domingo, 27 de agosto de 2017

DRAGONFLY EYES (Xu Bing, 2017)

DRAGONFLY EYES (Qing ting zhi yan, Xu Bing, 2017)



Hacer una película con las imágenes de otros, incluso con las imágenes de nadie. El rótulo inicial es revelador, en 2013 no hubiera podido plantearse realizar esta película, y menos en un país donde la información se controla de tal manera como en China. En 4 años el acceso a imágenes imposibles de censurar porque tardan menos en capturarse que en circular por la red, permite llevar a cabo un experimento visual que no es novedoso en sí mismo, pero quizás si lo sea, hasta donde llega mi conocimiento, en extensión y en creación de un intento de relato homogéneo a partir de imágenes dispares, dispersas, discontinuas. Imágenes de cámaras de seguridad o de video cámaras personales que, convenientemente manipuladas en su orden de aparición, pueden servir para construir, o al menos, dar soporte visual a la historia que los guionistas inventan, no se sabe si antes, o después de conseguir las imágenes, fácilmente obtenibles en la red, incluso procedentes del interior de comisarías.

Premiada en el pasado festival de Locarno por la crítica, como apuesta de futuro, es precisamente la necesidad que se impone el creador de contar una historia que acompañe a unas imágenes que, en muchas ocasiones proporcionan mayor información por si solas que por los diálogos ficcionados que las acompañan, donde la película no termina de funcionar ni de desarrollarse con fluidez. Xu Bing utiliza las imágenes de archivo obtenidas por esas videocámaras para intentar convencernos de que lo importante es la palabra y no la imagen, que lo relevante es la historia de amor imposible entre Qing Ting y Ku Fan, pero, sea éste, o no, el verdadero propósito del realizador, lo trascendente se obtiene del análisis de las imágenes y sus consecuencias. En un mundo hiperconectado, obsesionado por la tecnología, incapaz de imaginar una existencia sin redes sociales, sin dispositivos multimedia, incapaz de retomar una vida «analógica» en vez de virtualmente digitalizada, nuestra existencia se transforma en una sobreexposición diaria, en una sobreactuación donde la intimidad desaparece no sólo porque en la vía pública ya no exista, sino porque nos encargamos de abrir la puerta de nuestro hogar a cualquiera con interés en invadirlo, con o sin invitación.


La historia de la pareja, envuelta en lo fortuito para conocerse, la aspirante a monja budista que abandona el monasterio por los cambios llevados a cabo que desequilibran la armonía del conjunto y termina en una granja de vacas donde conoce al hombre, desencuentros, violencia extrema, abandonos, pérdidas, se narra a partir de esas capturas ocasionales, muchas de ellas intrascendentes, donde puede que un hombre y una mujer compartan el espacio, o se nos aparezcan por separado, o en un primerísimo plano o en un plano lejano apenas reconocible por la distancia y la calidad de la imagen. Ha de jugar el espectador a decidir si ese hombre y esa mujer son siempre los mismos, nuestra pareja que juega como hilo conductor, o anónimos seres que acompañan el devenir sentimental difuso de Ku y Qing, pero es en ese torbellino breve de tomas anónimas donde podemos seguir la evolución de un país a la deriva, en el que el respeto por la naturaleza en favor del crecimiento indiscriminado ha desaparecido, donde las relaciones entre hombres y mujeres continúan basándose en una discriminación machista absoluta que conduce a la proliferación de clínicas de cirugía estética para remodelar cuerpos que resulten más atractivos y más comerciales para jóvenes únicamente pendientes de su aspecto físico. El reverso a esa cosificación femenina se obtiene mediante la hiperviolencia masculina; no podemos olvidar que asistimos a grabaciones reales, no son recreaciones ni actuaciones, y el catálogo de agresiones, comportamientos maleducados, accidentes causados por la irresponsabilidad absoluta de quienes aparecen grabados son interminables. Mujeres objeto y hombres violentos acaparan durante buen rato el núcleo central de la historia, el que precede a una elipsis durante la que Ku Fan cumple una pena de prisión de 3 años, el retrato generacional de un caos completo en lo personal y en lo social es el punto positivo de este experimento visual.


Xu Bing así, justifica lo que su preámbulo ha afirmado, pero desde la paradoja de que, si le creemos, las imágenes que hemos visto no corresponden (las fechas de las videograbaciones así nos lo ofrecen, sin ocultamiento) al momento en que se nos cuenta la historia, pues se nos ha dicho que en 2013 la película sería imposible, retomando la misma en 2016-2017 a partir del intento de búsqueda y reencuentro imposible entre ambos. Ku Fan sale de prisión con el único objetivo de reencontrar a Qing, despreciado por quienes le toleraban antaño, abandonado y sin trabajo, su obsesión será reencontrar a la amante, a quien cree redescubrir en la imagen de una estrella de internet, Xiao Xiao. El desarrollo posterior de esa historia final apenas tiene importancia como ficción, pero vuelve a incidir en alguno de los males del mundo reciente, el envoltorio como algo más importante que el contenido, la standarización de modelos de mujer que multiplican hasta el infinito facciones y cuerpos que uniformizan e impiden reconocer la originalidad, la escasa preparación de todos nosotros, ansiosos de ser reconocidos en las redes sociales, para asumir el rechazo generalizado, la imposibilidad de ser nosotros mismos más necesitados de parecernos a otro, transformarse en el icono antes que aspirar a ser icono, o, como poco, persona. La película no puede concluir sino con un catálogo de catástrofes, ninguna de ella natural, sino colofón lógico al absoluto desmán intelectual del mundo reciente en el que una cámara puede captar un ahogamiento sin que salten resortes que impidan el resultado accidental del mismo modo que cualquiera de nosotros puede vender su cuerpo y su imagen a todo el planeta sin pararse a pensar dos segundos en las consecuencias personales que puede acarrear.



DRAGONFLY EYES. China. 2017. Dirección: Xu Bing. Guión: Zhai Yongming, Zhang Hanyi. Sonido: Li Danfeng. Montaje: Matthieu Laclau, Zhang Wenchao. Música: Hanno Yoshihiro. 81 minutos.

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