lunes, 4 de septiembre de 2017

HERMIA & HELENA (Matías Piñeiro, 2016)

HERMIA & HELENA (Matías Piñeiro, 2016)

Reinventarse para seguir siendo uno mismo, desubicarse para reencontrarse, aislarse para conocerse, en definitiva cambiar para crecer sin traicionarse. Matías Piñeiro abandona parcialmente su espacio habitual, su lengua materna, su explícita referencia shakespereana, para seguir inmerso en el escritor inglés, acercándose más al idioma del escritor al rodar 2/3 partes de la historia en Nueva York y manteniendo su núcleo duro de actrices y actor incorporando nuevos rostros del cine independiente norteamericano. El cine de Piñeiro es tan ágil, tan sencillo, tan dinámico, tan alegre incluso en la desesperanza o en la pérdida de referencias que resulta dificil convencer al espectador de su intrínseca complejidad, de su cuidado guión, de su arrebatado discurso en el que la réplica y la contrarréplica, la prerréplica y la postréplica se pronuncian con una naturalidad tal, que parece increíble que nadie más hable así en sus relaciones personales. Tan sutil y ligera como la música de Scott Joplin, tan trascendente y proverbial como la música de Beethoven entre las que se desarrolla la historia. Piñeiro, al mantener el inglés como lengua referencial durante gran parte de la película (la más larga en duración de las presentadas en su ciclo shakespereano) pierde parte de esa frescura inherente al discurso de su troupe de actores favoritos, cambiando expansión y juego seductor, por seducción en medio de un ambiente hostil por desconocido donde la palabra surge menos natural porque el pensamiento antes de pronunciarla se retarda al exigir una traducción previa en el cerebro de nuestras actrices. El lenguaje sigue funcionando como juego referencial, pero en esta ocasión el lenguaje exige traslación, traducción aunque sea mental para que el inglés revierta en castellano, para que las ideas fluyan. En ese continuo decir y traducir, los personajes se hacen más reflexivos en Nueva York y más espontáneos en Buenos Aires, ciudad a la que recurre la acción en cuatro momentos que se suceden a lo largo del mismo día mientras la acción norteamericana tiene lugar en tres o cuatro meses, tras los que, mes a mes, el realizador vuelve a su entorno más conocido como si se tratara no sólo de una  declaración de intenciones en cuanto a estilo, sino como bálsamo cicatrizador en medio del grupo en oposición a los personajes de Carmen y Camila, que residen en una soledad más o menos impuesta en medio de la gran ciudad.


Porque Piñeiro sabe manejar con maestría el uso del tiempo, manteniendo dos presentes separados por el espacio y las estaciones, un invierno casi constante en Nueva York y un día y noche de verano en Buenos Aires, la misma actriz en ambos lugares que, siendo ambos un presente, se transforman en pasado reciente para el papel que borda, una vez más, Agustina Muñoz, presente hasta cuando está fuera de campo, secundada, y bien, por el resto del elenco, que en esta ocasión pueden tener una aparición más episódica o tangencial, pero que en su participación ayudan sobremanera a Camila/Agustina a crecer, porque, en el fondo, la historia de Hermia&Helena es una historia de crecimiento personal que, para desarrollarse, necesita distancia, prueba, error, comparación, elección y tiempo. Montana se configura como el último estadio de evolución personal para la joven que, disfrutando una beca, se ha instalado en una residencia donde cada persona que pasa ha de dejar un recuerdo o regalo personal, pero cuidando de que lo personal no sea en exceso definidor de nuestra personalidad o de nuestro paso por allí. Nuestra protagonista asume el relevo de Carmen (María Villar), quien vuelve a Buenos Aires contrariada porque el viaje emprendido con entusiasmo no le ha servido para cambiar ni para progresar, mientras que para Camila, aquello que parece no tener intención de realizar, que íntimamente no la convence, como es la aventura americana, cuyo momento de emprenderlo coincide con el de una estabilidad con una pareja incipiente que sospecha se va a esfumar, termina convirtiéndose en un camino de indudable crecimiento personal y autoconocimiento. «Para Setsuko Hara» comienza la película con bellos planos de naturaleza urbana seguidos de tomas aéreas sobre un parque y una cancha de fútbol mientras Carmen mantiene una conversación telefónica con Lukas, el «amante doble», previa a su marcha de la ciudad. Piñeiro se parodia, o se homenajea a si mismo, repitiendo un comienzo similar al de «La princesa de Francia», eliminando el referente radiofónico, para poder derivar en mutaciones sobre sus esquemas personales, de tal manera que más que al cine de Ozu, nos acercamos mucho al cine de Sang soo y sus variaciones con repetición.


Las idas y venidas en el cine de Piñeiro son tan consustanciales como el equívoco y el cambio de parecer en las comedias de Shakespeare. Si «El sueño de una noche de verano» se encuentra en la génesis de «Hermia & Helena», el teatro queda aparcado en un segundo plano residual, salvo porque en el teatro se encuentra el germen de la traducción y la excusa para que Camila indague en su pasado, en sus relaciones y en sus curiosidades. La palabra, de manera más expresa que nunca, se transforma en el motor del cambio de una persona que sabe que, desde el primer momento, traducir exige un esfuerzo constante para dar a cada palabra el significado más ajustado al sentir del poeta. Camila asume su estancia americana como un punto y seguido, ha de retomar la estancia donde la ha dejado Carmen, incluso con las relaciones personales más o menos íntimas que ésta haya podido tener con hombres o mujeres porque en lo que falló Carmen ella debe reparar y mejorar lo iniciado, al tiempo ha de calibrar si la pareja dejada en Argentina merece la pena mantenerla pensando en el regreso, y por último, como si rememorando el clásico a lo «Breve encuentro» Piñeiro también reivindicara el cine de los 50, decidir si la relación en paréntesis con un neoyorkino y que sólo se retomará en caso de encuentro casual, merece la pena reavivarse. Piñeiro suele jugar al relato duplicado o multiplicado, a la mutación apenas perceptible cambiando a un protagonista pero manteniendo la esencia del relato, aquí no, aquí la historia se duplica por proporcionar dos espacios separados por miles de kilómetros y decenas de grados de temperatura desde los que los protagonistas asumen e interpretan, «traducen», todo aquello que va sucediendo o imaginando que sucede, y para cambiar de escenario, sin poder eludir la referencia teatral en su cine, el fundido a negro viene precedido de una transición en viaje donde un personaje puede tomar el metro en Chamber street y salir a la calle en Manuel de Rosas, del subway al subte bonaerense, o atravesar una y otra vez el puente de Brooklyn mientras se van superponiendo imágenes que nos llevan a Buenos Aires hasta que, definitivamente llegamos al nuevo destino, del acero al árbol, del árbol al acero. El viaje es sinónimo de aventura, de exploración, de cambio, se anuncia con un avión surcando Nueva York en ese plano inicial y se sugiere con el mismo avión de vuelta surcando la noche de Buenos Aires, el avión en el que Camila abandona, aunque sea temporalmente, el espacio refugio que se ha construido, con hermana pero sin padres, justificación de uno de los momentos más conseguidos del film, y al tiempo más alejado del universo previo del director argentino, como es ese encuentro íntimo entre un padre y una hija que no se conocían, momento que coincide con la llegada de una nueva generación al entorno familiar, incorporando así al cine de Piñeiro, una emoción que trasciende lo meramente juvenil o intergeneracional para abrir espacios no sólo en horizontal, sino también en vertical.


«La vida es decepcionante» dice Carmen a Leo cuando se valoran las razones del viaje de Camila desde la terraza que permite contemplar la amenazante noche de tormenta que se cierne sobre Buenos Aires, unos se quedan, otros se van, nuevos vienen, algunos regresan, pero casi ninguno continúa siendo el mismo. Si de algo no peca la película es de no advertir al espectador lo que va a ver, Carmen y Camila son dos ejemplos de la misma posibilidad pero de diferente aprovechamiento, y Carmen ya se lo dice, «vas a ser una versión mejorada» de su propia experiencia, como la propia película, que es Piñeiro mejorado a partir, incluso, de propio material que se inserta en la película  como el corto que uno de los amantes de Camila le dedica, elaborado a partir de imágenes reales de argentinos esquiando cerca de Bariloche, obra autónoma del director que, en todo caso, como si Piñeiro fuera el Gregg de Camila, introduce como parte del relato, como ya hizo Godard, o entre nosotros Gonzalo García Pelayo; el corto que proporciona un descanso pero que no deja de formar parte de la intrahistoria que se nos cuenta. Cine, teatro, amoríos y desencuentros, equívocos y dobles lealtades, imaginación y experimentación, la modernidad del skype con la tradición de la postal que reduce todo un viaje de costa a costa con media docena de postales recibidas por correo, todo ello unido a la lágrima de la emoción que surge, improvisada y recatadamente, en la noche del nacimiento de la sobrina, y sobre todo, y ante todo, teatro, puro teatro que culmina con un telón simpático que juega con lo abierto y lo cerrado, el doble juego de todo su cine, porque para ver tenemos que abrir la puerta que nos acerca a la oscuridad, pero si la cerramos nos quedamos fuera de la aventura.



HERMIA & HELENA. 2016. País: Argentina, Estados Unidos. Duración: 86′. Dirección: Matías Piñeiro. Guión: Matías Piñeiro. Reparto: Agustina Muñoz, Maria Villar, Mati Diop, Julian Larquier, Keith Poulson, Dan Sallitt, Laura Paredes, Dustin Guy Defa, Gabi Saidon, Romina Paula, Pablo Sigal, Ana Cambre, Kyle Molzan, Ryan Miyake, Oscar Williams, Micah Gottlieb, Bingham Bryant, Ethan Spigland, Ji Park. Música: Scott Joplin, Ludwig van Beethoven. Montaje: Sebastián Schjaer. Producción: Graham Swon, Melanie Schapiro, Andrew Adair, Jake Perlin

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