jueves, 24 de agosto de 2017

SAL PARA SVANETIA (Mihail Kalatozov, 1930)



SAL PARA SVANETIA (Dzhim Shvante, Sol Svanetii, Mihail Kalatozov, 1930)

La película comienza con una cita del camarada Lenin para que no haya dudas sobre la inquebrantable adhesión del director a la revolución ni sobre el propósito de la obra. No en vano se atribuye a Lenin la frase de que “entre todas las artes, el cine es la que más nos conviene”. Puede, en todo caso, que lo revolucionario en origen, y sin propósito de otra cosa, termine convirtiéndose en anti-revolucionario, en revisionista, en un peligroso instrumento para desacreditar aquello que se trata de promocionar. Como una imagen vale más que mil palabras, el cine es asumido como un arte nuevo y de enorme impacto por los movimientos totalitarios de principios del siglo XX, que sólo perdure con interés el cine soviético de los años 20-30 (excepción hecha de Riefhenstal en la Alemania nazi) es sinónimo de que, detrás de la intencionalidad doctrinal de sus historias, la calidad intrínseca de las obras ha conseguido que éstas perduren y sean alabadas. Kalatozov, realmente Kalatozhisvili, de origen georgiano, como el padrecito Stalin, se integra en el grupo de los Eisenstein, Dovzhenko, Kuztnesov, Kulechov, Pudovkin, Vertov, Ozep, Barnet, cada uno con su relevancia, cada uno con su perdurabilidad, pero todos ellos con intención de servir con su arte, al nuevo estado.



Pero viendo “Sal para Svanetia” el espejismo soviético parece disolverse al situarse la narración en corte documental, que en ocasiones aparenta un falso documental por el ejercicio del montaje, la puesta en escena, el enfoque de las cámaras, en 1929. Ha pasado más de una década desde la revolución, es cierto que ha habido guerras que han retrasado la puesta en marcha del soviet y que las tensiones internas entre los sectores que dieron pie al fín del imperio zarista han influido en que una región como la Ushkul del documental permanezca anclada en un limbo en el que el régimen feudal preexistente se mantiene, ajeno a los cambios que proceden de Moscú. Esta región parece un San Gimigniano del Cáucaso, sus altas torres de piedra utilizadas como refugio contra los barones, que son los reales señores de la zona, se proyectan hacia las alturas como única escapatoria posible de la tiranía imperante. Pastores, agricultores, mineros a cielo abierto cuyo trabajo depende del capricho climático y de la propia fuerza física, aislados en un valle que queda permanentemente rodeado por las eternas nieves de las cumbres, y no exentos de nevadas sorpresa en pleno verano. Del inicio costumbrista y del día a día, el director pasa a la crudeza absoluta de las condiciones de vida, lo inaceptable de las consecuencias y la conclusión de un colofón prorevolucionario como solución única. Que las imágenes hacen daño Kalatozov no puede ignorarlo, y pese a ello las pone al servicio de un fín superior, mostrar el miserable nivel de vida de un enclave concreto de la República, lo que, en el fondo, provoca esa otra interpretación posible por parte del poder, cualquier espectador objetivo puede pensar que más de 10 años de olvido son demasiados para justificar la inacción de la revolución hasta ese momento mientras los habitantes desfallecen, o, simplemente, mueren, unido al desánimo que puede producir comprobar cómo viven millones de compatriotas en el nuevo régimen.




No tanto como referentes sino contemporáneos, porque más o menos las obras pueden situarse en un entorno temporal muy cercano, Kalatozov se acerca a Flaherty, a Cooper, a van Dyke, a Buñuel, a Epstein…….directores que partiendo de la realidad pueden ficcionarla para representar lo que verdaderamente ocurre o ha ocurrido. La dureza del espectáculo visual es patente, una lucha contra el poder nobiliario y contra los elementos, un sojuzgamiento secular a la iglesia ortodoxa, la incomunicación con el exterior del valle, la muerte rondando cada mañana en forma de helada, de alud, de corrimiento de tierras, la ausencia de alimento y de la posibilidad de conservarlo por la inexistencia de sal. “Sal para Svanetia” es el reclamo publicitario del poder para explicar a sus ciudadanos que gracias a la revolución, las condiciones de vida de ese valle van a mejorar cuando concluya la carretera que se va abriendo paso a través del Caúcaso sin que exista roca o nieve que se oponga  a la fortaleza musculada y exhibicionista del obrero soviético, capaz de arriesgar su vida por ayudar a sus camaradas. La imagen utiliza recursos cinematográficos muy recurrentes en el cine soviético de la época, el paroxismo de las expresiones en primeros planos que funcionan como fotografías de los habitantes, los contrapicados que aumentan la altura de las torres y resaltan el porte desafiante de los georgianos o de los obreros que, en cinco años, concluirán esa brecha en la montaña, el montaje frenético que simultanea tres acciones diferentes imponiendo un ritmo frenético que, cada una de ellas por separado, ya contendría, o que demuestra el poder de la tecnología frente a la fragilidad de la naturaleza cuando la voluntad del comunismo se empeña en derribar fronteras.



Las imágenes impactan por el dolor que contienen, da lo mismo que sea el estéril intento de cruzar la montaña para conseguir sal en el exterior, o la lucha entre hombres y animales por los restos de sal que aparecen en el fondo de un hoyo, o la terrible sensación de abandono que se aprecia en esos mismos animales pasando la lengua por las nucas sudorosas de los agricultores que descansan o que lamen los restos de orín de un pastor buscando esa sal que les falta como nutriente, pero si hay un momento absolutamente asombroso y genial en la película es el montaje paralelo que narra un funeral regido por los encorsetados cánones y directrices de un monje hierático e inflexible, la expulsión de su casa de una mujer embarazada a punto de dar a luz porque es tabú dar a luz en el pueblo al mismo tiempo que se celebra un funeral, incidiendo en ese aspecto oscurantista, regresivo y supersticioso de las religiones, ajenas a la revolución, expulsión a la que sigue el parto y la muerte del recién nacido, y el galope salvaje, enfebrecido, hasta la muerte, de un caballo que ha de oficiar como amuleto que deshaga todos los hechizos negativos de esa muerte sorpresiva. A todo ritmo, mezclando imágenes de cada una de las situaciones, muerte, vida, lamento, necesidad y brutalidad van alternándose ante nuestros ojos. Una viuda doliente en medio de una ceremonia marcada por lo siniestro, desde el sacrificio de un buey hasta la recogida de ofrendas y el lanzamiento de tierra a la fosa que parece va a terminar engullendo a la mujer, todo ello presidido por la omnipresente cruz cristiana, un parto en soledad, sin medios, sin agua, donde un perro lame la sangre del recién nacido en busca de esa misma sal ausente, y quien sabe si no en preámbulo de devorar al ser indefenso mientras su madre permanece desmayada. Un pequeño montículo nos advierte de que el niño no superó la prueba, mientras su madre vierte, gota a gota, la leche sin destinatario directamente desde su pecho al suelo. Y finalmente ese caballo que revienta, que cae al suelo, que agoniza con el morro ensangrentado, nuevamente la sangre a falta de sal. Es un rotundo y fascinante ejercicio visual que se culmina con la llamada a redoblar esfuerzos por parte de los picapedreros, mostrando bíceps y abdominales, usando la fuerza física y la tecnología revolucionaria de tractores y explosivos, esa carretera se va a concluir porque al final del tercer año del plan quinquenal ya se han construido 50 de los 107 kilómetros proyectados, cálculo que, proporcionalmente, parece que no va a permitir llegar a tiempo, pero lo que importa es la imagen y su poder, y en este caso, el objetivo se supera con creces.




SAL PARA SVANETIA. Títulos originales: Dzhim Shvante, Sol Svanetii. URSS. 1930. Dirección: Mihail Kalatozov. Guión: Sergei Tretyakov. Música: Sergei Boguslavsky. Fotografía: Shalva Gegelashvili, Mijaíl Kalatózov. Productora: Sakhkinmretsvi. 55 minutos.

PELÍCULA COMPLETA


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