sábado, 26 de agosto de 2017

LA MUJER DE LOS PERROS (Laura Citarella, Verónica Llinás, 2015)



LA MUJER DE LOS PERROS (Laura Citarella, Verónica Llinás, 2015)


En un largo plano final una mujer camina con un grupo de perros en medio del campo, de repente, se detiene, se tambalea, cae, los animales se acercan, se van disgregando, alguno permanece inmóvil al lado de su compañera humana. Después llegará la conclusión que sigue aportando sentido al relato y que relaciona esa escena final con otra previa en la que la mujer del título abandona un hospital, renunciando, sobre la marcha, a someterse a unas pruebas médicas para diagnosticar una dolencia que, entendemos, es grave. Citarella y Llinás realizan su obra a sabiendas de su incomodidad, de su evidente apuesta anticomercial, de su limitado contenido narrativo para mostrarnos un año de vida de una mujer de la que todo desconocemos y algo iremos compartiendo a lo largo de 4 estaciones. Esta mujer se ha refugiado en una naturaleza intervenida por la mano del hombre, como quien  se aísla de la civilización pero no quiere perder el último apoyo que ésta le pueda ofrecer, un irse, un renunciar, pero dejando cerca el contacto, la posibilidad de retorno a la civilización. A medio camino entre el “Walden” de Thoreau y el antisocial y misántropo que rehúye el contacto humano, un ejemplar híbrido que visita la urbe y al tiempo sólo se relaciona con la jauría de perros que la acompaña y la reconoce como dueña, una mujer que no quiere hablar pero que utiliza lo que el hombre desecha, que vive en la naturaleza pero come de lo que el humano tira o de lo que ella misma roba.




Si el verano es el momento ideal para la aventura, para dejarse abandonar a la suerte de la intemperie, también es el momento de construir el refugio que permita superar la prueba en el rigor del invierno o en las lluvias del otoño. Aprovechando los residuos de la civilización, esta mujer irá construyendo su paraíso perdido jalonado de breves visitas a los suburbios de Buenos Aires, mínimos contactos en los que nuestra protagonista nada dice, como sus animales, siendo la mirada el verdadero espejo que nos refleja su interior de abandonos, renuncias, soledades. Iniciamos la andadura en medio de la penumbra de una noche que acaba dando paso a un amanecer, como si nuestra protagonista saliera de un largo túnel y afrontara la nueva experiencia como una posible tabla de salvación de alguna realidad incómoda y que se nos oculta, acompañada por sus perros, fieles y cariñosos, y un tirachinas como única defensa con la que se hace respetar por quienes creen encontrarse frente a una enajenada.




La película se pierde en la morosidad del silencio, en la rutina de las actividades de supervivencia, en la coexistencia pacífica y amistosa del hombre y los animales, un periplo vital en el que la mujer asume conscientemente que ha renunciado al cuidado de los hombres, limitándose a un mínimo de satisfacción personal sin necesidad de compartir conversación con nadie, aunque como ser humano que es, mantiene sus contradicciones en forma de encuentros sexuales o visitas a una amiga. “La mujer de los perros”, con guión de Mariano Llinás, pertenece a este sector del cine argentino cercano a “El limonero real” de Gustavo Fontán, al cine de Lisandro Alonso, a un toque suburbial y enfermizo de Lucrecia Martel, en el que cierta intención de embellecer la mugre no conviene al conjunto, como tampoco que la protagonista se termine convirtiendo en juez silente del comportamiento absurdo del ser humano. Similar en su composición a “El perdido” de Christophe Farnarier, está ausente el nihilismo negacionista de éste y una voluntad de vivir en armonía acompañada de la segunda, aunque el equilibrio entre propósito y resultado termina resultando descompensado ante la aparente inanidad de lo que vemos, no exento del riesgo de los contactos y apariciones sorpresivos que enfrentan a la mujer con realidades inesperadas, como la del perro abandonado o la aparición de otra alma gemela con la que rehúsa comunicarse.



LA MUJER DE LOS PERROS. Argentina. 2015. Dirección: Laura Citarella y Verónica Llinás. Guión: Verónica Llinás y Mariano Llinás. Elenco: Verónica Llinás, Juliana Muras, Germán de Silva, Juana Zalazar. Producción: Verónica Llinás. Música: Juana Molina. Duración: 95 minutos. 

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