miércoles, 23 de agosto de 2017

EL MUNDO SIGUE (Fernando Fernán Gómez, 1965)



EL MUNDO SIGUE (Fernando Fernán Gómez, 1965)

La fiesta oficial de los XXV años de paz (para algunos) tapa lo que, a todas luces, sigue siendo un país inculto, subdesarrollado, ruín, envidioso, miserable, idólatra, emponzoñado por la feligresía supersticiosa de siglos de oscurantismo. La capital es un pueblo, y el barrio de Maravillas el ejemplo viviente de la necesidad, el hambre, la pobreza, la suciedad, el maltrato, el egoísmo. En “El mundo sigue” nada, ni nadie, se va a detener para contemplar la desgracia ajena porque con las propias hay bastante, salvo que se pueda sacar ventaja de ello o satisfacer un morboso deseo de contemplar a alguien en peor situación. Un sinfín de personas desesperadas, acosadas por las deudas y el hambre, entre las que la familia protagonista funciona como microcosmos que radiografía el conjunto, una familia que convive con personas acostumbradas a humillar al de la clase social inferior mientras intenta resarcirse mofándose del más débil, o agrediéndole. En el mundo literario de Zunzunegui, “hijo del nuevo orden franquista”, no hay lugar para el optimismo, ni para la redención, ni para ser agradable ni afortunado, en la España de los sesenta poco ha cambiado desde finales de los 30. La calle sigue siendo un lugar inhóspito e insalubre, vivir cansa y, en muchos casos, cansa desesperadamente porque no hay lugar ni tiempo para recuperarse. La vida es tan dura como esa escena inicial en la que la madre de esta familia, llena de odio y de miseria interior, afronta un nuevo ascenso por las escaleras del inmueble en el que vive hasta el ático que ocupa con su marido, un hijo beato e incapaz para la vida diaria y su hija Luisa, un piso al que acude regularmente Eloísa en busca de alguna ayuda, angustiada por la dejadez de un marido que se gasta todo lo que gana en juego y bebidas, mientras los hijos del matrimonio pasan hambre y necesidad, un ascenso que más parece un calvario que un anticipo del descanso.



Zunzunegui fue uno de los intelectuales de la dictadura, autor de una extensa obra de contenido social, su retrato de un momento determinado, ya fuera del Madrid de posguerra o de la burguesía bilbaína de la que procedía, termina produciendo un efecto paradójico frente a la propaganda del régimen. Colaborador de la sección de propaganda del bando golpista en la guerra civil, crítico teatral al tiempo que escritor, académico de la lengua sucediendo a Pío Baroja, sus relatos en los que las relaciones de poder ancladas en la división social por clase económica y la contraposición de la moral oficial con el comportamiento privado de los individuos, terminan ofreciendo, como en “El mundo sigue”, una visión acomplejada, mezquina, hipócrita de la sociedad del momento, una sociedad que flota en medio de la inmundicia moral y apenas sobrevive en lo económico, muy contrarios al discurso oficial. Leer a Zunzunegui explica una base sociológica del franquismo que aún perdura, pero que proviene de mucho antes, una sociología del oscurantismo, del honor demodé, del orgullo estéril, del pensar una cosa y hacer la contraria, de cómo el dinero lava todas las infamias que lo preceden, Zunzunegui fue un gran escritor con independencia de su ideología, y su valía se demuestra en la pervivencia de sus argumentos, redactados en un estilo académico y muy comprensible, que enfrenta al lector de la época con una realidad escabrosa nada amable con los intereses del poder político.



Hábil como pocos, Fernán Gómez advierte el potencial inherente  en la obra del escritor vasco, y desde posiciones ideológicas absolutamente contrapuestas, acomete la labor de adaptar el texto, confiado en que su tirón entre el público facilitaría la financiación de la película. Nada más lejos de la realidad, el empeño de Fernán Gómez supone su endeudamiento personal, el apoyo financiero de Juan Estelrich a través de su suegro y la ignorancia absoluta de público y crítica ante una de las mayores obras del cine español de la dictadura. El espectador, azotado por la historia, enfrentado a su realidad diaria, da la espalda a un relato poco convencional donde no hay un momento de respiro, ni de humor que no venga seguido de un zarpazo de odio o resentimiento. Como si Fernán Gómez hubiera querido reflejar las dos Españas, afronta el dibujo preciso de las hermanas Eloísa y Luisa, la virtuosa y la descarada, la que fue bella y la que se ha transformado en centro de atención de un país machista y degenerado, la que optó por el camino tradicional del matrimonio con un vago, un perdedor, un crápula y la que decidió que para salir de pobre había que abrirse de piernas pero no con cualquiera, sino sólo con maduros millonarios dispuestos a casarse con ella y hacerla una señora (el personaje de Luisa recuerda exactamente al de otra novela del escritor, “Beatriz o la vida apasionada”, crónica de una amante establecida en un piso por el rico señorito bilbaíno “felizmente casado”), dos hermanas entre las que prevalece el odio, el rencor, la envidia, el descaro y el orgullo pisoteado que no se acepta, dos hermanas que harán todo lo posible para odiarse en vida más allá de lo razonable. 


El retrato mezquino, para ser real, no puede quedar encorsetado a los devenires de la familia, el perdón de ese padre policía municipal a la hija que le ha deshonrado procede del dinero con que la joven agradece y ayuda a los padres, no importando ya cuál sea su origen, el desprecio por el yerno desaparece cuando éste acierta una quiniela de 14, la humillación que un cliente hace al marido de Eloísa, Faustino, la desahoga éste agrediendo a su esposa, los insultos y ofensas que Eloísa dirige a Luisa las venga ésta paseándose con chófer y un automóvil americano por todo el barrio de Maravillas para exponer su triunfo social, el jefe de Faustino, que ayuda a Eloísa termina queriendo cobrarse la ayuda, el crítico teatral D. Andrés (Agustín González) tiene que aguantar del director del periódico una clase de ética periodística por la que debe dejar de criticar mal las obras, sobre todo si son de un hijo de un consejero, “haga como el crítico de cine, que va siempre acompañado por una gachí distinta a cada película y todas le parecen estupendas, y ya sabe, respete esta regla de oro, los hijos de los consejeros, sus amigos, los familiares de los consejeros y los consejeros mismos tienen mucho talento, si no fuera así, ¿qué iba a ser de nosotros?”. La crítica se extiende por todas direcciones, no hay clase social que se salve del dedo acusador, desde la más elevada a la más humilde muestra momentos de ruina moral absoluta ante los que el rezo, acudir a un misal o a un versículo bíblico ha de ser despachado con una muestra de desprecio absoluto, como ese “Dios, Dios, Dios” que el crítico lanza al cielo al final de la película y que tiene más de blasfemia que de llamada de socorro ante lo que acaba de ocurrir.



La carencia absoluta de medios obliga a Fernán Gómez a actuar en un papel que tenía previsto para Paco Rabal, rompiendo así la imagen de galán cómico, de tipo divertido y simpático, para encarnar a un sujeto obsesionado por el dinero y el juego que va perdiendo la razón poco a poco, del mismo modo que la falta de presupuesto hizo cambiar a Aurora Bautista por Lina Canalejas, miembro de la compañía teatral de Fernán Gómez y que trabajo casi por amor al arte, o a cambiar un rodaje en color por un blanco y negro que, visto ahora, hace más justicia a ese suburbio céntrico de la capital donde la oscuridad y la suciedad ha pasado de las calles y casas al alma de los habitantes. Pero pese a la carencia material, el film es un prodigio de modernidad, de sugerencias sin explicitudes, de catálogo absoluto de todas las maldades humanas y bajezas morales sin necesidad de cargar las tintas sobre las mismas, sobre todo porque de hacerlo el control de la censura hubiera sido mucho más férreo. El mundo sigue, el mundo se mueve, pero en ese movimiento muchos se quedan estáticos en su lugar, anclados a su anilla que les inmoviliza. Por la historia pasa la prostitución, la envidia, la beatería, la pobreza, el robo, la estafa, la ludopatía, el aborto, el amor libre, la vida en pareja sin matrimonio, el amor platónico, el amor imposible, el tiempo pasado desaprovechado, el orgullo, el suicidio, aprovecharse del débil, humillar a quien no puede defenderse. Hay un medido y ajustadísimo recurso a la voz en off, en este caso bien justificada como voz interior que reconcome, sobre todo, a los personajes de Faustino y Eloísa, un recurso al flash back fugaz y genuino, como los recuerdos de Eloísa cuando ganó el concurso de belleza de 1950 y cómo ha cambiado todo una década después, o el montaje paralelo en recuerdo cuando Luisa vuelve a casa de su madre para reconciliarse y las imágenes montan una doble subida de escaleras a toda velocidad, comparando la ansiedad del ascenso cuando Luisa era niña y en el presente ante el abrazo pospuesto, o el recuerdo doloroso de D. Andrés, el eterno enamorado de Eloísa y dolorido sufridor por su presente, que recuerda esos besos dados en el podio del concurso a su amada o los encuentros de juventud en la escalera de la misma casa en la que viven.



“Verás maltratados los inocentes, perdonados los culpables, menospreciados los buenos, honrados y sublimados los malos; verás los pobres y humildes abatidos, y poder más en todos los negocios el favor que la virtud”, así se encabeza la película con la referencia a la obra de Fray Luis de Granada, “Guía de pecadores”, pero concluida la experiencia, sufrido todo un devenir psicológico de los personajes, enfrentados todos ellos a lo mejor y lo peor de sí mismos, ¿quién es pecador y quién es culpable en esta historia? ¿quién merece castigo? ¿alguno merece castigo? Entre el Bresson de “L,argent” y el Dostoievski de “El jugador”, Fernán Gómez,  y quién si no, compone una obra sublime sobre el devastador poder del dinero, o mejor aún, sobre las consecuencias de su inexistencia. Castillos en el aire construidos a base de falsas esperanzas que terminan reventando como los globos infantiles ante el calor de un cigarrillo, el febril enloquecimiento del personaje encarnado por Fernán Gómez, lunático ludópata que sella su destino cuando su reflejo es devuelto por el cristal que va a recoger su delito, es el retrato de millones de personas que, sin dinero, viven obsesionados por alcanzarlo en tal cantidad que pasen de la miseria a la riqueza sin esfuerzo, y el retrato de Eloísa es el de la envidia y la falta de explicación para cómo, comportándose de manera virtuosa, pese a no carecer de oportunidades para optar por el camino “incorrecto”, todo lo que puede salir mal en la vida le saldrá peor, sobre todo comparándose con su hermana, persona que encarna todo aquello que en su familia ha sido siempre detestado y que, de manera incomprensible, ha terminado siendo aceptado y tolerado. Crueldad extrema, relato áspero, salvaje, desesperado, de una España en la que se reconocen síntomas que persisten hoy en día.


EL MUNDO SIGUE. España. 1965. Dirección: Fernando Fernán-Gómez. Guión: Fernando Fernán-Gómez basado en la obra de Juan Antonio Zunzunegui. Reparto: Lina Canalejas, Fernando Fernán-Gómez, Gemma Cuervo, Milagros Leal, Francisco Pierrá, Agustín González, José Morales, José Calvo, Fernando Guillén, María Luisa Ponte, Jacinto San Emeterio, Pilar Bardem, José María Caffarel. Montaje: Rosa G. Salgado. Dirección de arte: Manolo Mampaso. Música: Daniel White. Fotografía: Emilio Foriscot. Productora: Ada Films. 123´

No hay comentarios:

Publicar un comentario