: Fabio Olmi.Montaje: Paolo Cottignola. Escenografía: Vincenzo Lentini. Productor: Roberto Cicutto.Producción: Instituto Luce Cinecittà, RAI Cinema.

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