jueves, 7 de septiembre de 2017

PEQUEÑAS OBRAS, GRANDES DIRECTORES. "El sueño de Ana" y "Old habits". José Luis Torres Leiva y Joao Nicolau





PEQUEÑAS OBRAS, GRANDES DIRECTORES. Joao Nicolau y José Luis Torres Leiva. “Old habits” y “El sueño de Ana”




Seguir lo máximo posible la obra de directores que interesan a partir de una película concreta me permite determinar si se trata de una serpiente de verano, un acontecimiento inesperado y gozoso de una creación redonda sin continuidad, o es fruto de un estilo, de una concepción estética, de una forma de narrar, que, con mejor o peor resultado, siempre va a resultarme interesante. “John from” y “El viento sabe que vuelve a casa” son dos grandes películas vistas en 2016 que me descubrieron a dos nuevos directores, nuevos por desconocidos hasta entonces, no por tratarse de sus primeras obras, y ese grado de excelencia apreciado en su cine me “obliga” a comprobar si el resto de su producción se acerca o no al mismo resultado. Y ahora toca ir hacia atrás y hacia adelante, intentar ver lo hecho por ambos y poder afirmar que su cine, sea cual sea su formato, duración y etiqueta, tiene interés, siendo más uniforme en lo estético el de Joao Nicolau y más experimental, más arriesgado el de Torres Leiva, pero manteniendo ambos un equilibrio formal e interno digno de comentar.



“Old habits” es un vídeo musical, así de sencillo, un vídeo de factura exquisita donde la música del grupo Minta & The Brook Trout mece serena y delicadamente las imágenes. Un plano secuencia nocturno de tres minutos y medio que empieza y termina con una imagen muy parecida, pero en diferente lugar, después de que la cámara nos muestre la totalidad de ese espacio en el que los músicos amenizan una fiesta, desde un plano frontal que muestra a todos los integrantes, plano que va alejándose poco a poco mientras el público va ocultando a los componentes, dejando un pequeño espacio central que el director aprovecha para mantenernos en visión permanente con ese escenario y alguno de los intérpretes. Esa cámara se mueve por un pasillo humano que va cerrándose sobre la imagen y a cuyo alrededor pululan las sombras propias de cualquier espectáculo, que se abre en una zona de baile melancólica, de parejas abrazadas y semiadormecidas por el efecto de la música y el afecto del abrazo indestructible, generaciones diversas entre el deseo juvenil y la melancolía madura, concluyendo en un plano similar al inicial, que da fín a la canción. Se mantiene, en el breve espacio de tiempo de un “videoclip”, la esencia surreal y onírica de mucho del cine del director portugués, su luz o su ausencia, su melancolía festiva. Joao Nicolau domina el lenguaje musical y su unión con las imágenes. John From (la omnipresente, entre otras, música de Eels) y Garozinos ya dan ejemplo sobrado de ello, películas en las que la música sirve de apoyo fundamental a la ficción, mientras en este caso es la imagen la que ha de servir de apoyo a lo que resulta más importante, la música, música de un grupo que apunta muchas buenas maneras. Para más información sobre el cine de Nicolau y sus músicas aquí dejo el enlace al magnífico texto de Javier Trigales en la web Transit cine.  Texto de Javier Trigales




El cine de José Luis Torres Leiva es más terrenal, menos etéreo, está más ligado a la materia, sea ésta inanimada o personas. Su recorrido del cine documental al cine de ficción termina confluyendo en una gran mezcla de los dos géneros en su soberbia “El viento sabe que vuelvo a casa”, película exquisita y excelente que el año pasado formaba parte de la retrospectiva que el festival Márgenes hizo de la obra completa del cineasta. “Verano”, “Tres semanas después”, “Ningún lugar en ninguna parte”, “El cielo, la tierra y la lluvia” son obras de temática y duración muy diferente que van confluyendo hacia la configuración de una radiografía de un país y su gente, incluso cuando el producto se muestra ausente de palabra verbalizada. Por eso “El sueño de Ana” casi se representa como otro experimento más del director chileno al presentar un corto en el que la palabra es omnipresente en forma de despedida consciente de una mujer, la Ana del título (Amparo Noguera) a su amada (Julieta Figueroa). Al crudo plano fijo de la superviviente relatando la primera vez que ha conseguido soñar con la desaparecida amante van intercalándose espejos del tiempo en común, del primer recuerdo, de la relajación vespertina acariciadas por la luz del sol que entra por una ventana, el momento de la enfermedad y el reconocimiento de la dedicación y el amor, el sueño de un cuerpo cubierto con una sábana del que sobresale un brazo inerte……soñar provoca dolor, el dolor de la ausencia irreparable. La narradora se enfrenta a una realidad de dolor íntimo que sabe que va a ir cediendo con el paso del tiempo, en medio de la naturaleza recordar a la ausente parece incrementar el efecto de vacío y soledad, pero como ese plano en que la imagen de Ana se difumina, se hace borrosa por cercana, el recuerdo de esa mujer que ahora ocupa todo el dolor y toda la actividad mental de quien nos lo cuenta, irá perdiendo sus perfiles, irá desdibujándose, irá quedando como un mero eco de un momento de la vida del que quedarán destellos, resonancias, como los de esos sonidos que acompañan los títulos de crédito, pisadas campestres a las que es difícil asignar una imagen y que nuestro cerebro irá acompasando con recuerdos reales o imaginados.


“OLD HABITS” de Minta & The Brook Trout. 2016. Portugal. Director: Joao Nicolau. Producción: Francisca Cortesão; Mariana Ricardo. FOTOGRAFIA Mário Castanheira. 4 minutos.

EL SUEÑO DE ANA. Chile. 2017. Dirección: José Luis Torres Leiva. Producción: Catalina Vergara. Guión: José Luis Torres Leiva. Cinematógrafo: Cristian Soto. Reparto: Amparo Noguera, Julieta Figueroa. 9 minutos 

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