lunes, 14 de agosto de 2017

MRS FANG (Wang Bing, 2017)

MRS. FANG (Wang Bing, 2017)

Un brazo huesudo y seco como una rama de árbol se acerca a una mano más joven, dificilmente podemos entender que hay un deseo no verbalizado de contacto, sino más bien un acto reflejo, pero en la acción de la señora Fang en sus últimos días como enferma de Alzheimer hay ese resto de conciencia que le acerca a su hija. Mano sobre antebrazo, el agarre suena a despedida, a última reacción ante un mal que se extiende como una plaga del siglo XXI. No es Bing cineasta dado a ocultar lo que no se quiere ver, ni a mostrar una imagen complaciente de su país, acostumbrados a esconder, ocultar, evitar la mirada sobre lo que nos molesta, Bing nos propone no poder retirar la visión sobre el conjunto de un retrato cruel, pero verídico, de un final. Probablemente con «Mrs. Fang» bordea ese límite entre lo asumible en una imagen y lo que excede del pudor humano. Viendo el rostro demacrado de la mujer que conoció antes de su absoluto deterioro cuesta asumir que una persona en pleno uso de sus facultades se deje filmar de esta manera. Para Fang la filmación no existe, para Bing se plantea como un paseo entre la vida y la muerte, entre el  final a término de una persona impedida para todo y el día a día afectado por esa situación en su familia intentando mantener la normalidad. El rostro inerte, inexpresivo, derrotado de la señora Fang, ocupa la pantalla, sus ojos se mueven, pero intuímos que su enfoque no es deliberado, sino un movimiento reflejo en el que se ven contornos reconocidos o caras cercanas pero sin posibilidad de comprender lo que significan. Con la señora Fang nos convertimos en espectadores silenciosos de una muerte, en acompañantes incómodos y, en ocasiones, incomodados, por vulnerar la intimidad de esos últimos momentos. En ese camino Bing arriesga mucho, y no es extraño que su película resulte polémica, probablemente no sea su mejor obra pero desde luego es absolutamente sincera al no ocultarnos el dolor y el sufrimiento. Los palmarés se construyen, muchas veces, sobre la reivindicación de nombres para orientar al público cuál es la línea editorial a reivindicar. A los recientes ganadores de Locarno, Petrova, Hong Sang soo, Lav Díaz, Brisseau, Albert Serra, se suma ahora Bing en un claro camino de coherencia del festival manteniendo una dirección opuesta a la espectacularidad y al presunto glamour del cine de los festivales de categoría A, Locarno sigue acercándonos a la vida real y a los directores del presente.

Bing inicia su película con una breve introducción, el rostro y el cuerpo de una mujer no excesivamente anciana nos mira de frente en un estado de salud física aparentemente normal, vemos su casa, su entorno, a parte de la familia. Estamos concretamente en el 7 de octubre de 2015. Fang vive en Mailui, una aldea en Zhejiang, en la provincia de Huzhou, en la China profunda, la China alejada del lujo de las élites y cercana a una pobreza que se palpa, donde la luz nocturna es escasa y la basura cotidiana se confunde con el almacenamiento de todo lo que puede servir más adelante. El corte de esa escena nos sitúa, sin solución de continuidad, en el 28 de junio de 2016. Parece mentira, pero ese cuerpo, ese rostro, esa inmovilidad es la de la misma persona que acabamos de ver unos meses antes. El avance inexorable y brutal de la enfermedad ha producido esos efectos en apenas 10 meses. A partir de entonces vamos a presenciar los últimos 10 días de Fang, el 6 de julio se producirá el desenlace que toda la familia espera, un desenlace que, por previsible, no elimina el inevitable cariño y cuidado de una hija que ha abandonado trabajo y familia para ocuparse las 24 horas del día de su madre, que va produciendo las erosiones propias de la convivencia prolongada de muchas personas en un espacio muy reducido donde hijos, primos, tíos, cuñados, vecinos, permanecen anclados a ese respeto que toda muerte impone pero que no les impide seguir espontáneamente diciendo lo que piensan en la absoluta creencia de que la mujer es incapaz de entender nada de lo que se pronuncia
Wang Bing utiliza un doble punto de vista para presentar la historia, el opresivo mundo del interior de la vivienda, con un televisor permanentemente encendido, y el exterior liberador, lo que ocurre es que ni todos participan de ambos mundos ni para todos la espera es igual de agotadora. Mujeres y hombres afrontan de distinta manera la misma, en la que todos terminan haciendo de médicos, interpretando los signos vitales de una enferma que asiste con una mirada de ojos velados a un ceremonial familiar que se le escapa, decidiendo en qué cementerio debería enterrarse a esa madre que se muere y al lado de qué familiar, reprochando la ausencia del nieto, evidenciando que, en las familias, por muy modestas que sean, se generan tensiones alimentadas por pequeñas envidias insanas. Bing, como observador imparcial, no duda en mostrar esa dualidad de mujeres encerradas en la casa y hombres que comen fuera de esas cuatro paredes en pleno verano aprovechando el frescor de la noche y la humedad del río, o que salen a pescar, mitad por conseguir algún ingreso, mitad para despejarse y alejarse de ese desenlace que no llega, aunque para ello utilicen artes de pesca tan cuestionables como electrocutar a los peces con un rudimentario sistema que viene a reflejar, también, la existencia de muchas realidades diferentes dentro de un país que es todo un continente. Bing no rueda de la misma manera la enfermedad que la muerte inminente, invitado por la hija de Fang para conocer la realidad del Alzheimer en su madre, el impacto que le produce lo que encuentra le lleva a recoger este diario filmado de los últimos momentos, pero cuando esa muerte se torna inminente, el director opta por ceder el primer plano a la familia, ocultarnos el rostro de la mujer que tan cerca hemos estado viendo y mantener una pudorosa ceguera. Hay, por tanto, un respeto final que puede parecer inexistente en los primeros 70 minutos de película. No ha debido ser fácil el camino escogido por Bing para testimoniar una realidad que, en un país como China, arruina a las familias en un cuestionable estado comunista que ni asiste ni atiende farmacológicamente a sus ciudadanos, y les obliga a asumir un coste diario que sobrepasa sus ingresos. La realidad es dura, y el dolor también, pero en ese camino, en ese tránsito que arruina la mente antes que el cuerpo, Bing no puede dejar de mostrarse poético y buscar una escapatoria ante tanto sufrimiento imaginado más que perceptible. Una coda final de serenidad absoluta, sólo rota por el chisporreteo del artilugio de pesca, nos acerca a la tradicional estampa del interior del país. Van a llegar los 100 días después del fallecimiento y llega la ceremonia, la fiesta, las honras al difunto, pero eso es otra película que no interesa al director.


MRS. FANG. China, Alemania, Dinamarca. 2017. Director: WANG Bing. Productores: Pierre-Olivier Bardet, YANG Wang, KONG Lihong. Fotografía: WANG Bing, SHAN Xiaohui, BIHAN DING. Guión: WANG Bing. Sonido: WANG Bing, SHAN Xiaohui, Emmanuel Soland, BIHAN DING. Edición: WANG Bing, Dominique Auvray. Dirección artística: WU Shenfang, ZHU Zhu. Compañías productoras: Ideale Audience, Wil Productions, All Ways Pictures, documenta 14. 86 minutos.

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