martes, 22 de agosto de 2017

EL TERROR DE LAS CHICAS (The ladies man, Jerry Lewis, 1961)



EL TERROR DE LAS CHICAS (The ladies man, Jerry Lewis, 1961)


Edipo destronado en una casa de muñecas.


Hay recuerdos de infancia que ningún análisis adulto merece destrozar. Lo que de niño esperabas año tras año ha de permanecer incólume en el recuerdo. Puede que ahora aprecies cosas diferentes en lo que entonces te apasionaba, que no rías con las mismas escenas o que ojalá alguien hubiera contenido más el gesto y la mueca de Jerry Lewis para no terminar cansando por el exceso, pero lo que siento es que jamás nadie me entretuvo tanto de niño en la comedia como Jerry Lewis, y odiaba la presencia del perfecto “Dean Martin”, que aparecía siempre para dejar en evidencia al pobre de Jerry. Porque hubo un tiempo en que algunos niños de este país vivíamos las fiestas navideñas esperando la programación especial de tarde en la que durante 15 días la televisión pública, año tras año, repetía las películas de Tarzán y las de Jerry Lewis, pero cuando tocaba el año sin Lewis, las navidades parecían menos navidades y menos divertidas.




Lewis es el ejemplo claro de que todo lo que puede salir mal va a seguir saliendo mal, y además no hay más culpable que él mismo de que las cosas sucedan de ese modo. Anarquista de derechas, revolucionario sin bandera, el cine de Lewis, sea como actor o como actor/director, es el ejemplo claro de subversión desde la torpeza, de dinamitar la tranquilidad ajena, y de paso la propia, sin proponérselo, de cuestionar lo inmutable sin pretenderlo. Acabar con la autoridad es el sueño de cualquier anarquista, que la libertad sea el único rumbo que gestione el comportamiento humano. Lewis lo consigue, y sin embargo lo hace desde la plena integración en el sistema, sin intención alguna de poner patas arriba todo lo que toque, aunque es lo que consigue. Su torpeza se multiplica cuando intenta arreglar cualquier problema ocasionando un destrozo de proporciones siderales infinitamente mayor que el inicial. Para ello su facilidad para el movimiento corporal descompasado, su tronco y sus extremidades moviéndose simultáneamente con ritmos y trayectorias diferentes, juegan un papel determinante. La comedia necesita del gesto, del movimiento singular, ya sea un caminar absurdo como el de Groucho Marx, un hieratismo gestual como Keaton, unos pies hacia fuera a lo Chaplin, un giro radical a lo Tati, Lewis es singular en su actuar y eso le convierte en único, en reconocible creador de un personaje propio, infantilizado, miedoso, sensible, caprichoso, tímido, al que para mi gusto le sobra un exceso de mueca, de caricatura, pero al que le sobra maestría en el timming para conseguir el efecto cómico.




Seis minutos dura mi escena preferida de “The ladies man”, y hay varias, lo que no la convierte en mi preferida, y puede que tampoco es una gran película, una escena que es un portento de ritmo, de comicidad, de diseño de espacios, de manejo de personajes, de presentación de lo que sería una especie de revista musical engrandecida por un decorado majestuoso. Ese despertar de las jóvenes aspirantes a artistas en la residencia filantrópica de la Sra. Wellenmellon (una auténtica Castafiore tintiniana), a ritmo de trombón, es pura precisión suiza, ese aire jazz de toda la escena en la que asistimos a la forma de afrontar el nuevo día de cada una de las jóvenes consigue su retrato en apenas 3 minutos de movimiento incesante de la cámara, que concluye cuando todas ellas se sientan en el comedor comunitario, para volver a iniciarse otro segmento de tres minutos en el que el protagonismo recae en el “clown”, en el nuevo encargado de mantenimiento-chico para todo, que es Herbert Herbert Heebert, quien antes de la revelación que sufre al descubrir qué tipo de personas se hospedan en el lugar, asiste asombrado, como nosotros, a la colosal escenificación de un decorado que no deja de ser una casa de muñecas grandiosa en la que las paredes desaparecen en función de la cámara, un esqueleto de casa que parece una casa completa, un endemoniado escenario teatral por el que la cámara se mueve con soltura y elegancia sin desdeñar planos generales desde una grúa que nos permiten apreciar el reto y su magnitud, lo cómico se ha logrado en un doble reto, con el movimiento sincopado al ritmo de la música y con la presencia extrañamente tranquila, reposada, contemplativa, de un ignorante Lewis antes de su explosión irracional.




El edípico personaje de HHHeebert se desenvuelve con su torpeza innata en una residencia de señoritas, planteándose la trama desde el absurdo de una hipótesis que nunca se termina de desvelar ni nos importará. Sabemos por qué HHH desaparece de su “pequeño, pero nervioso pueblo” (genial escena de inicio donde se trata de demostrar que no es Jerry Lewis el único ejemplar disfuncional de esa localidad) pero no sabemos cuál es la razón por la que es aceptado en la residencia como trabajador ni el experimento que se anuncia pero no se concreta. Alma cándida e ingenua, HHH sufre un colapso por decepción amorosa, que uno sospecha es producto de una imaginación ajena a la realidad, de un enamoramiento platónico fruto de un malentendido del propio HHH, que provoca su decisión de alejado de las mujeres para el resto de su vida. Como es normal, el deseo de HHH choca con la realidad, y a su intención célibe le sigue convivir las 24 horas del día con chicas jóvenes, atractivas, e impelidas por la dueña a mostrarse receptivas e interesadas en HHH para que supere ese trauma que puede marcarle para el resto de su vida, que se sienta útil y necesario en un universo femenino. En sí misma, la historia, como la mayoría de películas de Jerry Lewis, es muy simple, muy esquemática, muy del tipo comedia de enredo vodevilesca y teatral, pero no así lo es su puesta en escena, su tratamiento de los espacios, las dimensiones de los lugares, el colorido propio de los musicales de la edad dorada de Hollywood, pues no en balde, el desarrollo cinematográfico de la idea funciona como un gran musical en el que se intercalan números cómicos, cuando no el musical es, en sí mismo, un acto de comedia pura.



En el cameo, Lewis se ríe del star-system con la colaboración inestimable de Georges Raft, un habitual  del cine negro, bailando un tango con el propio Lewis mientras son observados desde las alturas por la joven rubia explosiva que duda de la virilidad del prototipo de hombre duro con el que tiene una cita, y ese baile se muestra desde la lejanía para que apreciemos la absoluta inmensidad del decorado. En el desorden Lewis se ríe de la televisión en directo, convirtiendo el instante previo al inicio de la emisión en una remembranza del camarote de los Marx en el que todo es caos, rompiendo el vertiginoso discurrir de todo el equipo con momentos de diálogo entre dos personas que terminan componiendo un gag cómico aún más soberano que el mero destrozo y torpeza provocado por HHH. En la ingenuidad del personaje Lewis introduce la comedia romántica sin forzamiento alguno, convirtiéndose en entrenador personal de la menos dotada artísticamente de las chicas de la residencia, dos “patitos feos” en medio de un exceso de talento. Porque, en el fondo, Jerry Lewis quisiera ser Gene Kelly en su baile con Miss Cartílago, y aunque sentimos la profundidad de campo de “Melodías de Broadway” junto con la bisoñez y falta de malicia de Gene Kelly en el “Gotta dance” de “Cantando bajo la lluvia”, Lewis siempre será Lewis aunque Miss Cartílago sí que se parezca a Cyd Chariss; porque Lewis tiene el don de ser único, con sus virtudes y sus defectos.




EL TERROR DE LAS CHICAS. Título original: The Ladies Man. Año 1961. País: Estados Unidos. Director: Jerry Lewis. Intérpretes. Jerry Lewis, Helen Traubel, Kathleen Freeman, Hope Holiday, George Raft, Pat Stanley, Jack Kruschen, Doodles Weaver. Guión: Jerry Lewis, Bill Richmond, Mel Brooks. Musica: Walter Scharf. Fotografía: W. Wallace Kelley. Productora: Paramount Pictures. 106 minutos

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