jueves, 21 de septiembre de 2017

EXTRAÑO PERO VERDADERO (Michel Lipkes, 2017)

EXTRAÑO PERO VERDADERO (Michel Lipkes, 2017)

Una imagen alejada del centro de la acción nos sitúa en una nave industrial semivacía, un coche cuyas luces nos deslumbran entra en la nave, y de él descienden tres personas armadas. Lentamente, mientras los hombres avanzan hacia el centro del espacio, la cámara, inicialmente elevada va descendiendo hasta situarse a la altura de un hombre torturado, atado, asistimos al ritual de una ejecución, sobran los motivos y sobran las explicaciones. Es México, y tras los disparos, los tres hombres siguen su camino inverso hacia el vehículo, mientras la cámara va alzándose hasta un fundido que termina la escena para reanudarse a bordo de un camión de la basura bautizado con el nombre de “Regalo de Dios”. El plano fijo inicial de estos basureros, que se irá repitiendo a lo largo de la historia, recogiendo y seleccionando basura en un D.F. hostil, nada acogedor, peligroso, inhóspito, resulta un espejismo, porque estamos ante el preámbulo de un viaje hacia la noche oscura, un deambular sin rumbo donde el peligro, sin llegar a hacerse presente de manera continua, se nota siempre presente. El microcosmos humano de esa cuadrilla de basureros viene condicionado por la escena inicial que funciona como un recuerdo martilleante a la espera de la inevitable conexión entre la ejecución y los protagonistas. Mientras tanto, la atmósfera va condensándose con la ayuda de un excelente trabajo fotográfico en blanco y negro de Gerardo Barroso, que ayuda a crear esa atmósfera entre suburbial e irreal, que, como señala el título, aun pareciendo extraña, no deja de ser verdadera.

La historia de los basureros se conforma, de la mano de los guionistas Rubén Imaz, Gabriel Reyes y el propio Lipkes, en dos historias de parejas, la formada por los jóvenes y la de los maduros hombres unidos por algún hecho del pasado y que les conecta, de manera inconsciente para este espectador, con el trío de sicarios del principio. Inocencia y salvajismo coinciden en este minimundo rodante en el que el maltrato y el acoso es constante sin que ninguno de los jóvenes sea capaz de representarse acudir a algún tipo de autoridad para poner fín a la inevitable deriva de los acontecimientos. Reflejo de la degradación moral del entorno político, la aparición, suponemos, del cadáver del ejecutado en uno de tantos montones de basura repartidos a lo largo de la ciudad, enfrenta a los ocupantes con su verdadera forma de ser y afrontar la vida en una selva. Frente al impulso inicial de los jóvenes de avisar a la policía, termina prevaleciendo la visión pragmática del amenazante conductor del camión, que no puede desconocer que acudir a la policía es una invitación a terminar teniendo problemas, cuando no de ser acusado directamente del crimen, o potencialmente, convertirse en objetivo de las mafias por poner a los agentes en la senda de un crimen que debería permanecer oculto y desconocido, o quien sabe si no sería la forma en que los policías llegaran a dar con este par de hombres desadaptados que supuran violencia por todos sus poros.
Lipkes, y su historia, sabe presentar ese mundo subterráneo como una anormalidad con reglas propias frente al aparente espacio de comodidad y seguridad del burgués enriquecido de la capital, a cuyas casas entra esta tripulación de desechos de la sociedad para recoger sus desperdicios. Es el único momento en que el conductor, el “Maestro” de la ficción, parece empequeñecerse, saber que cualquier exceso o abuso en ese mundo le saldrá muy caro, pero no por ello, como tampoco le ocurre a la joven Yesi, desaparece esa sensación de envidia y de impotencia porque nunca se podrá llegar a disfrutar de ese status, como el de la mujer que emplea su tiempo en maquillarse con detalle frente a una joven ensuciada por su propio trabajo y a la que sólo le puede mantener con esperanzas la historia de amor con Jonathan, un calor entre ambos que en ocasiones se transfiere sentados al borde de un maloliente camión de la basura. Cualquier desperdicio ha de ser eliminado tras comprobar que resulta inservible, un cadáver encontrado se vuelve inservible y peligroso, por lo que sólo puede ser hecho desaparecer en trozos más pequeños, a un recién nacido en medio de un basurero sólo se le puede acelerar la muerte para evitar más sufrimiento. El «maestro» y la «momia», dos apodos que ocultan nombres porque, en realidad, aún compartiendo vivienda, ambos han dejado de ser personas hace tiempo, puestos en evidencia ante la inocencia de dos jóvenes que sobreviven porque aún se tienen el uno al otro y para quienes el mero hecho de tener sexo querido y consentido reafirma su condición humana. Dos maduros hombres cenando en una habitación sucia, llena de residuos, en silencio, enfrascados en los resultados de su propio pasado, frente a dos jóvenes capaces de disfrutar de una noche estrellada jugando con un balancín, movimiento erógeno que anticipa el deseo inaplazable.

La indudable potencia visual de la película, junto con su banda sonora metálica e industrial, mantenida a lo largo de su metraje, y sublimada en su desenlace, no elude el recurso estilístico atractivo en medio de una historia de completa fealdad, de absoluta pérdida de confianza en el género humano, desde el desahogado económicamente hasta el más paupérrimo, todos, a excepción de la joven pareja, que también se verá empujada hacia el horror, representan las más abyectas reacciones del hombre, pero no por ello Lipkes evita mostrar acertados travelling en medio de un mundo frío, desangelado, deshumanizado, en el que ocultar restos entre otros restos termina enterrándote en un mundo de basura, o poderosos planos-secuencia. Una bella forma visual en medio de un descuartizamiento podría parecer obsceno,  pero incluso de Quincey habló del asesinato como una de las bellas artes, y a la escena no le falta sentido, colocados los personajes en un espacio de incomunicación, el travelling amplio y circular termina reflejando la posición de cada uno y la posterior reacción, mientras la música que suena “me hace falta mi amor, y si eso es quererte, renuncio a tu amor”, anticipa la brecha que se abrirá a partir de esa noche entre la joven pareja protagonista, despertada de golpe a un mundo de realidad del que creían que iban a poder escapar y que, de tan verdadero como parece, no deja de ser extraño.


EXTRAÑO PERO VERDADERO. México. 2017. Dirección: Michel Lipkes. Producción: Matías Meyer, Michel Lipkes. Guion: Michel Lipkes, Gabriel Reyes, Rubén Ímaz. Fotografía: Gerardo Barroso Alcalá. Montaje: León Felipe González, Michel Lipkes. Música: Galo Durán. Reparto: Alfredo Blanco, Kristyan Ferrer, Luis Enrique Parra, Itzel Sarmientos. 90 minutos.

TRAILER


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