jueves, 31 de agosto de 2017

UN PADRE (Víctor Forniés, 2016)



UN PADRE (Víctor Forniés, 2016)


“Cuando te observo pienso que pasa en tu mente en cada momento de silencio. Es un recuerdo de mi vida tus silencios y nuestros silencios. ¿Por qué tanta tensión? ¿por qué ese silencio?. Nunca pregunté a mis amigos si también les pasaba lo mismo con sus padres. Y entonces yo he creído que ese silencio era nuestro, personal y familiar.” Texto de la película.

Hay en “Un padre” un desnudamiento personal y familiar que convence, pero que también deja indefenso al personaje principal, e incluso al propio director, trascendiendo la propuesta más allá del mero intento de adentrarse en la mentalidad de un padre lleno de silencios, de preguntas sin respuesta, de aparentes ausencias y gestos repetidos como un tic que ocultan algo que está presente pero sobre lo que no se quiere conversar, revelando una intimidad que, es posible, sólo pertenece a sus protagonistas por más histórica que haya sido. Había pistas en los recuerdos de ambos, de suficiente importancia como para descubrir el contenido de esos silencios, la razón de ser, la entereza de una persona para soportar el dolor acumulado por el paso del tiempo sin respuestas. Víctor Forniés se propone que vayamos descubriendo las razones como si de una sorpresa conjunta se tratara, y de ese modo, lo que parece el retrato cotidiano de un octogenario, con sus limitaciones físicas, sus aficiones, sus reuniones, sus chistes, su religiosidad, se transforma en ejemplo vivo de preservación de la memoria y recuperación de aquello que, íntimamente, te impedía descansar.

Porque en la orfandad de Pablo Forniés, padre del director, no hay razones biológicas inevitables, sino la larga sombra de la dictadura franquista y las consecuencias de su implacable trato a los vencidos tras el final de la guerra. El abuelo Pablo, zapatero republicano, fusilado el 8 de diciembre de 1936 y la abuela muerta por contagio al trabajar como cocinera en un sanatorio tuberculoso, han sido una incógnita para el director, sobre todo el abuelo, de quien ni una sola fotografía se conservaba. Los recuerdos de infancia remiten al exterior de un cementerio al que su padre no quería que los nietos entraran, a una fosa sin lápida, a un recuerdo sin visibilidad, como esos paseos de un hijo con su padre que no dejan de ser un recordatorio para el propio padre de los escenarios por los que creció, solo y en medio de un ambiente religioso de los curas donde estaba recogido. La fe ha podido mantener inalterable el espíritu y fortaleza de un padre, pero ha provocado también el ateísmo de un hijo cansado de enfrentarse a la religión con miedo y con temor al castigo. Padre e hijo han crecido en medio del silencio, de la ausencia de verdaderas conversaciones, separados por apenas unos metros entre un despacho y otro de un negocio familiar, padre y jefe, silencio y autoridad, pero los años han ido incrementando esa bondad del padre y el respeto y cariño de un hijo interrogado por esa sobriedad y carácter de quien a su edad continúa ayudando como voluntario, continúa disfrutando de la contemplación pacífica de la naturaleza, pero en el fondo sigue pendiente de la recuperación de un cuerpo, porque la pregunta inicial del director, “¿qué espera mi padre de la vida?” mientras nos detalla sus gestos, sus manos, sus ojos, se contesta viendo el documental. Cuando el hijo, en un viaje, empezó a criticar con dureza a Franco, su padre le sorprendió con esta expresión, “tengo más razones que tú para odiarlo”, zanjando una conversación en la que no había duda alguna, porque en el pasado del padre Pablo pesa como una losa la desaparición del abuelo Pablo.

Bifurcándose como en un delta, con las imágenes que nos recuerdan un paredón, pero que son el muro exterior de una construcción que llevó a cabo el retratado, con el exterior de ese cementerio donde reposan decenas de cadáveres abandonados pero no olvidados, con los paseos por los bosques, la película va adquiriendo todo su compromiso tanto con el padre como con la memoria colectiva de un país muy ingrato, que culmina con la apertura de la fosa común de Magallón y la recuperación de los restos de ese padre desaparecido. El padre de Víctor se convierte así, aunque sea episódicamente, en un hijo de un padre reencontrado, en el niño que perdió cruel y caprichosamente a un padre, recuperado 75 años después. Por eso la película intenta dejar testimonio de esos acontecimientos familiares, buscando que no se pierdan, que la memoria que desfallece o la muerte de sus protagonistas no se lleve con ellos la verdad, y el director confecciona cartas pensando en los hijos que no tiene por si algún día preguntan por la historia de su abuelo Pablo, mientras que elabora un álbum fotográfico a partir de las grabaciones del rodaje de la película para que, lo que a él le ha sucedido, la falta de imágenes de sus antepasados, no se repita y haya constancia del paso de ambos por este mundo como padre e hijo, justo lo que su padre no tiene del suyo. 
 

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