domingo, 10 de septiembre de 2017

LAS PEQUEÑAS COSAS (Carla Simón, 2014)

LAS PEQUEÑAS COSAS (Carla Simón, 2014)

Parece que los directores de cine surgen espontáneamente cuando terminan su primer largometraje, que todo su periplo anterior resulta irrelevante porque nadie recibe el título de cineasta mientras no consigue finalizar el rodaje de su primera «película», concepto oficialmente reservado para todo aquello que supera la hora de duración y se acerca a esos 90 minutos que el cliché occidental ha situado como la duración normal de una historia con imágenes en movimiento, despreciando obras mayúsculas capaces de acercarnos a lo esencial de modo breve (para no herir susceptibilidades mencionar a Lamorisse, Kiarostami, Marker, Truffaut, Antonioni........), del mismo modo que parece que los autores de cuentos no son escritores. Ahora que con «Estiu 1993« Carla Simón, y todos nosotros, hemos de leer y escuchar de manera constante lo de su «fantástica opera prima», conviene rebuscar para saber que antes de la gran película de 2017 han existido obras anteriores con las que ha podido ir creando y perfeccionando su estilo narrativo, pudiendo valorar así mucho mejor la importancia de su último trabajo, advertiendo así los puntos en común con su cine anterior y asombrarse menos, o más, con el resultado final, y de paso asegurar que «Estiu 1993« no es la ópera prima que se dice, sino que antes existen cuatro cortometrajes con los que la cineasta ha podido exponer su proceso de formación. Puede no parecer importante, pero siempre me resulta interesante, cuando un artista consigue llamar mi atención de esta manera, poder contemplar su obra hasta entonces desconocida y valorar su progresión. El interrogante persistirá, tras conseguir un largometraje tan redondo y tan luminoso, el ansia por volverse a encontrar con otra película de Simón puede generar un vértigo en el creador sabiendo que va a ser analizada con lupa ante la excelencia de su obra precedente. Por eso acercarse a su cine anterior permite saber cuáles son sus obsesiones, sus logros, sus manías, sus filias y sus fobias, sus puntos débiles en la narración o su dominio de facetas concretas. Es importante ver «Las pequeñas cosas», no con ánimo de demoler sino con la vocación de apreciar que «Estiu 1993« tiene menos de casualidad y más de genio, menos de improvisación y suerte que de trabajo y preparación previa, que de los errores o caídas de ritmo se aprende y todo cineasta suele rodar antes de su gran película alguna inferior en la que pueden encontrarse las semillas de lo que va a llegar. Lo normal es que veamos el resultado al revés, primero lo reconocido y asombroso y después lo que dió origen a lo superlativo, pero es normal, acceder al cortometraje como público es complicado, si ya lo es el mundo del largometraje en España, qué podemos esperar de las obras más pequeñas.

«Las pequeñas cosas» (para aquellos preocupados por el exclusivo (falso) uso del catalán en Estiu 1993 pueden respirar tranquilos porque es una obra completamente hablada en castellano) se desarrolla en el núcleo duro del hogar, ese hogar que funciona como refugio y como campo de batalla, madre e hija (Ana Prada, también presente en Estiu 1993) viviendo en una masía apartada del pueblo donde se toleran más que demostrarse amor, donde no lo van a reconocer pero saben que se necesitan más de lo que creen. Un espacio vedado a los extraños y en el que cada una intenta mantener un espacio de intimidad virgen que termina cediendo por el uso de la voluntad unilateral. Un crucifijo o un cigarrillo juegan como fronteras invisibles que señalan el intento de imponer una voluntad a la otra, si me obligas a retirar todas las noches un símbolo que no acepto, tendrás que respirar aquello que no estoy dispuesta a abandonar. En ese juego de dominación ,y no aceptación de que la hija ha crecido y es adulta aunque mantenga la estatura de un niño, el espacio compartido de la casa acerca a las mujeres en lo físico tanto como las separa mediante el silencio. Acostumbradas a convivir sin compartir, el anuncio de la llegada del hijo ausente revoluciona a la madre reflejando cuáles son las preferencias, muchas veces irreflexivas, injustificadas, inmerecidas. La preparación de una comida familiar en la que se presentará a la pareja del hijo se recibe como un acontecimiento por la madre y con el escepticismo de quien no cree en nada ni en nadie por una hija que no sabe cómo conseguir que esa madre sepa valorar la compañía e indudable cariño de quien más cerca se encuentra. Valorando más aquello que se idealiza, en el fondo estás despreciando a quien se ha quedado cerca sin reconocimiento.

Aceptación y renuncia, concesiones a medias cuando la realidad se vuelve tozuda y dura como la pared de piedra sobre la que se sostiene la estructura de la vieja casa familiar, las dos mujeres asumen su condición de resistentes y de necesitadas recíprocamente de cariño y de calor. La tenue luz que llega al interior de la casa, filtrada a través de unos cristales cubiertos con visillos que tamizan el rayo que penetra y otorga la tranquilidad de lo que no se revela completamente, luces indirectas que ayudan a comprender los grados de separación interna entre ambas mujeres, reforzados por pasillos interpuestos, puertas entornadas, miradas veladas entre los recovecos de un recibidor, de un vestíbulo o habitaciones que permanecen semiocultas aunque las puertas se encuentren constantemente abiertas muestran el uso de la puesta en escena al servicio de ese choque inminente entre ambas mujeres. Dos mujeres a la espera y al tiempo insatisfechas, una con su enfermedad hereditaria, la otra con el aspecto físico de su hija y la escasa responsabilidad de un hijo que se olvida una y otra vez de su familia, pero que es mantenido en un pedestal de idolatría incomprensible. El cine de Simón ahonda en esas corrientes familiares, las que dan confianza y fortaleza pero al tiempo también provocan desazón, angustia e inseguridad. Hay en «Las pequeñas cosas» apuntes de las relaciones familiares insatisfactorias de los adultos, que con «Estiu 1993« se matizan y se hacen más optimistas con la llegada de la infancia y su manera de enfocar los problemas, pero en ambas hay necesidad de amor y cariño, no sólo de sentir cercanía y apoyo, sino de verbalizarlo, de oirlo, de sentir el calor de un abrazo o el murmullo de una palabra cariñosa al oído. Madre e hija no se lo van a decir, pero van a terminar acercándose tanto que no sería de extrañar que, cuando la pantalla se apague, ambas se aproximen, se miren y se digan eso que no se atreven a decirse delante de nosotros.

LAS PEQUEÑAS COSAS. España. 2014. Duración: 27'. Versión original: Castellano. Actores principales: Ana Prada , Carme Sansa. Productora: Valérie Delpierre. Productora ejecutiva: Valérie Delpierre. Directora: Carla Simón. Guión: Carla Simón. Música original: Pau Boïgues. Dirección de fotografía: Juan Carlos Lausín. Montaje: Álvaro Gago Díaz. Dirección de producción: Mireia Graell Vivancos. Dirección artística: Mónica Bernuy.

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