viernes, 22 de septiembre de 2017

A GHOST STORY (David Lowery, 2017)

A GHOST STORY (David Lowery, 2017)

En el reino del fantasma la sábana no es más que la cobertura que sirve para dotar de volumen a lo que no existe. Necesitas una corporeidad ficticia que sirve al fantasma de boya a la que agarrarse y también de carnet de identidad respecto de los demás fantasmas. Allá donde hayas muerto escogerás esa mortaja identitaria hasta que consigas alcanzar la paz contigo mismo o caigas en la desesperanza eterna que provoca tu volatilización. Por eso las sábanas generalmente serán blancas e inmaculadas, pero nada impide que tengan una cenefa de flores, o cualquier color familiar y más cálido. El ser fantasma no impide que se manche, que se acumule la porquería a lo largo del tiempo que permaneces vagando por espacios que, inicialmente, pueden ser familiares pero que, sin saber cómo ni porqué, se transforman en una sucesión temporal arbitraria y de acumulación de situaciones que ni el propio fantasma entiende ni es capaz de ordenar ni controlar. El fantasma de esta película no tiene por qué ser siempre el mismo, o puede que sí, puede que se transporte en el tiempo y en el espacio aunque él no lo quiera, o que lo que se modifique sea el envoltorio urbanístico mientras él lucha por obtener respuestas sin dejar de ser el mismo. Para el fantasma el tiempo se detiene en el momento de la muerte y con los sentimientos de ese “aquí y ahora”. Para el fantasma no hay tiempo físico y un instante del fantasma pueden ser décadas para los vivos, anclado en un recuerdo y una obsesión, cuando le falta el asidero físico por el que decidió permanecer en la tierra, su afán es encontrar el modo de salir, de evaporarse, recordar porqué está en ese lugar y hallar la salida.

Lowery sorprendió con su anterior película “En un lugar sin ley”, una historia de amor por encima de dificultades, persecuciones, violencia; un “Bonny and Clide” sin glamour en el territorio de los perdedores y con el estigma del fuera de la ley donde se retrataba de manera exquisita la relación entre los personajes de Casey Affleck y Rooney Mara. Ahora con “A ghost story” da un paso adelante, con los mismos intérpretes, porque la historia y sus imágenes, igual de convincentes en lo que cuentan como en la forma en la que lo cuentan, se transforman en un puzzle que va perdiendo pie en lo cronológico para sumergirnos en la mente atemporal del fantasma, componiendo y descomponiendo el escenario en un continuo salto del tiempo una vez que él comprende que ha perdido para siempre la presencia de ella. Con una contención encomiable, el relato se sustenta sobre ¡la mirada del fantasma!, ¿es posible imaginar la sensación de pena, de miedo, de ira de un fantasma cuyo rostro no vemos?, un ser del que solo dos agujeros negros rompen la monotonía de un lienzo blanco donde se supone que debería estar el rostro de su portador. Almas en pena cuyo objetivo se unifica, miles de sábanas recorren el mundo a la busca, o mejor, a la espera, de recuperar al ser amado y sublimado por la imposibilidad del contacto.

El tiempo pasa, menos para el fantasma, que queda sumido en un espacio muerto cuyos días y actividad es siempre la misma, mirar, esperar, recordar. Al personaje de Affleck le atan los espacios, al de Mara no le importa el cambio porque significa una nueva oportunidad. El preámbulo de la historia parece mostrarnos a una pareja ideal, de hecho el primer plano de la película comienza con una risa, nerviosa pero alegre, «estoy tan asustada», «no tengas miedo». Pero en esa relación hay fisuras, hendiduras de un tiempo en el que ella tiene que decirle que no piense que hay tanta historia en común. El fantasma asume poco a poco cuál fue la realidad de aquella relación una vez finalizada, pero para ello, casi como un humano, necesita pasar por el duelo, la no aceptación, la ira, lo irrevocable de lo sucedido y dejar marchar al recuerdo, que, en este caso, supone la volatilización del espíritu. hay un nexo entre lo espiritual y lo material, para Affleck es la casa, para Mara las notas que deja en cada hogar cada vez que lo abandona, cuando el fantasma recupera la nota cumple su penitencia, del mismo modo que, paradojas del destino, cuando decide complacer a su pareja para intentar evitar la ruptura, cediendo en la mudanza, el futuro desaparece. Pero esta historia, que contada así parece muy sencilla de entender y de ver, Lowery la retuerce en el eje espacio-tiempo porque el fantasma ha perdido su referencia. Mientras esa sábana invisible (salvo para espíritus puros) recorre las estancias de la casa cuando Mara permanece en la misma en pleno duelo y depresión por la repentina muerte de Affleck el tiempo parece no transcurrir, parece detenerse, tan largo como contemplar a un ser obsesionado por un recuerdo que come una tarta entera. Pero según se va alejando de la viva el recuerdo del muerto, el tiempo para el fantasma se hace un enigma imprevisible, se acelera, camina hacia delante, vuelve hacia atrás, la obsesión inicial pierde fuerza porque cuando la mujer desaparece, el fantasma no consigue ordenar sus pensamientos y sus recuerdos, de tal manera que éste se transforma en todos los fantasmas, en todos aquellos que sufrieron por la pérdida de alguien a quien no pudieron volver a abrazar.



En el camino hacia la descomposición del espíritu el fantasma no puede suicidarse aunque pretenda intentarlo. Queda hueco, vacío, imposible de fijarse en un tiempo concreto, desvalido como la presencia solitaria que permenece inmóvil una vez que la casa que fue su hogar es demolida. Con ese uso tarkovskiano del espacio exterior Lowery no se limita a copiar una estética sino a transmitir un mensaje que pretende unir lo material y lo inmaterial a través de un amor que tiene fecha de caducidad. La inmovilidad del fantasma, su empeño en rascar una pared durante decenios, sus miradas a través del cristal, desde el que puede saludar y comunicarse con otros fantasmas, no es casual, previamente el director ha utilizado larguísimos planos fijos en los que los personajes se tocan, se acarician, se quedan dormidos e inmóviles en plena vida. El fantasma es contemplación, quiere ser refugio, amparo, cuidado, pero choca con la materialidad de quien ya no siente su presencia, el fantasma toca pero no es sentido, el fantasma intenta consolar a la mujer que llora o que se encoge en la inmensidad de una cama que ya no es compartida, pero ese consuelo no llega y el propósito de Affleck abandonando el hospital y rechazando dirigirse hacia la luz para encaminarse hacia su hogar se transforma en desilusión y frustración. Si no se puede retener a la amada entre esas paredes, al menos hay que conseguir que en el interior de esa casa nadie pueda descansar y sentirse tranquilo, como empezaba a ocurrirles a la pareja protagonista, porque, en el fondo, la casa siempre ha estado habitada por fantasmas, por varios fantasmas reunidos a través de los siglos. Lo que le pasa al fantasma es que, perdida la referencia del ser amado, su tiempo entra en una asincronía absoluta, y resulta complicado que todos los fantasmas coincidan en el mismo momento y con el mismo recuerdo.


Lowery consigue una historia gótica de fantasmas plena de romanticismo, de un concepto visual enriquecedor, sin caer en paternalismos ni en melodramas exagerados. Es contención y respeto por los personajes en trance de superar una de las experiencias más dolorosas de la vida, es un juego geométrico con el espacio donde el fantasma ocupa lugar pero no ocupa espacio, casi siempre arrinconado, esquinado, apartado a un lugar concreto donde no estorba el paso, expectante hacia lo que ve, asombrado por no encontrar a su amada, absorto por el discurso filosófico de un invitado a una fiesta que no sabemos a qué época corresponde, abrumado por la muerte, infeliz en suma por no conseguir sentirse ni vivo ni recordado. El fantasma necesita un recuerdo que le haga abandonar un mundo que no le pertenece, basta un simple «no creo que vayan a volver» para que la presencia que dialoga con Affleck desaparezca, la sábana pierde su armazón interior y no puede soportar su levitación. Asistimos al progresivo acercamiento de Affleck a esa revelación, a ese descubrimiento que abra nuevamente la puerta que rechazó en el hospital y le permita alcanzar una hipotética paz. La fotografía de Andrew Droz, la música de Daniel Hart, el guión, montaje y dirección de Lowery y la sentida, sensible, delicada y creíble interpretación de Affleck y Mara ofrecen al espectador una de «mis maravillas» de 2017. Ojalá consigan sentirse atrapados por esta historia como me ha ocurrido a mí, la sensación de estar viendo algo muy profundo y muy alejado de mis convicciones personales que, al tiempo, subyuga, enciende circuitos en desuso, alerta sentimientos, convence desde lo que se considera imposible para hacerlo real y compartible. Un fantasma más para la historia del cine, un fantasma digno de respeto y admiración, pero como fantasma que es, su lugar esta fuera del mundo de los vivos. 





Estados Unidos, 2017. A Ghost Story. Director: David Lowery. Guión: David Lowery. Compañías productoras: Sailor Bear, Zero Trans Fat Productions, Ideaman Studios, Scared Sheetless. Productores: Adam Donaghey, Toby Halbrooks, James M. Johnston. Fotografía: Andrew Droz Palermo. Música: Daniel Hart. Montaje: David Lowery. Reparto: Rooney Mara, Casey Affleck, Rob Zabrecky, Will Oldham, Liz Franke, Sonia Acevedo. Duración: 87 minutos.


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