sábado, 19 de agosto de 2017

EL AUGE DEL HUMANO (Eduardo Williams, 2016)



EL AUGE DEL HUMANO (Eduardo Williams, 2016)


¿Qué puede unir a media docena de jóvenes de Argentina, Mozambique y Filipinas? En un mundo interconectado donde las desigualdades se hacen más evidentes, no sólo por crecer exponencialmente, sino por resultar más visibles con las nuevas tecnologías, no hace falta pertenecer a una clase media que te puede proporcionar estudios y confort para tirar la toalla y perder el rumbo.  Lo que une a Exe, Alf y Canh no es tanto lo que quieren hacer sino lo que ya no quieren seguir haciendo, trabajos miserables, jornadas excesivas, sueldos ridículos. Su falta de formación les condena a trabajos en el suburbio al que pertenecen, pero también a trabajos precarios y de nula especialidad. Este presente, que se proyecta como un infinito hacia el futuro observando la realidad del espacio que les circunda y la vida de sus hermanos mayores y de los adultos, hace que su ritmo se detenga, que se paren y renuncien a lo que no les gusta, con independencia de que no haya nada claro con lo que sustituir esa sensación de derrota anticipada.




Abstracta, fragmentada, desargumentada a propósito, “El auge del humano” no es cine sencillo, ni de ver, ni de entender ni de disfrutar. Es cine muy distinto en un mundo globalizado donde jóvenes de tres países y tres culturas muy diferentes se unen, artificialmente, a través de redes sociales que utilizan como ventana al exterior pero también como expositor de sus propios cuerpos a la espera de postores que incrementen la subasta por hacer una felación en público o mostrarse en ropa interior. El hilo conductor de esa desesperanza es el movimiento, un movimiento rutinario, circular y sin sentido, un no pararse para sentirse vivo aunque lo que se desea es derrumbarse y dejar pasar el tiempo, ya sea en casa o en el trabajo. Renunciar a esos puestos de trabajo o ser despedido viene a ser lo mismo, una negativa a continuar en un mundo de mierda sin perspectivas. Para ello Williams escoge el camino complicado de la elipsis y el juego con el espacio. La película podría haberse desarrollado en un único escenario y país sin perder su interés, o desinterés, según el gusto del público, pero opta por la desubicación para seguir a tres jóvenes que interactúan con otros, cámara en mano, siguiendo sus espaldas y sus breves paradas para relacionarse. De hecho la cámara casi solo se detiene cuando estos muchachos trabajan o están con su familia, una demostración de que el mundo no sigue sino que se estanca cuando asumimos obligaciones decepcionantes.





Cuando el chico argentino entre en el videochat de los jóvenes mozambiqueños, abandonaremos la historia de aquél y comenzaremos una nueva siguiendo a Alf quien, a su vez, también persigue, a la salida del trabajo a otro compañero con quien se adentra en la sabana africana huyendo sin saber muy de qué ni de  los porqués, hasta que tras pasar la noche al lado de un hormiguero, la cámara se adentra en el mismo ofreciendo la imagen de una comunidad que funciona al unísono dentro de su individualidad, y escogeremos una hormiga que, al salir al exterior, ha cambiado de continente y persona, paseando por el dedo de un nuevo personaje, Cahn, quien deambula por la jungla a la búsqueda de un hermano menor y otro joven que podría ser su novio, en un camino sin rumbo definido, donde la sutil atmósfera de irrealidad que viene acompañando a toda la película se hace más evidente hasta concluir en la larga escena del baño en una laguna natural y la posterior búsqueda por parte de la joven de un cibercafé donde, es de suponer, vuelva la conexión con un mundo paralelo y universal en el que las distancias se acortan por la tecnología estableciendo nuevas esclavitudes del s. XXI, un final abierto donde la amenaza parece crecer al mismo ritmo que la cámara, por fin, se detiene en medio de la penumbra y dejamos de oir a Cahn. Williams concluye su periplo en una aséptica fábrica de montaje y comprobación de estos dispositivos electrónicos que manejan nuestros ritmos de vida, un espacio en el que el ensamblaje y prueba concluye con un metálico O.K. pronunciando por otra máquina. “El auge del humano” es el fín del humano, un camino sin salida en el que la huida de lo que no gusta no viene acompañada de un objetivo alternativo. En su hermetismo argumental el director apoya el éxito, o fracaso, de su película; obra en todo caso sugerente, diferente y atractiva, aunque para muchos esto sea insuficiente en un mundo donde lo virtual y explícito elimina la imaginación en busca de una satisfacción instantánea y fugaz.




EL AUGE DEL HUMANO. 2016. Argentina. Director: Eduardo Williams. Reparto: Sergio MorosiniShine MarxDomingos MarengulaChai FonacierManuel AsucanRixel Manimtim. Productores: Victoria Marotta, Rosa Martínez Rivero, Violeta Bava, Jerónimo Quevedo, Rodrigo Teixeira. Fotografía: Eduardo Williams, Joaquín Neira, Julien Guillery. Guión: Eduardo Williams. Sonido: Milton Rodríguez, Roy Llanes Roncales, Pedro Marinho, Asunción Gagarin, Tiago Bello. Montaje: Eduardo Williams, Alice Furtado. Productoras: Ruda Cine, Un puma, RT Features, Bando à parte. 100 minutos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario